
Algo para Pensar — Parasha Tazria-Metzora (lunes, 13 abril 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos)
¡Shavua Tov Lekulam!
“Habla a los hijos de Israel y diles: Cuando una mujer conciba y dé a luz un varón, quedará ritualmente impura durante siete días; su estado será similar al de su menstruación” (Levítico 12:2).
Este versículo, que abre la parashá Tazría, ha desconcertado a generaciones enteras. ¿Cómo puede ser que el nacimiento — el acto más luminoso, la irrupción de nueva vida — genere tum’ah, un estado de impureza ritual? Para comprenderlo, es necesario volver al origen mismo de la existencia humana según la Torá.
Hay comentaristas que sostienen que la intención divina original era que la humanidad viviera sin morir. La mortalidad, según esta lectura, no formaba parte del diseño inicial, sino que surgió tras el acto de comer del Árbol del Conocimiento.
Si esto es así, el mandato de “creced y llenad la tierra” (Bereshit 1:28) habría tenido un alcance muy distinto: unos pocos nacimientos habrían bastado para poblar un mundo donde nadie muere.
En el Gan Eden, la vida humana era pura alegría, sin sufrimiento, sin pérdida, sin fin. Pero esa perfección plantea un dilema profundo: ¿puede existir la alegría sin la posibilidad de su opuesto, la tristeza? ¿Puede haber plenitud sin la sombra de la carencia? El relato del Paraíso está tejido de y con paradojas, y la primera de ellas es la existencia misma de la felicidad absoluta.
Cuando Adán y Javá son expulsados del Jardín, la muerte ha integrado a la historia humana. El judaísmo no habla de “pecado original”, pero sí reconoce que el acto de comer del Árbol del Conocimiento introdujo la conciencia de la finitud. Desde entonces, la vida humana se desarrolla en un mundo donde cada nacimiento implica, inevitablemente, la presencia de la muerte.
Por eso, el nacimiento — aunque no es un pecado ni una falta — queda asociado a la condición mortal. La mujer que da a luz no es responsable de nada negativo; sin embargo, su estado de tum’ah funciona como un recordatorio ritual de que la vida que acaba de traer al mundo está marcada por la fragilidad.
Algunos comentaristas, basándose en el principio de ein mukdam ve-meuchar baTorá, señalan que el mandato de procrear pudo haber sido dado después de la expulsión del Edén. Si así fue, entonces la multiplicación humana sería una respuesta directa a la mortalidad: nacen muchos porque todos mueren.
La abundancia de nacimientos en nuestro mundo no es parte del ideal original, sino una consecuencia histórica y espiritual del primer desvío humano.
El nacimiento no solo remite a la mortalidad humana; también evoca la paradoja más profunda de todas: la Creación misma. Si Dios no hubiera creado el mundo, no existirían el mal, la enfermedad, la guerra ni el sufrimiento.
La existencia es, en sí misma, una apertura hacia la posibilidad del dolor. Algunos pensadores judíos han sugerido que, en cierto sentido, la Creación es el primer acto que trae al escenario la tragedia como parte de nuestra realidad.
El nacimiento, entonces, es un eco de esa paradoja: es la mayor alegría y, simultáneamente, la puerta de entrada a lo que tendrá un final.
La tum’ah asociada al nacimiento no es un juicio moral. Es un lenguaje ritual que señala una verdad existencial: la vida humana es preciosa precisamente porque es limitada. La ofrenda por el pecado que la madre debía traer no alude a una falta personal, sino al primer acto humano que trajo consigo la mortalidad.
El nacimiento nos recuerda que no somos Dios, que no controlamos el propósito último de la existencia, y que vivimos dentro de una paradoja que no podemos resolver. Como escribió Friedrich Dürrenmatt: “Quien se enfrenta a lo paradójico se expone a la realidad.” (22 Points, The Physicist, 1962).
El judaísmo no teme a las paradojas; las abraza. La vida es simultáneamente un regalo y una responsabilidad, una alegría y una vulnerabilidad. La tum’ah del nacimiento no disminuye la santidad de la maternidad; la enmarca dentro del drama cósmico de la Creación.
El nacimiento es la afirmación más poderosa de que, a pesar de la muerte, seguimos eligiendo la vida. Y esa elección — esa terquedad sagrada — es, quizá, la respuesta más profunda que la humanidad puede ofrecer al misterio de la existencia.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)


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