Algo para Pensar — Parasha Shminí (miércoles, 18abril 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos)


¡Shalom, Shalom Lekulam!


“Y respondió Aarón a Moisés: He aquí hoy han ofrecido su expiación y su holocausto delante de El Eterno; pero a mi me han sucedido estas cosas, y si hubiera yo comido hoy del sacrificio de expiación, ¿sería esto grato a El Eterno? Y cuando Moisés oyó esto, se dio por satisfecho” (Levítico 10:19-20).

La verdad, en su esencia, es absoluta. Sin embargo, el ser humano es limitado y vive dentro de un marco igualmente limitado.

Por ello, parecería que solo podemos acceder a verdades relativas: cada vivencia o logro es “verdadero” únicamente dentro de los confines de nuestra percepción y de las condiciones de nuestra existencia.

¿Implica esto que carecemos de la capacidad de conocer o realizar algo con auténtico valor objetivo? ¿Qué significa, en última instancia, hablar de una “verdad relativa”? ¿No encierra esto una paradoja y/o contradicción?

El capítulo diez de Levítico presenta un enigmático diálogo entre Moisés y Aarón que, al analizarse con detenimiento, arroja luz sobre estas preguntas.

En los albores de nuestra historia como nación, fuimos guiados por dos figuras extraordinarias: Moisés y Aarón.

Cada uno cumplió funciones distintas — y en cierto modo, hasta contrapuestas — en la formación del pueblo de Israel. Sin embargo, fue precisamente la interacción entre estas dos fuerzas lo que moldeó la relación entre Dios e Israel y dio forma a nuestra identidad colectiva.

Comentando el versículo “La benevolencia y la verdad se encontraron; la justicia y la paz se besaron” (Salmos 85:11), el Midrash enseña: “Benevolencia” alude a Aarón; “verdad,” a Moisés. “Justicia” corresponde a Moisés; “paz,” a Aarón (Midrash Rabbah, Shemot 5:10).

¿Es posible que la verdad y la benevolencia se encuentren realmente? ¿En qué punto convergen la justicia y la paz? La verdad es rigurosamente objetiva, mientras que la benevolencia se mueve en el terreno de lo subjetivo. La paz exige concesiones, algo que la rectitud suele rechazar. ¿Son, entonces, cualidades esencialmente incompatibles?

Moisés encarnaba al maestro supremo de la Torá, el transmisor de la “verdad eterna de Dios.” Aarón, en contraste, es recordado como quien “amaba la paz y perseguía la paz,” dedicándose a reconciliar a esposos, amigos y vecinos. Esta inclinación armonizaba con su papel como sumo sacerdote, responsable de guiar al pueblo en su servicio a Dios.

El servicio divino — ya sea mediante sacrificios o plegarias — es el intento humano de elevarse, de entregarse, de acercarse al Creador. Y como toda empresa humana, está marcado por la limitación y la imperfección, reflejo de quienes lo realizan.

Aun así, durante cuarenta años, Moisés y Aarón condujeron juntos al pueblo. La Torá — que no oculta los episodios difíciles dentro del campamento, incluidas las faltas de ambos hermanos — describe su relación como un modelo de respeto y armonía constante. ¿Cómo lograron “encontrarse” y, finalmente, “besarse” estos dos estilos de liderazgo tan distintos?

Para entender la dinámica entre Moisés y Aarón, es necesario observar un episodio en el que sus enfoques chocaron. La Torá relata un desacuerdo entre ellos, un momento en el que Moisés se enfureció, pero que terminó con la aceptación de la postura de Aarón.

Este será el asunto sobre el cual abundaremos en nuestra próxima reflexión.

Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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