Algo para Pensar — Parasha Shminí (jueves,9 abril 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos)


¡Shalom, Shalom Lekulam!


“Y respondió Aarón a Moisés: He aquí hoy han ofrecido su expiación y su holocausto delante de El Eterno; pero a mi me han sucedido estas cosas, y si hubiera yo comido hoy del sacrificio de expiación, ¿sería esto grato a El Eterno? Y cuando Moisés oyó esto, se dio por satisfecho” (Levítico 10:19-20).


Era el primer día del mes de Nisán del año 2449 desde la creación (1312 a.e.c.), dos semanas antes de cumplirse el primer aniversario de la salida de Egipto, el día en que el Tabernáculo fue levantado y consagrado. 


En realidad, la estructura ya llevaba siete días en funcionamiento, pero esos días habían sido un período de preparación, durante el cual Aarón y sus hijos fueron iniciados en el sacerdocio.

En ese octavo día, Aarón asumió plenamente su rol como sumo sacerdote, y la Shejiná — la presencia palpable de Dios — descendió para morar en el Tabernáculo, cumpliendo así la orden y la promesa divina: “Construirán un santuario para Mí, y Yo habitaré entre ellos.”

Dios dispuso que la ceremonia de dedicación no se interrumpiera. Aunque Aarón y sus dos hijos sobrevivientes, Elazar e Itamar, se encontraban en el primer día de duelo (onein), condición que normalmente les impediría consumir carne sagrada, se les ordenó explícitamente participar de las ofrendas especiales traídas para la inauguración del Santuario.

Aarón, Eleazar e Itamar cumplieron con este mandato. Sin embargo, ese mismo día también se presentó otra ofrenda que no formaba parte de la dedicación: el macho cabrío que se ofrecía cada inicio de mes como sacrificio expiatorio. Fue en torno a esta ofrenda que surgió la discrepancia entre Moisés y Aarón.

Moisés observó que la carne del macho cabrío había sido quemada, tal como se hace con un sacrificio que, por alguna razón, no puede ser consumido. Molesto, preguntó porqué no se había comido, tal como Dios había ordenado respecto a los demás sacrificios del día:

“Moisés investigó acerca del macho cabrío de la expiación y descubrió que había sido quemado; y se indignó con Eleazar e Itamar, los hijos que quedaban de Aarón, diciendo: ‘¿Por qué no comieron la ofrenda expiatoria en el lugar sagrado? Es sumamente santa, y fue entregada a ustedes para cargar con la culpa de la congregación y procurar su reconciliación ante El Eterno. La sangre no fue llevada al interior del Santuario; por lo tanto, debían comerla en el lugar santo, tal como ordené’” (Levítico 10:16-18).

Aarón respondió explicando que había distinguido entre kodshei shaah, ofrendas ordenadas por Dios para una ocasión única y excepcional, y kodshei dorot, ofrendas regulares que rigen para todas las generaciones.

Si Dios había dado instrucciones especiales para las ofrendas únicas de la dedicación, argumentó Aarón, no debía asumirse que esas excepciones aplicaban también al sacrificio mensual por el pecado. En este caso, correspondía seguir las leyes habituales, que prohíben a un doliente consumir carne sagrada.

Moisés escuchó la explicación de Aarón y reconoció que tenía razón. Admitió abiertamente que no había considerado esa distinción y que Aarón había interpretado correctamente la ley.

En este episodio se manifiesta el encuentro — y la tensión — entre la verdad y la benevolencia; entre la justicia estricta y la búsqueda de la paz. 

La verdad y la paz pueden coexistir sólo cuando la firmeza se une a la humildad: debemos reconocer límites, escuchar al otro, distinguir lo esencial de lo accesorio y actuar con integridad sin perder compasión.

Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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