Algo para Pensar Parasha Bo (miércoles, 29 enero 2025)

Tiempo de lectura: 2 minutos


¡Shalom, Shalom Lekulam!


«Habla, y di: Así ha dicho El Eterno, el Señor: He aquí yo estoy contra ti, Faraón rey de Egipto, el gran dragón que yace en medio de sus ríos, el cual dijo: Mío es el Nilo, pues yo lo hice.» (Ezequiel 29:3)


Después del análisis realizado ayer nos queda una pregunta por responder: ¿Es malo el ego? ¿Es este componente fundamental de nuestra alma un implante extraño que debemos desarraigar y descartar en nuestra búsqueda de la bondad y la verdad?


En última instancia, no lo es. La ley cardinal de la realidad es que «no hay nadie más fuera de ÉL» (Deuteronomio 4:35). — que nada es contrario al Creador, Fuente de todo, ni siquiera separado de él. El ego, el sentido de uno mismo con el que nacemos, también deriva de Dios; de hecho, es un reflejo del «ego» divino. Debido a que Dios se conoce a sí mismo como la única existencia verdadera, nosotros, que fuimos creados a imagen divina, también poseemos una intuición del «sentido del yo» de Dios en la forma de nuestro propio concepto del yo como núcleo de toda existencia.


No es el ego lo que es malo, sino el divorcio del ego de su fuente.

Cuando reconocemos nuestro propio ego como un reflejo del «ego» de Dios y lo subordinamos al suyo, se convierte en la fuerza impulsora de nuestros esfuerzos por hacer del mundo un lugar mejor y más santo. Pero el mismo ego, separado de sus raíces divinas, engendra el más monstruoso de los males.


Cuando Dios le ordenó a Moisés «venir a Faraón», Moisés ya había estado yendo a Faraón durante muchos meses. Pero había estado tratando con él en sus diversas manifestaciones: Faraón el pagano, Faraón el opresor de Israel, Faraón el dios autoproclamado. Ahora se le decía que entrara en la esencia del Faraón, en el alma del mal. Ahora se le estaba diciendo que penetrara más allá de la maldad de Faraón, más allá del mega-ego que insiste: «Yo me he creado», para confrontar la quintaesencia de Faraón: el «yo» desnudo que surge del «Yo» mismo de Dios.


Moisés no temió la maldad de Faraón. Si Dios lo ha enviado, Dios lo protegería. Pero cuando Dios le dijo que entrara en la esencia de Faraón, quedó aterrorizado. ¿Cómo puede un ser humano contemplar una manifestación tan pura de la verdad divina? ¿Una manifestación tan sublime que trasciende el bien y el mal, y es igualmente fuente de ambos?

Dijo Dios a Moisés: «Ven a Faraón». Venid Conmigo y juntos entraremos al palacio de la gran serpiente. Juntos penetraremos en el egoísmo que es el corazón del mal. Juntos descubriremos que el mal no tiene sustancia ni realidad, que todo lo que es,  es la apropiación indebida de lo divino en el hombre.


Si esta verdad es demasiado aterradora para que un ser humano la enfrente por sí solo, ¡ven conmigo y Yo te guiaré! Te llevaré a la cámara más íntima del alma de Faraón, hasta que te encuentres cara a cara con el secreto más celosamente guardado del mal: que en verdad, no existe.


Cuando aprendas este secreto, ningún mal te derrotará jamás. Cuando aprendas este secreto, tú y tu gente finalmente seréis libres.


Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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