
Algo para Pensar — Parasha Shemini (martes, 22 abril 2025) Tiempo de lectura: 3 minutos
¡Shavua Tov Lekulam!
«Nadab y Abiú, hijos de Aarón, tomaron cada uno su incensario, y pusieron en ellos fuego, sobre el cual pusieron incienso, y ofrecieron delante de El Eterno fuego extraño, que él nunca les mandó.» (Levítico 10:1)
En nuestra reflexión anterior pudimos captar claramente cuán arriesgado es este asunto de la adoración espontánea. Hoy vamos a echarle un vistazo al encuentro que tuvo Abraham con Nimrod.
Un reconocido midrash nos relata un acto de gran heroísmo por parte de Abraham. Nimrod, el déspota de aquellos días, arrojó a Abraham a un «kivshan ha-esh» (horno de fuego) porque Abraham se negó a adorar a Nimrod. Versiones de este midrash aparecen en varios lugares de la Torá Oral, pero no aparece en la Torá Escrita. ¿A qué se debe esto?
La respuesta a esta pregunta bien podría basarse en las observaciones que hemos hecho previamente (cf. Algo para Pensar, lunes, 21 abril) Por impresionante que haya sido este episodio, de ninguna manera establece estándares para el culto judío.
Después de todo, Abraham actuó por cuenta propia; no recibió órdenes de Dios. Sin duda, fue una respuesta correcta y deseada frente a la tiranía de Nimrod, pero fue una respuesta autónoma. Por lo tanto, carecía de la disposición fundamental de un acto religioso ordenado por Dios.
La ESPONTANEIDAD, entonces, parece tener valor solamente cuando PROFUNDIZA la mitzvá, no cuando intenta REEMPLAZARLA.
Quizá la prueba más evidente de este hecho se deriva del incidente del «fuego ilícito» que trajeron los hijos de Aarón a la Tienda de Reunión. Nadav y Avihu pagaron con sus vidas cuando un profundo y descontrolado impulso religioso eclipsó su compromiso con la obligación religiosa.
Sin embargo, esta no es toda la historia. Según el Talmud (cf. Avodá Zará 25a), nuestros patriarcas fueron llamados «yesharim»: hombres honestos e íntegros. Los comentaristas explican que fue su inusual objetividad y su negativa a dejarse influenciar por fuerzas externas negativas lo que los convirtió en «yesharim»: individuos de carácter moral excepcional.
De hecho, opinan que los patriarcas no siempre se comportaron únicamente según los estándares halájicos, sino que fueron guiados según ideales morales aún más elevados, especialmente al interactuar con sus semejantes. Esto se expresa bien con la palabra yidish «menschlechkeit».**
Abraham actuó para rescatar a su sobrino Lot del cautiverio, aun cuando esto implicaba asumir un enorme riesgo personal. Se podría argumentar que muchas de las narraciones del libro de Bereshit (Génesis) reflejan esta ideología.
El Netziv, rabino Naftali Tzvi Yehuda Berlin (1817-1893), se empeña al enfatizar que los patriarcas mostraron la mayor compasión incluso hacia los idólatras. Sus dramáticas palabras son acertadas:
Además de ser «tzadikim» (justos) y «jasidim» (piadosos) y mostrar gran amor hacia Dios, también eran «yesharim», pues se comportaban con respeto hacia los idólatras más repugnantes; se relacionaban con ellos con cariño y se preocupaban por su bienestar, ya que este es el fundamento de toda civilización… Esto se deduce claramente del grado en que Abraham luchó y suplicó a Dios que perdonara a la gente de Sodoma, que era profundamente perversa… y de cómo Yitzjak se esforzó por apaciguar a los pastores de Avimelej, quienes le causaron grandes dificultades… Lo mismo puede decirse de Yaakov, quien mostró una tolerancia infinita hacia su suegro Labán. (Cf. Ha’emek Davar, Introducción a Bereshit)
Estas observaciones del Netziv son sorprendentes cuando tomamos en consideración el hecho de que la Torá introduce más adelante la ley de «lo techanem» – No les mostrarás (a los idólatras) ningún favor (Devarim 7:2) – la cual tiene una importancia halájica de largo alcance para la relación entre los judíos y los gentiles no monoteístas.
Es evidente que hay ocasiones en las que la espontaneidad es peligrosa, como aprendieron trágicamente Nadav y Avihu. Sin embargo, hay ocasiones en las que se nos llama a actuar, como los patriarcas, con autonomía y sin esperar la orden divina.
¿Cómo, entonces, sabremos cuándo ser espontáneos y cuándo actuar exactamente como se nos dice?
La distinción es clara: en el ámbito de la relación entre el hombre y Dios, debemos vivir nuestra vida religiosa con un genuino sentido de obligación, y no convertir impulsos espontáneos en rituales autoimpuestos que no tienen una conexión intrínseca con una mitzvá en particular.
El «ritualismo extrarreligioso» es inaceptable.
Pero cuando se trata de nuestras relaciones con otros seres humanos, la situación es diferente. Cuando el bienestar de nuestros semejantes está en juego, se nos anima a actuar más allá de lo que exige la ley, con espontaneidad y sin esperar a que nos lo digan. Al ir más allá de la letra de la ley, profundizamos nuestro compromiso religioso.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)
Notas
** «Menschlichkeit» (yiddish: מענטשלעכקייט; alemán: Menschlichkeit) se refiere a las cualidades y rasgos de carácter que definen a un «mensch», una persona íntegra, decente y de buen carácter, abarcando esencialmente el concepto de ser una «buena persona.»




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