Algo para Pensar — Parasha Bamidbar ( viernes, 30 mayo 2025) Tiempo de lectura: 3 minutos

¡Shabbat Shalom Lekulam!


“Tomas el censo de toda la congregación de los hijos de Israel por sus familias, por las casas de sus padres, con la cuenta de los nombres, todos los varones por sus cabezas.” (Números 1:2)


En la escritura de «el misterio de los números humanos,» la ensayista Annie Dillard alude a una anécdota de Ted Bundy, el famoso asesino en serie: «Después de su arresto, [él] no podía comprender porqué tanto alboroto. ¿Qué es uno menos? ¿Qué significa una persona más en la faz del planeta?» 


También registra un hecho inquietante: «La población humana de la tierra, organizada de manera perfectamente ordenada, cabría justo en el lago Windermere, en el distrito de los lagos de Inglaterra.» (Dillard, For the Time Being, p.21) 


En el caso de Bundy, ¿detectaste lo qué en realidad está diciendo?  Lo que este asesino argumentaba es que hay INNUMERABLE cantidad de personas — ¿qué de importante tiene si hay uno más o si hay uno menos?


Es así, como a lo largo de este libro, Dillard dedica tiempo a presentar estadísticas con el objetivo de describir cuán vertiginosas son las relaciones de un ser humano viz a viz con el mundo en el que vive. Cita cifras publicadas basadas en los hallazgos realizados a través del telescopio espacial Hubble: 


“Puede que haya nueve galaxias por cada uno de nosotros — ochenta mil millones de galaxias. Cada galaxia alberga al menos cien mil millones de soles. Tan solo en nuestra galaxia, la Vía Láctea, hay cuatrocientos mil millones de soles — más o menos un 50 por ciento — o sea, ¡sesenta soles por cada persona viva!” (Ibid.,72-73)


Dentro de semejante cantidad de personas, ¿cómo un individuo puede contar? ¿Qué valor tiene la vida de un deambulante que duerme entre cartones versus la de un científico cuyas investigaciones sirven para salvar la vida de miles de personas enfermas? 


¿Recuerdas que se nos dice en el Tanak que los  hijos de Abraham deben abundar como la arena del mar o las estrellas del cielo? ¿Acaso no son estas las analogías que Dios establece en sus promesas a los patriarcas?  


Los números vienen a ser sinónimos de supervivencia, poder, bendición. Pero también conllevan una resaca de melancolía, pues cada uno de nosotros se convierte en un grano de arena, menos que una mota cargada por el viento en la inmensidad del cielo. 


Sin embargo, ante esa granular realidad, el profeta Isaías clama: «Alzad los ojos y ved: ¿Quién creó a estos? El que envía su ejército por cuenta, el que los llama a cada uno por su nombre: por su gran y vasto poder, ninguno deja de aparecer» (40:26). 


Se nos habla de una relación en la que Dios le pone nombre a cada estrella enseñándonos que el acto de contar persigue enseñarnos que para Él existe una relación de amor, de aprecio en la singularidad de cada ser humano.


Al igual que en español, las palabras hebreas para contar y relatar están relacionadas: «li-spor» y «le-sapper» tienen la misma raíz. 


Cuando se cuenta una historia, simultáneamente se está reconociendo su valor y la conexión existente entre las cosas. Pero, ¿cómo decimos o definimos lo que cuenta, especialmente en un «midbar» (desierto) donde nada responde al deseo humano?


El profeta Oseas aborda el tema del deseo en el desierto al recordar el encuentro entre Dios e Israel: «Os conocí primero en el desierto, en una tierra de gran sequía [taluvot].» (13:5). Esta es la única aparición de taluvot en las Escrituras. Rashi lo interpreta: «En este contexto, se refiere a un lugar [tel] donde desean [ava] todo lo bueno y no lo encuentran.» 


En consonancia con esta lectura, Rashi interpreta la primera parte de la frase: «Presté atención para conocer vuestras necesidades y satisfacerlas.»  Al separar taluvot, Rashi interpreta el desierto como el lugar de deseos difusos, los cuales Dios reconoce y satisface. 


El relato que Dios cuenta de ese tiempo es una forma de relatar lo que cuenta para Él en esta historia, lo que Dios lee en ella — que es precisamente — el responder o no responder al deseo que experimenta su pueblo en el desierto.

El contenido de nuestra reflexión sobre el desierto — un lugar de deseos profundos y difusos — nos recuerda que Dios cuenta y nombra cada estrella, a pesar de su descomunal cantidad.

Frente a la inmensidad del universo y la multitud de seres humanos — como señalaba Ted Bundy al minimizar el valor de una vida ante tantas personas —, la Torá nos enseña que cada individuo es único, precioso y reconocido por Dios. 

Cuando te asalte ese sentido de insignificancia, tómate un momento para valorar tu propia historia y la de quienes te rodean. Decide compartir una palabra de aprecio, un gesto de bondad o una historia que ilumine el «desierto» creando conexiones que reflejen el amor divino, afirmando quecada vida cuenta.

Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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