El sueño de Yaacov – El encuentro con la incertidumbre

Por Yael Shahar

Traducción y/o paráfrasis: drigs, CEJSPR

Él soñó: Una escalera estaba colocada en el suelo y su cima llegaba al cielo, y por ella subían y bajaban mensajeros de Dios. Y el Eterno se paró sobre él y dijo: “Yo soy el Eterno, el Dios de tu padre Avraham y el Dios de Yitzhak. La tierra en la que estás acostado te la daré a ti y a tu descendencia”. La historia del sueño de Yaakov es una de las muchas narrativas de la Torá que parecen entablar un diálogo con otras historias. Anteriormente en la Torá (B’reishit 11:4), se nos dice cómo los hombres se propusieron «hacerse un nombre». Construirían una ciudad y una torre (un zigurat) con su cima en el cielo.

En la antigua Sumeria, estas estructuras servían como observatorios y se utilizaban para obtener conocimientos útiles sobre las estaciones y conocimientos falsos de la astrología. Era la forma de que ese conocimiento permaneciera secreto, propiedad de la élite, los “hombres de renombre”, que lo usarían para reforzar su poder sobre aquellos que no lo sabían. El nombre de esta famosa ciudad era Bab-El, que significa «la puerta de entrada a Dios». El nombre de la torre significa su propósito: cerrar audazmente la brecha entre lo humano y lo divino y apoderarse de los secretos en los cielos.

Encuentro con Dios en el desierto

Pero el verdadero encuentro con lo divino no puede forzarse. En nuestra parashá, a Yaakov se le ofrece su primer encuentro de este tipo. Esta visión le llega cuando se encuentra en su momento más vulnerable: solo, de noche, en un lugar extraño, lejos de casa y huyendo de su hermano, dormido e incapaz de defenderse incluso de los sueños.

Este es el lugar desde el cual Yaakov encontrará  de ahí en adelante al Dios de sus Padres. Su próximo contacto con Dios será cuando esté desesperado por liberarse de una posición cercana a la esclavitud con su suegro, Laván. Y de nuevo, cuando lo dejan solo en el cruce de Yabbok, también, de noche. Y una vez más cuando enfrenta la posibilidad de una guerra, ya que sus hijos llevaron a cabo una masacre en Shejem, profanando todo lo que Yaakov había luchado por lograr y preservar de los caminos de su abuelo Avraham. Y por último, cuando Yaakov se enfrenta al futuro incierto en Egipto, en la cúspide de la historia, entre una familia libre y una nación esclavizada. Siempre en la cúspide. Siempre en el medio.

Yaakov encuentra a Dios en un estado de vulnerabilidad, un estado de incertidumbre, porque es la incertidumbre la que nos abre el camino para aceptar el milagro del encuentro. Mientras los constructores de las torres constituían una única sociedad unificada empeñada en arrebatar los secretos de los cielos, Yaakov es un hombre, solo en una tierra pedregosa, suspendido entre un pasado doloroso y un futuro incierto.

Y así, con una piedra como almohada, Yaakov sueña con un Sulam (una escalera o zigurat, el término podría significar cualquiera de las dos cosas) entre el cielo y la tierra. Ve a los mensajeros de Dios atravesando el abismo, uniendo los cielos trascendentes con la tierra sólida.

Y Dios parado sobre ello. O sobre él. Nuevamente el término es ambiguo. ¿Está Dios lejos, en lo alto de la estructura, en el cielo? ¿O está cerca, de pie junto al cuerpo dormido de Yaakov? ¿Remoto y trascendente? ¿O cercano e inmanente? Luchamos por cerrar la brecha, sin saber qué es lo que vemos.

Al despertar, Yaakov se siente impulsado a decir: “¡Qué maravilloso es este lugar! Ésta no es otra que la casa de Dios (Beit El), y esta es la puerta de entrada al cielo”.

La certeza inquebrantable de la creencia unificada

La puerta de entrada al cielo atraviesa la duda, la incertidumbre y la máxima vulnerabilidad. ¿Es de extrañar entonces que los constructores de la torre fracasaran en sus intentos de construir Bab-El, una “puerta de entrada a Dios”? Su fuerza era su debilidad. Unidos en su objetivo, tenían motivos y anhelos dispares. Al final, su unidad resultó ser una ilusión debido a la fragmentación de su lenguaje singular por parte de Dios.

“Cada palabra que salió de la boca del Todopoderoso [en el Sinaí] fue fragmentada en setenta idiomas”, dice el rabino Yojanan. (B. Shabat 88b) ¿Por qué setenta idiomas? Porque cada lengua representa un punto de vista único, una cosmovisión diferente a todas las demás. [1] La verdad absoluta es inalcanzable para cualquier mente humana. Cada ser humano representa sólo un aspecto de una verdad mayor, y sólo en combinación estas verdades fragmentadas pueden acercarse a un todo mayor. Sólo el peso combinado de todas las verdades humanas puede acercarse a la verdad Única Divina. Así, las setenta lenguas de la humanidad se encuentran con la Única voz de Dios.

Pero el corolario es que cuando confiamos en una sola opinión (la nuestra o la de otra persona) y creemos que tenemos toda la verdad en nuestras manos, nos arrogamos una posición de conocimiento Divino. Depender de una verdad falsa ya es bastante malo; creer que la falsa verdad es absoluta es mucho peor. O, en palabras del filósofo de la ciencia moderno:

La característica de todo fundamentalismo es que ha encontrado una certeza absoluta… una certeza de la persona que finalmente ha encontrado una roca sólida sobre la cual apoyarse y que, a diferencia de otras rocas, es “sólida hasta el fondo”. El fundamentalismo, sin embargo, es una forma terminal de conciencia humana en la que se detiene el desarrollo, eliminando la incertidumbre y el riesgo que conlleva el crecimiento real.” [2]

Los constructores de las torres representan el mismo tipo de fundamentalismo –de creencia inquebrantable en la justicia de su causa– que vemos en los yihadistas de nuestros días. Se les mostró la imposibilidad de acercarse a Dios a través de la certeza inquebrantable de un único punto de vista unificado. Sus certezas fueron reemplazadas por la vulnerabilidad del conocimiento fragmentado.

De hecho, se les mostró la verdadera naturaleza de todo el conocimiento humano. La verdad (V mayúscula) está en el cielo y es dominio de lo trascendente; la verdad humana (v minúscula) es inmanente, ligada al mundo creado. Por esta razón, el Talmud glorifica puntos de vista opuestos como facetas de una verdad general, que sólo puede abordarse mediante la inclusión de puntos de vista dispares. “Estas y éstas son las palabras del Dios viviente”, no una ni otra, sino la combinación de todas.

El soñador Yaakov, descansando sobre la roca de la incertidumbre, descubre una profunda verdad. Su visión llega en un momento liminal, entre el hogar y lo desconocido, entre la esperanza y el peligro, entre la noche y el día. Por eso no sorprende que la suya sea una visión liminal, entre lo inmanente y lo trascendente. Porque esto es precisamente lo que es “kedusha” (santidad); es la interfaz entre el Dios trascendente y la manifestación inmanente de lo Divino en el mundo creado. Así, Yaakov se encuentra con Dios en ese estado liminal de ni aquí ni allá, desprovisto de las comodidades del hogar, la familia e incluso el nombre.

Es en el camino pedregoso del riesgo y la incertidumbre donde encontramos a Dios, entre lo inmanente y lo trascendente.

Notas:

[1] Véase Yoram Hazony, Dios y la política en Esther, p. 37

[2] Heinz Pagels, Los sueños de la razón. pag. 328.

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