Algo para Pensar (lunes, 13 enero 2025) Tiempo de lectura: 3 minutos
¡Shavua Tov Lekulam!
«Y los hijos de Israel fructificaron y se multiplicaron (וַיִּשְׁרְצוּ), y fueron aumentados y fortalecidos en extremo, y se llenó de ellos la tierra.» (Éxodo 1:7)
Ayer indicamos que hay una segunda lectura alternativa de este pasaje, la cual se inspira en la ambigua expresión «vayishretzu» – «y se multiplicaron.» Esta puede interpretarse como la bendición de un aumento extraordinario, PERO tiene una connotación ligada a la fecundidad de los reptiles. De esta manera se introduce una nota extraña en la descripción de la fertilidad humana. Desde este segundo punto de vista, «vayishretzu» es un retrato repugnante utilizado para aludir o describir a una familia que ha caído de la grandeza.
Seforno, el comentarista italiano del siglo XVI, articula con una estremecedora claridad esta trágica lectura histórica. Al principio, escribe, hubo individuos identificados por sus nombres, personas evolucionadas que descendieron a Egipto. Inmediatamente después de ellos haber muerto, cesan los nombres. Lo que tenemos son masas de personas conformistas «parecidos a insectos» no individualizados, cuya única acción es la de asimilarse a su entorno, y cuyo impulso inconsciente es comparable al deseo de cometer suicidio.
Se marca aquí un fracaso existencial: los nietos de Jacob han perdido su distinción, sus nombres, su sentido de propósito. Se han asimilado por completo a la cultura que los rodea. Algo que Jacob veía venir desde el principio cuando José les dijo que se mudaran a Egipto.
Un detalle significativo que se repite en muchas fuentes midráshicas es que los israelitas en Egipto dejaron de circuncidar a sus hijos (cf. Shemot Rabba 1:8). Los sabios interpretaron este impulso hacia la asimilación como, en efecto, un deseo de muerte.
Irónicamente, como señala tanto Seforno y su fuente midráshica, el proyecto de asimilación israelita resultó contraproducente, ya que pone al faraón en contra de ellos. Habiendo abandonado su tradición e individualidad, al menos comparten la culpa por el hecho de que Faraón ya no los reconoce como parientes de José.
Seforno describe una historia de persecución justificada. No para exonerar a Faraón, sino para fundamentar los sucesos en la historia de un pueblo que, en tan solo dos generaciones ha perdido el derecho a sus propios nombres, y cuya multitud no es una muestra de bendición, sino un síntoma de alienación de ese verdadero yo que incluso un faraón fue capaz de reconocer.
La perspectiva de Seforno, arraigada en los comentarios rabínicos tradicionales, es profundamente inquietante. Por un lado, va en contra de las fuentes rabínicas más citadas, y ciertamente más consoladoras, que declaran que los hijos de Israel en Egipto permanecieron esencialmente intactos en su entorno (cf. Shemot Raba 1:32).
Particularmente en materia de lenguaje — nombrarse a sí mismos y a su mundo –, así como en su vestimenta, mantuvieron su propia identidad. Incluso sobre la cuestión de la circuncisión, hay fuentes midráshicas que afirman precisamente lo contrario: que nunca abandonaron totalmente esta fundamental práctica del pacto.
Además del problema de las fuentes contradictorias, está presente la cuestión más amplia del significado de la narración. ¿Qué gana Seforno al hacer que la historia sea de culpa y castigo, dentro del sentido evolutivo del pueblo judío?
Seguramente el faraón es el villano absoluto de la obra. Ciertamente su historia es una historia de malicia y crueldad fantástica e injustificada contra un pueblo cuyo único pecado narrado es su extraordinario nivel de fertilidad.
«Ahora, pues, seamos sabios para con él, para que no se multiplique, y acontezca que viniendo guerra, él también se una a nuestros enemigos y pelee contra nosotros, y se vaya de la tierra» (Éxodo 1:10).
La interpretación que hace Seforno de la «multiplicación» del pueblo (vayishretzu) parecer dar alguna justificación teológica al sufrimiento israelita.
Pero este no es un paso obligatorio o necesario. Porque, sobre la mayor parte del Génesis, hay un decreto incumplido — la «gezera», como a menudo se le llama — del discurso de Dios a Abraham: «Sabe bien que tu descendencia será extranjera en tierra ajena, y serán esclavizados y oprimidos cuatrocientos años…» (Génesis 15:13) Al inicio de Éxodo, ha llegado el tiempo de dar vida al decreto, el tiempo de la enajenación, de la esclavitud, de la opresión.
Entonces, ¿por qué Seforno introduce un motivo de responsabilidad israelita por un sufrimiento que ya había sido decretado por Dios en su conversación con Abraham?
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)




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