
Algo para Pensar — Parasha Tazria-Metzora (martes, 29 abril 2025) Tiempo de lectura: 3 minutos
¡Shalom, Shalom Lekulam!
“Y al octavo día se circuncidará al niño” (Levítico 12:3)
Vivimos en un mundo binario: un mundo en el que cada objeto tiene un polo positivo y un polo negativo, en el que cada fuerza tiene un modo activo y un modo latente, y cuya lógica definitoria se construye sobre dos posibilidades fundamentales: «sí» y «no.”
Los mitzvot (mandamientos divinos) de la Torá también se presentan en este modo dual. Los mitzvot se dividen en dos categorías generales: (a) los “mandamientos positivos” (mitzvot assei), que especifican las actividades — por ejemplo, dar caridad, ponerse tefilín — lo que Dios desea que hagamos; (b) los “mandamientos negativos” (mitzvot lo ta’aseh), que especifican las actividades — por ejemplo, robar, cocinar carne con leche — lo que Dios desea que no hagamos.
La Torá no está limitada ni restringida por la naturaleza de las vidas que instruye. De hecho, dado que la Torá es «el plano de Dios para la creación,” es todo lo contrario: dado que la voluntad divina incluye tanto elementos positivos como negativos, el universo que surgió para implementar esta voluntad también está polarizado por la positividad y la negatividad, por lo activo y por lo pasivo.
¿Por qué, cabría preguntarse entonces, la necesidad de los mandamientos positivos? Si el cumplimiento más puro y perfecto de la voluntad divina reside en la no realización de la «mitzvá lo ta’asé», ¿por qué Dios no convirtió la vida en un asunto completamente pasivo, un ejercicio de abstinencia?
Porque, si bien una vida dedicada al cumplimiento pasivo de la voluntad divina estaría libre de las deficiencias que se generan por el esfuerzo humano, también estaría desprovista de creatividad y pasión. Dios desea ir más allá de la perfección de su creación; de hecho, ¡la realidad más perfecta era ese estado irreal que precedió a la creación!
Así pues, NO fue la perfección lo que Dios buscó al crear un mundo, sino la búsqueda dinámica de la perfección emprendida a partir de un mundo imperfecto. No fue un mundo espiritual lo que Dios se propuso crear —ningún mundo podría ser más etéreo que la nulidad presente antes de la creación, — sino un «reino inferior» físico desde donde se llevaría a cabo un proceso de re-creación con el objetivo de «construir» una morada para El Eterno.
Simultáneamente, Dios quiso brindarle a este mundo la posibilidad de un contacto puro con Él — un vínculo con la verdad divina por excelencia que trasciende las limitaciones de la actividad de los mortales. Así, además del imperativo de actuar, desarrollar, transformar y crear, Dios también nos instruyó a desistir, a rechazar el deseo presente a través del ego en pro del cumplimiento de su voluntad.
De ahí las «mitzvot assei» y las «mitzvot lo ta’aseh» — una Torá con doble columna que consta de «síes» y «noes,» un mandato para una relación activa y pasiva con Dios. De ahí un mundo dividido entre lo afirmativo y lo negativo, el ser y el no ser — o la nada,– el dinamismo y lo estático.
He ahí el porqué y el para qué de la dualidad…
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)




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