
Algo para Pensar — Parasha Bamidbar (miércoles, 28 mayo 2025) Tiempo de lectura: 3 minutos
¡Shalom, Shalom Lekulam!
«Habló El Eterno a Moisés en el desierto de Sinaí, en el tabernáculo de reunión, en el día primero del mes segundo, en el segundo año de su salida de la tierra de Egipto, diciendo: Tomad el censo de toda la congregación de los hijos de Israel por sus familias, por las casas de sus padres, con la cuenta de los nombres, todos los varones por sus cabezas.» (Números 1:1-2)
Como hemos visto, el libro comienza con un censo del pueblo. Con ceremoniosa precisión, se contabiliza y organiza a las masas para marchar hacia la tierra de Israel. La entrada a la tierra es inminente; el pueblo se prepara para la batalla. Al comienzo del libro, éste es el futuro inmediato de la narración.
El nombre del libro, por lo tanto — en español (Números), en latín (Numeri), en griego (Arithmoi) — evoca precisamente el recuerdo de un momento de preparación para el cumplimiento de la gran narrativa de Dios. (De hecho, este nombre deriva del antiguo nombre hebreo Chumash Ha-Pekudim, El Libro de las Reuniones).
El pueblo es contado dos veces: una al principio del libro y otra hacia el final (capítulo 26). Estos dos momentos están separados por treinta y ocho años; e irónicamente, ambos anteceden las inminentes guerras de conquista de la tierra de Israel. Pero entre estos dos momentos de recuento hay un cambio total en la población.
El doble censo confiere al nombre hebreo un matiz siniestro.
Un libro que inicia con optimismo cambia de tono cuando la generación original es condenada a morir en el desierto. La aniquilación de una generación se señala con un ANTES y un DESPUÉS.
Después del pecado de los espías, Dios le dice a Moisés:
«En cuanto a vosotros, vuestros cuerpos caerán en este desierto. Y vuestros hijos andarán pastoreando en el desierto cuarenta años, y ellos llevarán vuestras rebeldías, hasta que vuestros cuerpos sean consumidos en el desierto. Conforme al número de los días, de los cuarenta días en que reconocistéis la tierra, llevaréis vuestras iniquidades cuarenta años, un año por cada día; y conoceréis mi castigo.»(Números 14:32-34)
Los dos censos, en efecto, se ocupan de dos poblaciones diferentes; no existe relación entre ellas. (cf. Números 26:63-65)
De las personas registradas en el primer censo no hay ninguna presente en el segundo. Esta afirmación se repite sin cesar, dejando para el final a los dos individuos que sí sobreviven. Caleb y Josué se convierten en una especie de mención tardía.
La repetida letanía — no hubo ninguno de los inscritos… ninguno sobrevivió — insinúa una perspectiva trágica. Para el segundo censo, el desierto ha recogido toda su cosecha de muertos, se certifica lo que Dios le había declarado a Moisés:
«En este desierto caerán vuestros cuerpos; todo el número de los que fueron contados de entre vosotros, de veinte años arriba, los cuales han murmurado contra mí.» (14:29)
El terror de esta trágica descripción abarca precisamente a todos aquellos que fueron contados con tanto entusiasmo en el primer censo. El doble censo insinúa un gran fracaso: una generación entera, con todas sus expectativas, con la presencia de Dios en su seno, con sus estructuras tribales y sus banderas, se ha desvanecido en las arenas del desierto.
El libro de Números es una narración de indescriptible tristeza, en la que el «midbar» — el desierto — se tragó todas las aspiraciones de una generación: hablamos de las personas que experimentaron el Éxodo, la Revelación en el Sinaí y la creación de un santuario para Dios.
¡Personas que vivieron lo que nadie ha vivido!
Como colectivo, por supuesto, el pueblo de Israel continúa. Está constituido por los jóvenes (menores de veinte años) de la generación anterior y por la nueva generación. En términos de número, no ha habido ninguna pérdida. Sin embargo, no se mencionan los nacimientos.
En cierto sentido, la aparente continuidad solo sirve para enfatizar el terror que encierra esta narrativa. La presencia viva de los «números» se transforma en el segundo censo en el registro de las «ausencias» (no hubo ninguna persona, ningún sobreviviente…)
El relato de los números, por lo tanto, indica tanto continuidad como ruptura, dando lugar a una implícita narrativa de catástrofe. En este sentido, el libro se titula acertadamente «Números,» como para indicar la trágica ironía de las expectativas alteradas.
El pueblo que fue recipiente de las más sublimes e incomparables experiencias con la Divinidad no entró a la tierra prometida. ¡Horible!
¿Qué hacemos hoy con un relato que para muchos es sólo una crónica antigua? Esta historia es un espejo desafiante para nuestras propias generaciones. Con tan solo pensar que una comunidad entera, bendecida con revelaciones divinas únicas e incomparables, se desvaneció por no saber responder con fe, responsabilidad y propósito.
Hoy, tres mil años después, ¿seremos contados entre los que escuchan, aprenden y transforman? ¿O seremos contados entre los que simplemente pasan, sin dejar huella?
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)




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