Algo para Pensar — Parasha Shminí (lunes, 6 abril 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos)
¡Shalom, Shalom Lekulam!
“Nadab y Abiú, hijos de Aarón, tomaron cada uno su incensario, y pusieron en ellos fuego, sobre el cual pusieron incienso, y ofrecieron delante de El Eterno fuego extraño, que él nunca les mandó” (Levítico 10:1).
Uno de los dilemas más discutidos en el pensamiento religioso contemporáneo gira en torno a la tensión existente entre la autonomía humana y la obligación de someterse al mandato divino. ¿Qué tiene mayor peso espiritual: un servicio a Dios nacido de un impulso interior y espontáneo, o la estricta obediencia a Su voluntad?
A lo largo de la historia, los sabios judíos han reflexionado profundamente sobre esta cuestión. La espontaneidad, sin duda, ocupa un lugar significativo en la vivencia religiosa. Sin embargo, surge la pregunta: ¿quién puede discernir cuándo un impulso devocional genuino constituye realmente un acto de servicio a Dios?
La Torá presenta varios episodios en los que personas actuaron por iniciativa propia en asuntos sagrados, con consecuencias severas. Nadav y Abihu, los hijos de Aarón, ofrecieron un fuego “extraño” — no autorizado — en el Santuario, y su acto autónomo les costó la vida.
El profesor Yeshayahu Leibowitz z.l., apoyándose en interpretaciones previas, escribe:
“Así como es posible que una persona se sienta atraída a considerar al becerro (de oro) como dios incluso cuando su intención era adorar a Dios… La adoración a Dios en sí misma, si no se realiza con la conciencia de obedecer una orden divina, sino por un impulso interno de servir a Dios, es una forma de idolatría, incluso cuando la intención de la persona sea servir a Dios. La fe que se expresa en las mitzvot prácticas en la adoración a Dios no pretende expresar o liberar las emociones del hombre, sino que su importancia radica en el hecho de que la persona ha aceptado lo que, en la tradición post bíblica, se conoce como el yugo del reino de los Cielos y el yugo de la Torá y las mitzvot. La fe se expresa en el acto que el hombre realiza debido a la conciencia de su obligación de hacerlo y no por un impulso interno… [de lo contrario] esto es fuego ilícito” (Notas y comentarios sobre la parashá semanal, pág. 106).
Un análisis atento a un comentario del Ohr HaChaim parece reforzar esta perspectiva. Él se pregunta porqué la parashá Lej Lejá inicia con la frase: “Y Dios le dijo a Abraham, lech leja me-artzeja (sal de tu país)…”. Siendo esta la primera ocasión en la que Dios se dirige a Abraham, cabría esperar una fórmula distinta: “Y Dios se apareció a Abraham y le dijo …”
Según el Ohr HaChaim, la ausencia de esta introducción indica que hubo un mensaje divino, pero no una revelación divina. Es decir, Abraham no experimentó una manifestación espiritual extraordinaria que lo transformara; simplemente escuchó una voz que reconoció o interpretó como divina.
El Ohr HaChaim propone dos posibles explicaciones, una de las cuales sostiene que Abraham aún no había demostrado su entrega absoluta a un mandamiento divino. En sus palabras: “Dios se negó a concederle a Abraham la revelación definitiva hasta que lo expuso a la prueba suprema — a ver si cumpliría Su mandamiento o no”.
Solo después de que Abraham mostró su fidelidad cumpliendo el mandato divino — es decir, a través de la obediencia — Dios estuvo dispuesto a revelarse ante él y permitirle una experiencia espiritual más elevada.
Por eso el mandato lej lejá no va precedido de “Y Dios se le apareció a Abraham”. La Torá sí relata una aparición divina, pero únicamente después que Abraham cumplió con ese primer mandamiento.
Síntesis
El relato de Nadav y Avihu, junto con las enseñanzas de Leibowitz y el Ohr HaJaim, plantea una tensión central en la vida espiritual: la diferencia entre actuar movidos por un impulso religioso interno versus servir a Dios desde la obediencia consciente.
La Torá muestra que incluso las intenciones más elevadas pueden desviarse cuando no están enmarcadas por el mandato divino. Abraham mismo solo accede a una revelación plena después de responder con fidelidad al primer mandato que recibe. La verdadera experiencia religiosa, según esta lectura, nace cuando la devoción se somete al compromiso y no al impulso.
En un mundo que exalta la espontaneidad, este mensaje nos invita a cultivar una espiritualidad que no dependa solo de la emoción, sino de la obediencia responsable. A escuchar la voz que nos llama — como a Abraham — y a responder con actos que expresen no solo un deseo personal, sino compromiso. La invitación es clara: transformar la inspiración en obediencia, y la obediencia en una experiencia espiritual más profunda y auténtica.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)
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