La santidad de las palabras
Por Rabino Dr. Nathan Lopes Cardozo
Traducción y/o paráfrasis: drigs, CEJSPR
El idioma holandés ha declinado terriblemente, al igual que muchos otros idiomas, incluido el hebreo moderno.
Cuando estudié idiomas modernos y clásicos en la escuela secundaria en los Países Bajos, aprendimos a formular una oración de la manera más hermosa y a expresarnos con claridad. Esto tenía que hacerse con elocuencia y dignidad. Elevándonos a un plano superior.
A lo largo de la historia holandesa temprana, las palabras se consideraban sagradas. Sólo el ser humano estaba dotado del don de la palabra. Basados en la tradición bíblica y judía, los holandeses afirmaron que el lenguaje fue dado para permitirle al ser humano conectarse con el Creador, alabarlo, suplicarle e incluso, como en el caso de Avraham y los ciudadanos de Sedom y Amora, para criticarlo. Sólo se le puede rezar con la grandeza invertida en el lenguaje.
Ya sea el hebreo bíblico o el uso supremo de Maimónides o Yehuda Halevi, uno puede saborear los cielos en las palabras. Incluso al leer a Homero, Shakespeare o Milton, uno siente la belleza que destilan sus textos.
El lenguaje de estos autores nos enorgullecía y reflejaba la decencia de la humanidad, su ética y su grandeza. El hombre era visto como la cúspide de la creación, y en consecuencia, de una gran nobleza. Pocos lo dudaron.
«El lenguaje es un elemento constitutivo de la civilización. Elevó al hombre de un estado salvaje al plano al que era capaz de llegar. El hombre no podía hacerse hombre sino por medio del lenguaje. Un punto esencial en que el hombre se diferencia de los animales es que sólo el hombre es el único poseedor del lenguaje. Sin duda, los animales también exhiben cierto grado de poder de comunicación, pero eso no solo es inferior en grado al lenguaje humano, sino que también es radicalmente diferente de él”. (El lenguaje y su importancia para la sociedad, Shelly Shah)
Es notable que, con el declive de la fe religiosa en las últimas décadas, el lenguaje también comenzó a deteriorarse. Cuanto más comenzó la gente a negar que el hombre fue creado a la imagen de Dios, más se perdió su lenguaje en la desgracia verbal y escrita. Cuanto menos se veía el hombre creado a imagen de Dios, más se devaluaba a sí mismo y más se deterioraba su uso del lenguaje. Así, a lo largo de muchos años, el lenguaje ha decaído, etapa tras etapa, sufriendo la pérdida de su grandeza. Hoy día, se escuchan cada vez más palabras vulgares. Las expresiones sin refinar han reemplazado a las frases hermosas y nos hemos empobrecido a causa de ello.
En la actualidad, incluso las personas mayores creen que el uso de un lenguaje sin refinar, o incluso vulgar, es “genial”. Creen que esto los emancipa. La verdad, sin embargo, es al revés. Los degrada. Es una indicación del estrechamiento del cerebro humano y el cierre del corazón y la mente. No logra nada más que acercarnos a un mundo mediocre.
Fue el famoso psicólogo Erich Fromm quien nos advirtió sobre esta tendencia. En su célebre libro “¿Tener o ser?” (Abacus Books, 1979), demostró cómo nuestro uso del lenguaje se ha alejado de una filosofía de vida en la que expresamos los valores más elevados y elocuentes.
Cuando, por ejemplo, usamos el idioma inglés para expresar nuestras relaciones con los demás, usamos el verbo «tener». Hoy decimos: tengo una esposa, tengo un hijo, tengo un médico, etc. Esto, observa correctamente Fromm, es completamente imposible. ¿Desde cuándo uno es dueño de otra persona? Uno no es dueño de su esposa, hijo o médico. No son objetos, sino seres humanos. Uno está en una relación con ellos.
Fromm, procedente de una rica tradición judía, hace la notable observación de que no existe el verbo «tener» en hebreo. Al buscar la palabra tener en el diccionario hebreo se encuentra un espacio vacío. El más cercano es «li-yot li», que en realidad significa «hay para mí».
Fromm explica que esto es sintomático. El hebreo, así como los primeros holandeses e ingleses, tienen una visión diferente de la vida, una visión del mundo en la que uno no es dueño de nada. Incluso los objetos no se poseen, sino que se toman prestados del Creador de este mundo. Sin embargo, una vez que el hombre se alejó de esta filosofía, todos y todo se convirtió en un objeto de propiedad.
Incluso el amor se convirtió en una forma de propiedad. Fromm nos hace conscientes del hecho de que hoy en día las parejas jóvenes afirman que se han “enamorado”. Esto, dice, es una grave violación del concepto de amor. Uno no puede enamorarse. Uno solo puede caer en un pozo (fall in love); “caer” es una expresión de negatividad y destrucción. En cambio, se puede “andar” en el amor, “estar” en el amor, “crecer” en el amor.
El hecho de que hoy usemos la expresión “enamorarse” (fall in love) es indicativo de nuestra manera de pensar y de hablar. Arroja luz sobre la tragedia de una sociedad que ha recortado partes del vocabulario bíblico, cortando así toda la ideología de Tanaj (la Biblia).
Este cambio finalmente cambió todo: el mundo se convirtió en un lugar angosto y el ser humano se volvió mediocre. Esto reformuló nuestra orientación y objeto de devoción, porque es a lo que nos dedicamos lo que en última instancia nos hace o nos deshace. Lo que pensamos es lo que hacemos y en lo que nos convertimos. La determinación cada vez mayor de expresarnos de una manera que proviene de nuestros instintos básicos crea nuestro lenguaje, y con él, nuestras vidas y nuestra sociedad.
Por lo tanto, no es de extrañar que el lenguaje haya caído en un abismo aún mayor donde las maldiciones se pronuncian cada vez más y las expresiones indecentes sobre la sexualidad se han convertido en el nuevo lenguaje de muchas personas.
Mientras que en el Tanaj el término «conocer» se usa para describir la belleza de las relaciones sexuales («Y Adán conoció a Eva») en el que se reflejan sentimientos profundos y una relación espiritual, ahora las relaciones sexuales se describen a menudo como un acto únicamente carnal con palabras que nunca podría pronunciar y ciertamente no escribir.
En última instancia, la esencia del lenguaje encarna la esencia de la vida misma, su significado y propósito.
El lenguaje es una forma de ver el mundo a la luz de Dios.




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