
Algo para Pensar — Parasha Jukat (domingo, 29 junio 2025) Tiempo de lectura: 3 minutos
Esta semana iniciamos el estudio de Parashá Jukat. Esta es la 39ª porción semanal de la Torá en el ciclo anual judío de lectura de la Torá.
Porción de la Parashá: Números 19:1 – 22:1
Jukat (“Ley de”) comienza describiendo el proceso de quemar la vaca roja y usar sus cenizas para la purificación. También relata las historias de las muertes de Miriam y Aarón, el momento en que Moisés golpeó una roca para que brotara agua, una plaga de serpientes venenosas y las batallas contra los reyes amorreos Sijón y Og.
“Llegaron los hijos de Israel, toda la congregación, al desierto de Zin, en el mes primero, y acampó el pueblo en Cades; y allí murió María, y allí fue sepultada. Y porque no había agua para la congregación, se juntaron contra Moisés y Aarón.” (Números 20:1-2)
La saga del viaje de los israelitas por el desierto está plagada de quejas, resistencia, anhelos de regresar y un sentido de cansancio del mundo. Estos elementos se combinan para formar una especie de barrera sónica llena de gritos y lamentos que dividen. creando un abismo entre Moisés, Dios, la Tierra Santa y el pueblo.
Inevitablemente, estas actitudes y acciones son seguidas por las palabras de juicio divino; el castigo persigue al pecado, mientras la justicia divina les pasa factura.
Repentinamente, nos topamos con una sola ocasión cuando las quejas del pueblo quedan sin castigo.
Se trata del enigmático episodio que tiene lugar en Cades, ya finalizando un viaje de cuatro décadas. Aquí, sorprendentemente, Dios habla con ternura del pueblo, que descontento, acaba de arremeter una vez más contra Moisés.
En este confuso escenario, Moisés decide golpear la roca dos veces para que produzca agua para ellos. Y Dios, aún más inesperadamente, se vuelve contra Moisés y Aarón, prohibiéndoles conducir al pueblo hacia la tierra prometida.
Aquí hay una doble sorpresa: la primera es, la inusual ternura de Dios hacia los hijos de Israel, y la segunda, su sorprendente dureza hacia Moisés y Aarón; el pecado que queda sin castigo y el castigo sin — aparentemente — un pecado crean, un palpable dilema entre la narrativa de la roca y el posterior juicio de Dios.
Esta enigmática narrativa ha sido objeto de múltiples interpretaciones. Pero ninguna interpretación perdura sin ser atacada por un comentarista posterior, que a su vez es criticado por otro. Or Ha Chaim enumera dichas teorías, sólo para concluir que ninguna es satisfactoria.
A pesar de esto — o quizás debido a esto — declara que el lector sigue obligado a luchar por comprender esta narrativa tan resistente. Este patrón de criticar teorías previas y sugerir nuevas tiene un lado absurdo.
Or Ha Chaim cita al erudito judío italiano Samuel David Luzzato: «Moisés comete un solo pecado y los comentarios acumulan más de trece.» El ingenio creativo termina plagando el carácter de Moisés de un sinfín de defectos: ¡sin duda estamos frente a un ejercicio sumergido en la perversidad!
Pero la historia exegética de esta narración demuestra al menos una cosa: que la Torá no ha dado una respuesta clara a la cuestión de la culpabilidad de Moisés. Demasiadas versiones del fracaso de Moisés se ciernen sobre una laguna en el significado de esta narrativa. (cf. Números 20:1-12)
¿Cómo inició todo este episodio?
La historia comienza con la muerte de Miriam, su entierro y la urgente necesidad de agua. El pueblo ataca a Moisés y Aarón, quienes parecen huir de su presencia a la de Dios. Entonces, la gloria de Dios se les aparece.
En el libro de Números, en todas las demás ocasiones en que esto sucede, se pronuncian palabras de juicio. Aquí, sin embargo, Dios habla con ternura sobre proveer agua para saciar al pueblo. Moisés, personal e intencionalmente, debe producir el agua «para ellos» y llevársela a los labios. Cuando Moisés golpeó la roca dos veces, el agua simplemente «emergió.»
Es en este punto — cuando la narración parece haber alcanzado un final feliz — que Dios anuncia su inescrutable decreto, expresado en un lenguaje que resuena con extraña lucidez: «Por cuanto no confiasteis en mí lo suficiente como para afirmar mi santidad ante los ojos del pueblo de Israel, no conduciréis a esta congregación a la tierra…» (20:12).
En esta forma lógica, la sentencia de muerte resulta aún más impactante. Pues la explicación misma necesita explicación: ¿Moisés y Aarón no confiaron en Dios? ¿No lo santificaron?
Pero el tono evidente del decreto se extiende hasta la última frase, donde se nombran las aguas por la «disputa» del pueblo con Dios, quien es «santificado por ellos.» De nuevo, la aparente coherencia de un cierre que justifica el nombre original del lugar — Kadesh (v. 1) — sin que en realidad se aclare algo: ¿cómo se santifica a Dios en este lugar donde Moisés y Aarón no lo santificaron?
Mañana echaremos un vistazo a una posible respuesta…
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)




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