
Algo para Pensar— Parasha Shemini (Shabbat, 26 abril 2025) Tiempo de lectura: 3 minutos
¡Shabbat Shalom Lekulam!
“Nadab y Abiú, hijos de Aarón, tomaron cada uno su incensario, y pusieron en ellos fuego, sobre el cual pusieron incienso, y ofrecieron delante de El Eterno fuego extraño, que él nunca les mandó. Y salió fuego de delante de El Eterno y los quemó, y murieron delante de El Eterno.” (Levítico 10:1-2)
¡Todo lo que conocemos, es dual, TODO! Así que, los conceptos se definen por lo que son, y por su opuesto.
Siendo así, el caso de Nadab y Abiú nos permite entrar en contacto con una de las distinciones más importantes en el Tanaj. Esta es: el sacerdote (kohen) vs. el profeta (navi).
El sacerdote es, ante todo, el guardián de las leyes y costumbres tradicionales, de las ceremonias y oraciones que expresan la manera como servimos a nuestro Dios.
Estos rituales, definidos con precisión hasta el último detalle, han sido honrados en el tiempo y santificados durante siglos para proporcionar una continuidad histórica, una participación de un ciclo rítmico que existía antes que usted — y yo, por supuesto — naciera y se conservarán después de que usted muera.
El sacerdote recibe el mandato de su padre, — de generación en generación — viste una vestimenta especial que representa la forma externa del servicio divino. Los rituales que celebra proporcionan estructura, y rara vez permiten la espontaneidad; aseguran la continuidad dejando poco espacio para la creatividad.
Sin duda, el rito sagrado transmitido de generación en generación funciona como un puente que conecta el pasado con el hoy, y el hoy con la eternidad; es una puerta que nos permite cruzar el umbral hacia lo divino; pero simultáneamente erige una barrera, teje una cortina de pergamino blanco y letras negras entre nuestro corazón y mente con el Dios Todopoderoso.
Por otro lado, el profeta, sin embargo, no lleva ningún tipo de vestimenta especial ni tiene porqué haber nacido en una familia determinada. Éste persigue descorrer cualquier cortina, echar a un lado cualquier barrera que le impida alcanzar las alturas y acercarse a la divinidad.
Siente el fuego de Dios como «un fuego que arde en sus huesos.» A menudo se muestra impaciente con los detalles del ritual, los medios que a menudo le hacen perder de vista los fines; para él, la pasión tiene prioridad sobre el protocolo, la espontaneidad sobre la estructura.
La experiencia religiosa judía insiste en mantener una dialéctica sensible entre el amor y el temor a lo divino, entre la personalidad profética y la sacerdotal en el servicio divino, a pesar de la tensión inevitable entre ambas, y tal vez incluso a causa de ella.
Debes aferrarte al Señor tu Dios (dvekut); pero no te acerques demasiado a la montaña de la revelación divina, no sea que mueras. Da espacio a la creatividad y la relevancia religiosas, buscando la sabiduría del juez de cada generación, pero mantén presente el precedente donde se nos dice «preguntarle a tu padre y él te lo dirá, a tu abuelo y él te lo dirá.»
El profeta sin sacerdote amenaza la continuidad y puede incluso conducir a un fanatismo frenético; el sacerdote sin profeta puede producir un ritual sin relevancia, forma sin fuego. Amen a Dios — pero no pierdan el sentido de asombro y reverencia; regocíjense en Dios, pero no sin una medida de temblor; esfuércense por acercarse a la morada divina, pero no atraviesen la puerta.
Nadab y Avihú se dejaron llevar por el éxtasis religioso del momento y quisieron acercarse aún más a Dios. Es posible que su motivación estuviera impregnada de amor divino, pero los fuegos extraños pueden conducir a un fanatismo ajeno, la pasión puede generar perversión.
Ellos trajeron un fuego extraño, y Dios no podía aceptarlo. Con todo el dolor y tragedia inherentes, a Dios no se le debe tomar con liviandad, así que este era un momento en el que la lección divina debía enseñarse a todas las generaciones: a veces «por los más cercanos a mí debo ser santificado» (Levítico 10:3).
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)




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