Algo para Pensar- Parasha Ajarei Mot – Kedoshim (Shabbat, 10 mayo 2025) Tiempo de lectura: 3 minutos


¡Shabbat Shalom Lekulam!


“No te echarás con varón como con mujer; es abominación.” (Levítico 18:22)

Sin lugar a duda el tema que nos ha ocupado esta semana es uno bien candente, así que iniciemos echando un vistazo al otro extremo del espectro y preguntemos a los pensadores religiosos y seculares porqué sólo se permite — e incluso se fomentan — las relaciones heterosexuales. 

¿Cuáles son, después de todo, los fundamentos morales para permitir este tipo de relación? 

Quizá toda clase de actividad sexual debería ser prohibida y considerada poco ética, ya que, como el Rambam cita, con aprobación a Aristóteles, “el sentido del tacto es una deshonra para nosotros.” (cf. Moreh Nevuchim, parte 3, capítulo 8) 

Algo similar es lo que parece afirmar el filósofo danés, y padre del existencialismo religioso Soren Kierkegaard cuando argumenta en contra del matrimonio. El hecho de que esto termine, en última instancia, en la extinción de la humanidad de ninguna manera disminuye el problema ético.

Este «problema» se acentúa cuando consideramos que los matrimonios heterosexuales resultan en el embarazo de mujeres, a menudo con gran dolor, y en ocasiones, en peligro de muerte. ¿Quién dice que esto es éticamente permitido? 

De hecho, ¿qué nos da derecho a traer hijos al mundo cuando existe la posibilidad de que sean víctimas de enfermedades, guerras y desastres naturales? ¿No es más responsable evitar tener hijos, ya que quienes no nacen no sufrirían la más mínima molestia?

Por más desagradables que suenen estos planteamientos, nos vemos obligados a preguntarnos, desde una perspectiva netamente secular, ¿qué podría haber de malo en el incesto y otras relaciones prohibidas por la ley secular? Mientras estas relaciones se den entre adultos por consentimiento mutuo y nadie sufra daño físico ni mental, ¿debería haber razón para prohibirlas? 

Quizá alguien al escuchar estas propuestas responda: «¡Y dónde queda la dignidad humana!»  Pero, argumentos como este carecen de sentido en este debate, ya que no está claro cómo se define la dignidad humana. E incluso si existiera una definición clara o precisa, cabría preguntarse porqué debería ser un valor absolutamente inviolable. 

Por lo tanto, debemos concluir que, desde la perspectiva religiosa y secular, las leyes relacionadas con la sexualidad son arbitrarias. Tanto en las sociedades religiosas como en las seculares, estas leyes se basan en una «voluntad» ajena a lo que llamamos «razón.»


Para los religiosos, es la voluntad de Dios la que nos proporciona las reglas que nos indican qué está permitido y qué está prohibido. Y para los seculares, es el consenso mutuo, la voz del pueblo y, a menudo, una especie de relativismo lo que decide qué está permitido y qué está prohibido. 


La ley secular parece basarse en la idea de que ciertas relaciones sexuales están prohibidas porque se sienten mal, aunque no podamos explicar por qué. Paradójicamente, podríamos llamar a esto una especie de «imperativo categórico,» utilizando el famoso axioma de Immanuel Kant. 


Sin embargo, algunos filósofos afirmarían que este «imperativo» proviene de principios religiosos como si se tratara de una especie de arquetipo junguiano, aunque es dudoso que Jung tuviera esto en mente o incluso que estuviera de acuerdo.


Nos vemos obligados a concluir que cualquier debate entre las comunidades religiosas y seculares sobre la permisibilidad o ilegalidad de ciertas relaciones sexuales carece por completo de sentido. Cada comunidad lo aborda desde una categoría fundamental diferente. 


Es imposible que ninguna de ellas pueda ofrecer un argumento objetivamente sólido. No se debe hacer ninguna afirmación ética para decidir si las relaciones heterosexuales, homosexuales o de otro tipo deben prohibirse o permitirse. 


En última instancia, se trata de una cuestión amoral que solo puede decidirse mediante la aceptación o el rechazo de una voluntad absoluta (como la de Dios) o la imposición de un tabú cultural basado en un sentimiento de incomodidad ante ciertas actividades de índole sexual.


Si el acto homosexual, prohibido por la Torá, debe ser considerado idéntico al matrimonio entre personas del mismo sexo es otra cuestión. Las autoridades religiosas y los pensadores deben reflexionar sobre esta importante cuestión. Quizás sea uno de los asuntos más complejos que jamás debamos considerar.


Mientras tanto, es nuestra tarea garantizar que las personas no se vean perjudicadas por estos principios religiosos o seculares y que sus derechos sean protegidos. No solo será necesario garantizar los derechos de las parejas del mismo sexo, sino que será igualmente esencial proteger el derecho de las sinagogas, iglesias y otros grupos religiosos a expresar y seguir sus convicciones religiosas.


Esto sin duda será un gran dolor de cabeza para la Corte Suprema de los Estados Unidos, los tribunales inferiores y todos nosotros en los próximos años. Lo que quedará claro es que los tribunales no podrán encontrar una solución consistente y tendrán que recurrir a compromisos y «negociaciones legales.”

En un mundo plagado de dilemas, no es posible concebir soluciones perfectas a los problemas humanos de forma coherente.


Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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