Algo para Pensar — Parasha Vayikra (miércoles, 2 abril 2025) Tiempo de lectura: 3 minutos


¡Shalom, Shalom Lekulam!


«y lavará con agua los intestinos y las piernas, y el sacerdote hará arder todo sobre el altar; holocausto es, ofrenda encendida de olor grato (רֵיחַ־נִיחוֹחַpara El Eterno.» (Levítico 1:9)


El versículo que acabas de leer es más que desconcertante. Nos parece un antropomorfismo vulgar, en el que Dios es reducido a un ser que puede ser manipulado por algo tan simple como un olor apetitoso.


La frase «aroma grato al Señor» aparece por primera vez en la historia de Noé, después de haber construido un altar para Dios. Allí leemos: «[Noé] tomó de todo animal limpio y de toda ave limpia, y ofreció holocaustos sobre el altar, y el Señor percibió el aroma grato» (Génesis 8:20-21).


Esta expresión aparece con frecuencia a lo largo del libro de Levítico, dando la impresión de ser un concepto fundamental para el servicio sacrificial. Pero huele a idolatría, no a un servicio al Dios monoteísta. ¿Es posible manipular a Dios tan fácilmente? ¿Se le puede sobornar con una fragancia agradable? De ser así, ¿qué clase de Dios es este?


Comentarios escritos posteriormente encontraron maneras de explicar esta idea como una concesión del momento. Ovadia Seforno, el gran comentarista italiano del siglo XVI, argumenta de forma terminante que la necesidad de la Tienda de Reunión en la época de Moisés — y por lo tanto, del Templo en épocas posteriores — como una consecuencia del pecado del Becerro de Oro. En el versículo «Así lo harás» (Éxodo 25:9), relativo a la construcción de la Tienda de Reunión, Seforno hace la siguiente llamativa declaración:


Para habitar entre ustedes, hablarles y aceptar las oraciones y el servicio de Israel. Esto no es como antes del pecado del Becerro de Oro, donde se dijo (Shemot 20:24): «Y en cualquier lugar donde se mencione mi nombre, vendré a ustedes y los bendeciré.»


Para Seforno, la Tienda de Reunión — y el Templo — se hicieron necesarios sólo DESPUÉS que los israelitas perdieron su elevado nivel espiritual por causa del pecado del Becerro de Oro. Ahora necesitaban un lugar físico y tangible que simbolizara la grandeza de Dios. Si la transgresión no hubiera ocurrido, Dios nunca nos habría ordenado construir una Tienda de Reunión (ni un Templo). La estructura física es una concesión necesaria debido a la debilidad religiosa humana.


Seforno también parece opinar que no solo el Mishkán, sino los sacrificios en general, son una respuesta al pecado del Becerro de Oro. Dado que los animales eran considerados ídolos, como en el caso del Becerro de Oro, era necesario demostrar que no tenían nada de divino y que no debían ser adorados bajo ninguna circunstancia. En cambio, estos supuestos ídolos debían usarse para servir a Dios. Estos no son como los seres humanos, cuya muerte está absolutamente prohibida.


Rambam, en su «Guía para los Perplejos» (3:32), hace un comentario similar respecto a los sacrificios: 


Es imposible pasar repentinamente de un extremo a otro; la naturaleza humana no permite que las personas abandonen repentinamente todo aquello a lo que están acostumbradas. Ahora bien, Dios envió a Moisés para convertir a los israelitas en un reino de sacerdotes y una nación santa… Se les ordenó a los israelitas dedicarse a Su servicio. Pero el modo general de adoración en el que fueron criados (en tiempos pasados) consistía en sacrificar animales en templos con imágenes, postrarse ante ellas y quemar incienso ante ellas. Fue de acuerdo con la sabiduría de Dios, manifestada en toda la creación, que Él no nos ordenó abandonar y descontinuar todos estos modos de adoración; pues obedecer tal mandamiento habría sido contrario a la naturaleza humana. Por esta razón, Dios permitió que estos rituales continuaran. Transfirió a Su servicio lo que anteriormente había servido como adoración a los seres creados… y nos ordenó servirle de la misma manera.


Al igual que Seforno, Rambam ve el servicio de sacrificios como una concesión a la debilidad humana. No son parte integral del judaísmo; son una concesión. El objetivo final es liberar al judaísmo del culto sacrificial y alejar a los israelitas de la idolatría, simbolizada por estos sacrificios. Pero como esto no podía lograrse de la noche a la mañana, Dios les dio tiempo a los israelitas para lograrlo.


Desde el día en que El Eterno dio estas instrucciones hasta el día presente han pasado más de tres mil años, y de estar sin Templo van dos mil. ¿Crees tú que hemos alcanzado la madurez espiritual necesaria para hacer que los símbolos físicos manifiestos en un templo ya no sean necesarios? 


Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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