Algo para Pensar— Parasha Emor (miércoles, 14 mayo 2025) Tiempo de lectura: 3 minutos


¡Shalom, Shalom Lekulam!


“Y no profanéis (תְחַלְּלוּ) mi santo nombre, para que yo sea santificado (קָדְשִׁי) en medio de los hijos de Israel. Yo, El Eterno que os santifico…” (Levítico 22:32)


¿Notaste que en el verso que acabas de leer, la Torá nos ordena no profanar el Nombre de Dios, y en el mismo versículo nos instruye a santificar el Nombre de Dios? 


A simple vista, parece extraño que la Torá discuta acciones polarizadas en el mismo versículo. Si la Torá nos ordena esforzarnos por santificar el Nombre de Dios, ¿por qué también nos advierte que tomemos medidas preventivas para no profanar Su Nombre?


Para responder a esta pregunta, un Rabino sugirió leer el versículo de la siguiente manera: “No profanarás Mi Nombre sagrado, incluso mientras Yo soy santificado entre los Benei Yisrael.” 


Según esta lectura, la Torá nos está ordenando no causar un Hilul Hashem — una profanación del Nombre de Dios — mientras estamos en el proceso de crear un Kiddush Hashem — o santificar Su Nombre.

Desafortunadamente, a veces las personas pueden estar tan concentradas mientras realizan o cumplen con una mitzvá que descuidan asuntos básicos y protocolares inherentes al proceso.


Imagine a alguien que va corriendo apresuradamente hacia una clase de Torá, busca garantizarse un buen asiento, y sobre todo, llegar a tiempo; para lograr abrirse paso entre la multitud empuja a quien está en su camino. Si bien su entusiasmo por la Torá es admirable, ha creado un Hilul Hashem en su celo por la mitzvá de aprender Torá. 


Probablemente, la persona (s) a la que empujó lo mirará y pensará: “¿Esto es lo que el aprendizaje de la Torá hace en un aprendiz?  ¿Esta es la clase de personas que asisten a las clases de Torá?” Ante esta probabilidad, la Torá nos advierte que incluso cuando “soy santificado entre Benei Yisrael,” cuando una persona está involucrada en esfuerzos sagrados, debe asegurarse evitar momentos o sucesos donde se profane el Nombre de Dios.


Veamos otro potencial caso. 
Un no judío que vivía al contiguo a una sinagoga, entró al santuario durante los servicios de la mañana. Después de disculparse por la interrupción, pidió amablemente que la persona que había estacionado su auto bloqueando su entrada lo moviera para poder llevar a su esposa al médico. 


El dueño del auto que había bloqueado la entrada insistió con arrogancia que esperara hasta que terminara el servicio de oración; sólo entonces saldría a mover el auto. 


Aquí también, su actitud de celo y reverencia por la tefilá, que bajo otras circunstancias sería loable, resultó en un flagrante Hilul Hashem; llevó al vecino no judío a la conclusión de que los judíos observantes sólo se preocupan por sus rituales y oraciones, y no tienen ninguna preocupación por la ética humana más elemental.  


¿Te ha sucedido algo parecido, sea porque fuiste tú el que tuviste que esperar o sea porque fuiste tú quien hizo que otra persona tuviera que ser liniente contigo por haber convertido a Dios en cómplice de tu arrogancia?  


Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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