Algo para Pensar — Parasha Emor (martes, 13 mayo 2025) Tiempo de lectura: 3 minutos


¡Shalom, Shalom Lekulam!


«Y el sumo sacerdote entre sus hermanos, sobre cuya cabeza fue derramado el aceite de la unción, y que fue consagrado para llevar las vestiduras, no descubrirá su cabeza, ni rasgará sus vestidos, ni entrará donde haya alguna persona muerta; ni por su padre ni por su madre se contaminará» (Levítico 21:10-11).


En virtud de lo planteado ayer, hay algo que aún no hemos resuelto: Dios no es un «kohen» común y corriente, sino un «Kohen Gadol,» cuya mayor santidad prohíbe cualquier exposición a la impureza, incluso en el caso de sus parientes más cercanos. 


¿Cómo, entonces, podría Dios «contaminarse,» por sus «hijos» o su «hermana virgen»?


Dicho de otro modo: si en su relación con nosotros, Dios asume el rol de un «kohen» común y corriente, cuya santidad menor le permite el contacto con la impureza por el bien de «Israel, su familia,» Dios ciertamente trasciende este rol, al poseer también la santidad inviolable del «kohen gadol.» 


¿Significa esto que solo en APARIENCIA del «kohen» Dios enterró a Moisés? ¿O que la participación de Dios en nuestra redención se limita a una expresión menor de su santidad, mientras que la cúspide de su «sacerdocio» permanece observante al margen de la mortalidad generada por nuestro estado de «galut»?


Para abordar esta pregunta, primero debemos reexaminar la noción misma de atribuir a Dios rasgos y roles definidos por el ser humano.


¿Con qué base nos referimos a Dios como un «kohen» o un «kohen gadol», como un padre o un hermano, o incluso como un «ser» y hasta una «existencia»? Todos estos son términos tomados del mundo de las experiencias y percepción humana. ¿Qué nos pueden comunicar estos conceptos sobre Aquel que inventó nuestro mundo y nuestra mente, creándolos  de la nada?


Como advierten repetidamente los cabalistas, ninguna de estas analogías se refiere a Dios mismo, sino a su manera de relacionarse con nosotros dentro de nuestra realidad. Dios elige involucrarse continuamente con nuestra existencia, asumiendo los roles de creador, proveedor, gobernante, juez, etc.; es únicamente en relación con esta dimensión de su ser que estos antropomorfismos son aplicables. 


Sin embargo, la pregunta persiste: ¿Por qué deberíamos asumir que la relación de Dios con nosotros puede describirse en los mismos términos (o similares) en los que percibimos nuestras relaciones, y aun a nosotros mismos? ¿Será que quizá Dios se relaciona con nosotros de una manera que no tiene modelo ni paralelo en nuestra experiencia?


De hecho, dicen los maestros jasídicos, que no tenemos motivos para suponer que la realidad divina se asemeja a la nuestra en ningún sentido. Sin embargo, sabemos que sí, porque Dios nos lo dice. 


En su Torá, es Dios quién se describe a sí mismo como «misericordioso», «benevolente» o «enojado»; afirma que «habló» a Moisés, «escuchó» las oraciones de su pueblo y los sacó de Egipto con «mano poderosa y brazo extendido»; nos dice que somos sus «hijos», «siervos», «rebaño» y «esposa». 

Entonces, resulta evidente que Dios quiere que su participación en nuestra existencia nos resultara comprensible, y la mente humana solo comprende lo que percibe o lo que puede abstraer de lo que percibe. Así, Dios nos creó «a su imagen, a su semejanza», moldeándonos segúnlos rasgos que asume al crearnos y así poder relacionarse con nosotros.

Nos formó como ANALOGIAS de lo divino, para que pudiéramos recurrir a nuestra propia existencia y así comprender la naturaleza de su presencia en nuestras vidas.


Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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