Algo para Pensar — Parasha Tzav (martes, 24 marzo 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos

¡Shalom, Shalom Lekulam!

¿Puede un símbolo espiritual nacer de la fragilidad humana y, aun así, convertirse en un vehículo legítimo para la presencia divina? 

Esta es la pregunta que late detrás del comentario del Seforno, quien sostiene que la necesidad de ciertos “accesorios” espirituales —particularmente el Mishkán— surge directamente del pecado del Becerro de Oro.


Para comprender esta afirmación, debemos volver al núcleo del episodio. ¿Qué ocurrió realmente en aquel momento crítico? ¿Qué reveló el Becerro de Oro sobre la condición espiritual del pueblo?


Lo primero que debe descartarse es la idea de una idolatría convencional. El pueblo que había proclamado “Na’aseh veNishma” — “Haremos y escucharemos” (Shemot 24:7) no podía, pocas semanas después, negar la existencia del Dios que se les había manifestado con una claridad sin precedentes. 

La revelación del Sinaí había sido demasiado intensa, demasiado absoluta, como para que la generación del Éxodo cayera en una negación teológica tan burda.

El problema, entonces, no fue la negación de Dios, sino la incapacidad de sostener la experiencia del Sinaí sin un punto de apoyo tangible. El monoteísmo puro — ese que exige reconocer la unicidad divina sin imágenes, sin intermediarios, sin representaciones — requiere una fortaleza espiritual extraordinaria. Implica aceptar que Dios no puede ser captado por los sentidos ni reducido a ninguna forma.

Ese era el ideal. Pero el ideal superó a la realidad.

La generación que salió de Egipto, moldeada por siglos de simbolismo pagano, no pudo mantener viva la experiencia revelatoria sin un soporte físico. Temían que la presencia divina, tan abrumadora en el Sinaí, se desvaneciera en una abstracción inasible. 

El becerro, figura asociada al poder en la iconografía egipcia y más tarde también en la tradición cabalística, les pareció un vehículo adecuado para preservar la intensidad de aquel encuentro

Importa subrayar que no pretendían crear una deidad alternativa. El becerro no era, para ellos, un dios, sino un símbolo del Dios que ya conocían como Creador y Sustentador del universo.

Pero ese gesto simbólico reveló algo profundo: el pueblo no estaba preparado para un monoteísmo sin imágenes. El ideal debía ceder ante la condición humana. Y cuando el símbolo nace de la necesidad humana —y no del mandato divino— el riesgo es enorme. Un símbolo puede inspirar, pero también puede confundir. Puede elevar, pero también puede desviar.

Por eso, como señala el Seforno, los símbolos auténticos deben ser recibidos, no inventados. La mente humana no puede traducir lo metafísico en lo material sin distorsionarlo. 

Sólo Dios puede designar un símbolo legítimo, y aun así, ese símbolo nunca expresa Su esencia, sino únicamente Su relación con el mundo.

En este contexto, el Mishkán aparece como una respuesta divina a la fragilidad humana revelada en el Becerro de Oro. No es un retroceso, sino una concesión pedagógica: un espacio simbólico, sí, pero cuidadosamente regulado, donde cada objeto, cada medida y cada acto ritual apunta hacia la trascendencia sin pretender contenerla.

El Mishkán enseña que el símbolo puede ser un puente, siempre que su origen sea divino y su función sea recordarnos que la verdad última de Dios trasciende cualquier imagen.

El Becerro de Oro mostró la herida; el Mishkán ofreció la cura.

Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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