Algo para Pensar— Parasha Tzav (Shabbat, 12 abril 2025) Tiempo de lectura: 3 minutos


¡Shabbat Shalom Lekulam!


«Y el fuego encendido sobre el altar no se apagará, sino que el sacerdote pondrá en él leña cada mañana, y acomodará el holocausto sobre él, y quemará sobre él las grosuras de los sacrificios de paz» (Levítico 6:12).


Shabat es el día semanal en el que dejamos de estar activos en el mundo: un día de reflexión más que de acción, un santuario para el pensamiento en nuestras vidas llenas de verborrea y orientadas al logro. 


Por lo tanto, se podría suponer que el altar del Sagrado Templo también debería descansar en Shabat.


En el otro extremo del espectro, hay momentos en que nuestra falta de involucramiento con el mundo material no se debe a nuestro estado trascendente sino, por el contrario, a que nos hemos enredado demasiado en el materialismo como para poder tener algún efecto positivo sobre nuestro entorno. 


Y asi llegamos al significado más profundo de las leyes de «tum’ah» (impureza ritual): a un individuo que es «tamei» se le prohíbe entrar al Templo Sagrado o entrar en contacto con algo sagrado, hasta tanto se purifique. 


Nuevamente, uno podría aplicar la misma regla al altar y apagar su llama en el caso de que éste, o quienes lo atienden, estén ritualmente impuros.


Pero dice la Torá: “Un fuego constante arderá sobre el altar, y nunca se apagará.”


“Constantemente,” explica el Talmud, “incluso en Shabat. Constantemente, incluso en estado de impureza”. Para la llama que debe arder perpetuamente sobre el altar ninguna condición es demasiada elevada o demasiado mundana.


El ser humano es un templo sagrado, un edificio diseñado para servir y albergar lo divino. El corazón de la persona es su altar, un hogar para la pasión que anima sus acciones. Una vida carente de pasión es tan hueca y fría como lo es un templo sin altar.


Sin embargo, hay momentos en que el fuego del altar puede parecer que está fuera de lugar. Es bueno ser entusiastas con respecto a nuestra misión en la vida, podríamos argumentar, pero seguramente hay momentos en que deberíamos evitar el fervor. 


El ser humano, después de todo, también es un ser racional. Por más inspirados que estemos, debe quedar una parte de nosotros que mantenga la calma y considere todo objetivamente.


En el otro extremo del espectro, hay momentos y situaciones en que sentimos que no hay mucho en nuestra vida que nos entusiasme; momentos en que nuestra llama espiritual parece abrumada por lo mundano, ahogada por el letargo y la desconfianza que produce el estado material. 


En tales circunstancias, la sabiduría común dicta que lo máximo que podemos hacer es seguir adelante impulsados por nuestro conocimiento del bien y del mal y nuestro compromiso con nuestro Creador. En tales circunstancias pareciera ser que el fervor y el entusiasmo no son apropiados ni sostenibles.


Dice la Torá: un fuego constante arderá sobre el altar. Constantemente, incluso en el Shabat más trascendente. Constantemente, incluso durante el punto más bajo y menos espiritual. Cada uno de nuestros esfuerzos y momentos debe estar encendido por el calor y el ardor que caracterizan lo divino. 


Desde nuestra orgullosa torre del intelecto hasta el sótano de nuestros impulsos más bajos, nada en nuestro templo es demasiado elevado o demasiado bajo como para enrarecer la llama que arde en el altar de nuestro corazón diciéndonos:

«Tú eres imagen y semejanza de El Eterno!


Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)
NOTA: Esta noche inicia Pesaj.

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