Algo para Pensar — Parasha Tazria-Metzora (Shabbat, 3 mayo  2025) Tiempo de lectura: 3 minutos

¡Shabbat Shalom Lekulam!

“Cuando la mujer tuviere flujo de sangre, y su flujo fuere en su cuerpo, siete días estará apartada; y cualquiera que la tocare  será inmundo hasta la noche.” (Levítico 15:19)

El tercer capítulo del Libro del Génesis narra la historia de Adán, Eva y el “Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal” ubicado en el Jardín del Edén. 

Los hechos básicos son simples: entre todas Sus creaciones, Dios dotó a una única criatura, el ser humano, con la libertad de elegir entre el bien y el mal, entre el cumplimiento de la voluntad divina o su transgresión. 

Poco tiempo había transcurrido cuando el primer hombre y la primera mujer eligieron ejercer su libertad para ir en contra de lo estipulado por su Creador. Se les había ordenado no comer del fruto de cierto árbol, y se estrellaron: violaron este mandamiento.

Con esta acción, alteraron radicalmente la naturaleza de la vida en el planeta. 

El ser humano, la perfecta “obra maestra de Dios,” ya no era perfecto. Un nuevo elemento, ajeno — la muerte — entró al escenario terrestre. Adán y Eva fueron desterrados del tranquilo Edén a un mundo donde cualquier cosa de valor se logrará solamente a través del trabajo, la lucha y el sufrimiento (cf. Génesis 3:16-19).

El primer pecado también introdujo una nueva característica a la biología humana femenina, la menstruación, y con ésta, las leyes resultantes de “nidá” que hacen que una mujer sea ritualmente impura desde el inicio de su menstruación hasta que se purifica sumergiéndose en un “mikvé.”

Con lo ya planteado en mente, ¿sabes que hay dos maneras en las que una persona puede elevar su entorno? Puede hacerlo desde arriba y también puede hacerlo desde adentro.

Un líder puede ser una persona que lleva una vida de santa reclusión, distante de la mundanalidad de la vida material, y así — desde arriba — provoca que otros aspiren a imitarlo y trascender de sus propias limitaciones terrenales. 

Otro tipo de líder es el que entra en el cotidiano mundo mundano, habla su idioma, lidia con sus maquinaciones mezquinas y siniestras, e influye desde adentro

Un pueblo puede crear una sociedad modelo en una tierra santa convirtiéndose en “una luz para las naciones” inspirando admiración y emulación. O puede entrar en el “galut” (exilio), dispersarse a los cuatro rincones de la tierra, habitar en las culturas de las sociedades anfitrionas y cambiar el mundo desde esos lugares.

La diferencia entre estos dos enfoques es la misma diferencia que existía entre la naturaleza de la vida antes y después del primer pecado del ser humano. 

Para comprender nuestro siguiente planteamiento es necesario que entendamos que el mal ya existía antes del primer pecado. Éste es un elemento necesario en el propósito divino de la creación porque nuestra misión en esta vida es extraer las “chispas de santidad” ocultas (prisioneras) en los elementos humildes y simples de la creación. 

Sin embargo, también es medularmente importante que ubiquemos el mal en el lugar correcto, dado que inicialmente, el mal era algo EXTERNO a la naturaleza humana, FUERA de la esfera de nuestras vidas. 

El alma del primer hombre y mujer, su carácter, sus impulsos e inclinaciones, su ser espiritual y físico, incluso su entorno y el universo conocido, estaban desprovistos de cualquier cosa negativa o impura (he ahí el porqué la inclinación al mal se presenta a Eva en la forma de una criatura distinta — la serpiente — en lugar de ser una voz que surge de su propio interior). 

El refinamiento de la creación era algo que la pareja lograría desde la plataforma de superioridad que les distinguía: ellos tenían la encomienda de liberar las chispas de santidad de su prisión.  

Aniquilarían el mal (pues en el momento en que una chispa de bondad es redimida, su cáscara negativa se marchita como lo hace una cáscara al sacarse el fruto que tenía en su interior) no por no involucrarse y combatirlo, sino al superarlo y despreciarlo.

Adán y Eva recibieron la tarea de “trabajar y cuidar” el Jardín del Edén, el divino oasis de perfección plantado en el corazón del universo. Debían trabajar en el jardín, cultivando su bondad inherente, avivando la gran llama que atraería chispas de divinidad desde los rincones más lejanos de la creación. Debían cuidar el jardín, protegiendo sus fronteras y evitando que el más mínimo vestigio de mal se filtrara o incluso entrara en contacto con su mundo sagrado.

Pero el primer hombre y la primera mujer no estaban contentos con este “trabajo” tranquilo, con este logro. Se sintieron atraídos por la seducción de lo desconocido… algo que todavía nos sigue fascinando.

Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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