Algo para Pensar — Parasha Teruma (lunes, 24 febrero 2025) Tiempo de lectura: 3 minutos


¡Shavua Tov Lekulam!


¿Qué vino primero: el huevo o la gallina? Un planteamiento similar sería, ¿qué sucedió primero: el pecado del becerro de oro o la orden dada por El Eterno para construir el Mishkan?


“Y entró Moisés en medio de la nube, y subió al Monte; y estuvo Moisés cuarenta días y cuarenta noches.” (Éxodo 24:18)


A la vista de los israelitas, Moisés inicia un viaje hacia la cumbre de un monte en llamas: “La visión de la gloria de Dios era como un fuego consumidor en la cumbre del monte ante los ojos de los israelitas. Moisés entró en la nube y subió al monte; y Moisés estuvo en el monte cuarenta días y cuarenta noches” (24:17-18).


Así termina la parashá estudiada la semana pasada, con una imagen de fuego consumidor, una nube y una enigmática escena del encuentro de cuarenta días de Moisés con Dios. Un extraordinario ser humano asciende hacia el fuego consumidor. Una estampa que quedó impresa en la mente de los israelitas que estaban reunidos y observantes al pie de la montaña.


Luego, sin transición ni preámbulo, leemos el comienzo de la nueva Parashá (cf. Éxodo 25:1-9). Después del terror que generan los encuentros místicos viene el impacto en el mundo físico. Encontrarnos un inventario de metales, lanas, pieles, aceites, especias y piedras que culmina con un mandato divino simple y directo: “Que me hagan un santuario para que yo habite entre ellos.” 


La disonancia es palpable. Moisés desafía al fuego consumidor para obedecer el llamado de Dios, ¡y Su voluntad es una una lista de simples objetos con los que construirá una casa para que Él viva! El flujo de la narración sirve para intensificar el asombro del lector.

¡¿Todo este despliegue de poder para entregar una lista de objetos!?  


Tradicionalmente, ha habido dos tipos de respuesta a este asombroso suceso. Una está representada por Rambán, la otra por Rashi y un gran grupo de fuentes midráshicas. Según la interpretación de Rambán, los israelitas han sido transformados por el encuentro “cara a cara” con Dios; han recibido los mandamientos básicos y se han comprometido a cumplirlos; para afirmarlo, han entrado en un Pacto con Dios. 


En esencia, pueden ser considerados como prosélitos. Han cumplido la primera estipulación de Dios antes de la Revelación en el Sinaí: “Ahora, si escuchan fielmente Mi voz y cumplen Mi pacto, serán Mi tesoro entre todos los pueblos. En verdad, toda la tierra es Mía, pero ustedes serán para Mí un reino de sacerdotes y una nación santa” (19:5-6). 


En vista de todo esto, Rambán escribe: “He aquí, son santos, aptos para un santuario para que la Presencia de Dios habite entre ellos. Y así, lo primero que Dios ordenó fue el Tabernáculo (Mishkan), que debería haber entre ellos una casa dedicada a Su nombre…” (cf. Ramban 25:1).


En la lectura de Rambán, la idea de un santuario para la Presencia de Dios en medio de ellos es una señal de transformación: después de la Revelación y el Pacto, se han convertido en recipientes adecuados para la Presencia de Dios. Continúa describiendo el “secreto del Mishkán (Tabernáculo)”: debe ser una versión del Monte Sinaí que puedan llevar consigo en sus viajes (cf. Zohar Pikudei 229.1). 


Hay muchas resonancias lingüísticas que vinculan el Sinaí con el Tabernáculo, incluidas referencias a la “gloria” de Dios y a Su voz que emerge “de en medio del fuego” y “de entre los querubines” (el oro de los querubines representa el fuego).

El Mishkán debe brindar una solución al problema de retener la Revelación: ¿cómo puede el Sinaí permanecer con ellos, ser parte de ellos, continuar siendo algo central para ellos? ¿Cómo puede convertirse en una realidad la posibilidad de vincular el reino sublime y el mundano? ¿Cómo se puede tolerar el fuego del Sinaí en la vida cotidiana? ¿Existe una versión imaginable de una intersección entre estos dos reinos, un nexo de fuego portátil, que no consuma su vehículo? Sin este medio, el Sinaí se convertirá en un recuerdo de cosas que pertenecen al pasado.

Para Rambán, esta posibilidad se hace realidad en la transformación del pueblo en el Sinaí. Ahora son dignos de llevar una versión del Sinaí con ellos en sus viajes por el desierto, un medio para que Dios continúe revelándose.


Cassuto ofrece una versión moderna de esta noción del significado y el propósito del Mishkán:


«Debemos darnos cuenta de que los hijos de Israel, después de haber tenido el privilegio de presenciar la Revelación de Dios en el Monte Sinaí, estaban a punto de partir de allí y así alejarse del lugar de la teofanía. Mientras estuvieron acampados en el lugar, tuvieron conciencia de la cercanía de Dios; pero una vez que emprendieron el viaje, les pareció que el vínculo se había roto, a menos que hubiera entre ellos un símbolo tangible de la presencia de Dios entre ellos. La función del Tabernáculo [literalmente, «Morada» en hebreo] era servir como tal símbolo. Por lo tanto, no sin razón esta sección viene inmediatamente después de la sección que describe la celebración del Pacto en el Monte Sinaí. El nexo entre Israel y el Tabernáculo es una extensión perpetua del vínculo que se forjó en el Sinaí entre el pueblo y su Dios… Este es… el significado del claro paralelismo entre las últimas frases de la sección anterior, que describen cómo la Presencia Divina habitaba en el Monte Sinaí, y el pasaje final de nuestro Libro, que describe, en términos similares, cómo la Presencia Divina moraba en el Tabernáculo… [El] diseño mismo del Tabernáculo fue capaz de inspirar al pueblo con el sentimiento de confianza de que el Señor estaba presente en medio de ellos.» (cf. Cassuto, Un comentario, p.319)

En ambas lecturas, la narración del Sinaí discurre de manera fluida y convincente en las instrucciones para la construcción del Mishkán. Pero, todavía no hemos visto cuál es la interpretación que hace Rashi.

Ésta, la veremos mañana.


Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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