Algo para Pensar — Parasha Tzav (viernes, 27 marzo 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos

¡Shabbat Shalom Lekulam!

“Cuando alguien traiga una ofrenda de gratitud, deberá presentarla con panes sin levadura amasados con aceite, hojaldres sin levadura untadas con aceite y tortas fritas de harina fina mezcladas con aceite” (Levítico 7:12).

Hay un viejo juego de Plaza Sésamo que decía: “Una de estas cosas no es como las demás.” 

Aunque parece un entretenimiento para niños, a veces este simple ejercicio revela patrones profundos. La Parashá Tzav nos ofrece un ejemplo perfecto: los cuatro tipos de personas que, según los Sabios, deben traer una todá, una ofrenda de agradecimiento.

Rashi, citando el Talmud en Berajot 54b, enumera a quienes entran en esta categoría:
• quienes sobreviven a un viaje peligroso por el mar (יֹרְדֵי הַיָּם בָּאֳנִיּוֹת),
• quienes cruzan un desierto y salen con vida (תָּעוּ בַמִּדְבָּר בִּישִׁימוֹן דָּרֶךְ),
• quienes enferman gravemente y se recuperan (אֱוִילִים מִדֶּרֶךְ פִּשְׁעָם… כָּל אֹכֶל תְּתַעֵב נַפְשָׁם),
• y quienes estuvieron encarcelados y finalmente fueron liberados (יוֹשְׁבֵי חֹשֶׁךְ וְצַלְמָוֶת).

A simple vista, uno de estos cuatro parece no encajar. Para descubrir cuál, conviene observar primero lo que los une. Tres lugares que amenazan la vida.


El mar, el desierto y la prisión comparten una característica evidente: son espacios hostiles, territorios donde la vida humana se sostiene con dificultad extrema.

• El océano es un exceso de agua que puede tragarse al viajero.
• El desierto es la ausencia total de ella.
• La mazmorra es una oscuridad que devora la esperanza.

En los tres casos, la persona se encuentra en un entorno que amenaza su existencia, y aun así logra sobrevivir. Si la lista terminara aquí, la enseñanza sería simple: quien atraviesa un lugar inhóspito y vive para contarlo debe expresar gratitud.

Pero aparece un cuarto caso: la enfermedad grave. Y aquí surge la aparente disonancia. La enfermedad: un “no-lugar” interior. La enfermedad no es un espacio físico como los otros. 

Uno puede estar muy enfermo, sin embargo, encontrarse en un hogar seguro, rodeado de personas queridas. Por eso, a simple vista, parece que este ejemplo no pertenece al mismo conjunto. ¿O quizá sí?

El miedo profundo que provoca una enfermedad seria no se limita al riesgo de morir — riesgo que, en última instancia, acompaña a toda vida humana —. La angustia nace de otra parte: la sensación de que el cuerpo, ese territorio íntimo que debería sostenernos, se vuelve extraño, impredecible, incluso amenazante.

Los Sabios, al vincular la enfermedad con el mar, el desierto y la prisión, nos invitan a mirar más allá. La enfermedad transforma el cuerpo en un desierto interior, en un mar turbulento, en una celda que aprisiona desde adentro. No es un lugar externo, pero sí un espacio que deja de sentirse propio.

Cuando el cuerpo se vuelve un ambiente hostil, cuando deja de ser hogar y se convierte en amenaza, surge un miedo existencial: el miedo a habitar un espacio que ya no nos sostiene. Eso es lo que hace de la enfermedad una experiencia tan profundamente desconcertante.

Cuatro viajeros que regresan. Visto así, los cuatro casos comparten una misma experiencia: todos han vivido el pavor de encontrarse en un “no-lugar”, en un entorno — externo o interno — que se vuelve ajeno y peligroso. Y todos han regresado de allí.

Por eso, enseña el Talmud, quienes vuelven de esos territorios extraños tienen un motivo especial para traer una todá, una ofrenda de agradecimiento. Agradecen no solo haber sobrevivido, sino haber vuelto a habitar un espacio que nuevamente pueden llamar suyo.

Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR).

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