Esta Pascua, revivir el Éxodo nos toca más de cerca (Shabbat, 28 marzo 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos

por Pini Dunner

Existe una frase que a la gente le encanta citar — generalmente atribuida a Mark Twain — según la cual “la historia no se repite, pero a menudo rima.” Es ingeniosa, memorable… y casi con total certeza, no es algo que Twain haya dicho jamás.

La ahora famosa versión de la “rima” parece haber surgido en un ensayo de 1965 del psicoanalista Theodor Reik, quien sugirió que, si bien los acontecimientos no se reproducen de manera exacta, siguen patrones muy familiares con sutiles variaciones. Se formule como se formule, la idea perdura; porque, de vez en cuando, el presente se configura de formas que resultan tan familiares que es como si estuviéramos presenciando el eco de la historia en tiempo real.

Y en este preciso momento, ese eco se está volviendo cada vez más difícil de ignorar. Si ha prestado, aunque sea de pasada, atención a las noticias, habrá notado algo inquietante: no se trata solo de incidentes aislados, sino de un patrón.

Israel se encuentra ahora bajo ataques diarios con misiles por parte de Irán, un régimen que no ha ocultado sus ambiciones. Su objetivo es explícito: aniquilar a Israel, y con ello, a los millones de judíos que allí residen. Las amenazas se están viendo ahora respaldadas por acciones: directas, sostenidas y letales.

Mientras tanto, a miles de kilómetros de distancia, en lugares que se enorgullecen de su tolerancia liberal, algo más oscuro se está gestando. Los ataques antisemitas están aumentando a un ritmo no visto en generaciones. Esta semana, en Londres, tres hombres fueron captados por las cámaras incendiando ambulancias pertenecientes a Hatzolah, una organización voluntaria de emergencias cuyo único propósito es salvar vidas.

A los atacantes no les importó. Un grupo en la sombra que se atribuyó la responsabilidad no solo justificó el acto, sino que prometió más. “Esto es solo el principio,” advirtieron los agresores.

Y en Los Ángeles — una ciudad sinónimo de diversidad — una demanda presentada por Madison Atiabi relata una historia casi inverosímil. Según los documentos judiciales, Puka Nacua, jugador de los Los Angeles Rams, habría protagonizado un estallido antisemita sin provocación alguna durante la Nochevieja.

La demanda continúa alegando que, más tarde, Nacua la agredió físicamente, mordiéndole el hombro con tal fuerza que le dejó una marca visible. Nacua parece tener antecedentes. En diciembre, se disculpó tras realizar un gesto que aludía a tropos antisemitas durante una transmisión en vivo.

Continentes diferentes. Contextos diferentes. Pero es el mismo odio. Y con él surge una poderosa sensación de que ya hemos estado aquí antes. No exactamente de esta forma — la historia nunca se repite con perfecta simetría —, pero el eco es inconfundible. Lo cual nos lleva a la Pascua judía — y a la Hagadá.

Cada año, durante el Séder, pronunciamos las conocidas palabras: בְּכָל דּוֹר וָדוֹר חַיָּב אָדָם לִרְאוֹת אֶת עַצְמוֹ כְּאִלּוּ הוּא יָצָא מִמִּצְרַיִם — “En cada generación, la persona tiene la obligación de verse a sí misma como si ella misma hubiera salido de Egipto.” No se nos pide que recordemos. Se nos pide que nos veamos a nosotros mismos como si hubiéramos salido de Egipto; una tarea aparentemente imposible, dado que el Éxodo tuvo lugar hace más de 33 siglos.

La respuesta es que el Éxodo nunca tuvo la intención de ser un acontecimiento aislado. Estaba destinado a convertirse en un modelo — una lente a través de la cual interpretamos la historia a medida que esta se desarrolla en tiempo real.

Lea la historia del Éxodo con atención y notará algo inquietante: las cosas empeoran antes de mejorar. Cuando Moisés aparece por primera vez exigiendo la liberación de los israelitas, el Faraón no solo se niega, sino que intensifica la opresión.

A medida que las condiciones se deterioran, el pueblo se vuelve contra Moisés, frustrado: “Que Dios los juzgue… Nos han vuelto aborrecibles a los ojos del Faraón, poniendo una espada en sus manos para matarnos.”

Y entonces llega uno de los momentos más crudos de toda la Torá. Moisés se vuelve hacia Dios y le dice: “¿Por qué has hecho daño a este pueblo? ¿Por qué me enviaste?” Había llegado como el redentor, y en cambio, todo se había precipitado hacia el abismo.

Si hubieras estado allí, viendo cómo la esperanza se desmoronaba para convertirse en desesperación, habrías dicho — con toda razón —: esto no es redención; es un desastre. Y sin embargo, sabemos cómo se desarrolla la historia. Lo que parecía un deterioro era, de hecho, el preludio de una transformación: la oscuridad más absoluta antes del primer resquicio del amanecer.

De repente, las palabras de la Hagadá ya no parecen abstractas; se sienten actuales. Estamos viviendo un momento en el que las cosas parecen empeorar antes de mejorar. Irán, al igual que el Faraón, se atrinchera en su postura. Aun cuando la presión aumenta, no hay señales de retroceso; solo desafío y una intensificación de la agresión.

Más allá del escenario geopolítico, asistimos al resurgimiento del antisemitismo: más que una serie de incidentes aislados, se trata de una ola que cobra fuerza. Resulta profundamente inquietante para quienes lo vivimos en carne propia. Pero ese es, precisamente, el sentido de todo ello.

La Hagadá no nos pide que revivamos el Éxodo en su triunfante conclusión, sino que nos situemos en el interior del proceso: que sintamos la incertidumbre, el miedo; que nos plantemos donde se plantó Moisés y nos preguntemos: “¿Por qué las cosas están empeorando” Y acto seguido, que mantengamos la entereza. Pues, intrínseca a la historia del Éxodo, reside una idea radical: que el caos y la angustia pueden ser los precursores del momento en que, finalmente, todo cobra sentido y se alinea.

La noche es siempre más oscura justo antes del amanecer; no como un mero cliché, sino como una descripción de cómo opera realmente la redención.

Y cuando esta acontece, no se desarrolla de manera gradual. Sucede —tal como lo describe la Torá — kajatzot halail: al filo de la medianoche, en un instante. En un momento, Egipto es el imperio más poderoso de la Tierra; al siguiente, yace hecho añicos. En un momento, el pueblo judío es esclavo; al siguiente, marcha hacia la libertad. Es un punto de inflexión: una inversión total de la realidad.

Lo cual significa que, si estamos viviendo un capítulo de esa misma historia en desarrollo, tal vez estemos más cerca del punto de inflexión de lo que creemos. Las señales están ahí: un orden mundial que se percibe cada vez más inestable; un enemigo sometido a una presión creciente que, aun así, se niega a ceder; una oleada de hostilidad que desafía toda lógica. Pero todo ello llegará a su fin en un instante, en cuanto la voluntad divina lo transforme de un solo golpe.

Y así, este año, cuando nos sentemos en el Séder y digamos: ”En cada generación, la persona tiene la obligación de verse a sí misma como si hubiera salido de Egipto en persona,” no necesitaremos forzar tanto nuestra imaginación. Por primera vez en mucho tiempo, ya no parece historia antigua; se siente inmediato.

Y un día — pronto, y de repente — llegará el cambio. Y cuando llegue, aquellos que mantuvieron la entereza, que miraron de frente a la oscuridad y aun así creyeron en el amanecer, simplemente asentirán y dirán: “Por supuesto.” El Éxodo nunca terminó realmente. Se ha estado desarrollando todo este tiempo, hasta que finalmente aprendamos a reconocerlo mientras todavía estamos dentro de la historia.

El autor es rabino en Beverly Hills, California.

Traducción: drigs, CEJSPR

Deja un comentario

Trending