Los gobernantes de Irán buscan morir por Dios, mientras que los judíos aspiramos a vivir para Él. Vayikra — Shabbat, 21 marzo 2026
Los ataques cada vez más temerarios de Irán en todo Oriente Medio han alcanzado un nuevo nivel. Esta semana, los restos de un misil iraní impactaron la Iglesia del Santo Sepulcro, en la Ciudad Vieja de Jerusalén, a escasos metros de la Mezquita de Al-Aqsa, el tercer lugar más sagrado del Islam.
Se daba por sentado que esta proximidad protegería el lugar más sagrado del cristianismo. En cambio, el incidente pone de relieve un cambio inquietante: la hostilidad de Irán hacia Israel parece incluir ahora un desprecio por los lugares sagrados de otras confesiones e, incluso, por los propios lugares sagrados islámicos.
Ese mismo desprecio resulta evidente en otros lugares. En la localidad árabe de Beit Awwa, cerca de Hebrón, un salón de belleza improvisado estaba repleto de mujeres que se preparaban para celebrar el fin del Ramadán. Un misil iraní lo redujo a escombros, y tres mujeres perdieron la vida. Hasta aquí llegó la solidaridad con los palestinos.
Mientras tanto, los misiles siguen surcando el cielo del Golfo, impactando contra infraestructuras energéticas en Qatar, Kuwait y Arabia Saudita. Los yacimientos de gas arden, las refinerías están en llamas y el estrecho de Ormuz resulta, en la práctica, intransitable.
Los precios del petróleo se disparan, provocando ondas expansivas en la economía mundial. Y detrás de todo ello, el régimen iraní —ahora cada vez más opaco, guiado por figuras en la sombra que afirman actuar tanto en nombre de la nación como de Dios — promete una “contención nula.”
Esto, a pesar de que el propio Irán ya se tambalea al borde del abismo. Su economía está destrozada, su infraestructura maltrecha y su liderazgo ha quedado irreparablemente debilitado por asesinatos selectivos y la presión militar sostenida de Estados Unidos e Israel.
Sin embargo, siguen luchando. Llegado cierto punto, todo esto deja de parecer una estrategia para asemejarse a algo completamente distinto. Las guerras suelen librarse por territorio, seguridad, beneficios económicos o —de manera muy específica— por la supervivencia.
Incluso las guerras brutales tienden a seguir una lógica básica: preservar lo que se tiene, debilitar al enemigo y sobrevivir para luchar otro día. Aun cuando las naciones actúan con crueldad, siguen intentando, en algún nivel, asegurar que exista un mañana. Pero lo que presenciamos ahora se percibe diferente.
Cuando un gobierno pone en la mira la infraestructura energética mundial —sabiendo que ello podría paralizar economías enteras, incluida la propia—; cuando pone en riesgo lugares sagrados y vidas civiles mientras invoca una legitimidad religiosa, uno debe preguntarse: ¿cuál es el objetivo final? ¿Qué ocurre si la supervivencia ha dejado de ser la meta primordial? ¿Y si el objetivo fuera algo totalmente distinto, algo más cercano al sacrificio que a la estrategia?
No todos los iraníes comparten esta trayectoria. Voces como la del príncipe heredero Reza Pahlavi — junto con las de muchos iraníes, tanto dentro como fuera del país — llevan mucho tiempo abogando por un futuro definido por la estabilidad y la apertura; precisamente lo opuesto al camino que el régimen actual parece decidido a seguir.
Existe una idea peligrosa que aflora de vez en cuando a lo largo de la historia de la humanidad —a menudo revestida de un lenguaje religioso —, la cual eleva la destrucción — e incluso la autodestrucción — a la categoría de acto de devoción. No en todas partes, ni en todas las interpretaciones.
Pero en ciertas corrientes ideológicas — incluida la cosmovisión de la élite gobernante de Irán — el conflicto y el caos son algo más que meras herramientas políticas. Se perciben como elementos redentores, e incluso apocalípticos. Y una vez que se empieza a pensar de ese modo, la línea que separa el servicio a Dios del sacrificio de absolutamente todo — el propio pueblo, el propio futuro — comienza a desdibujarse.
Ya hemos sido testigos de esto con anterioridad. Tales movimientos dejan de intentar construir algo perdurable; en su lugar, se embriagan con su propia visión: un mundo idealizado que debe materializarse en su totalidad o, de lo contrario, ser arrasado por completo. El momento presente se convierte en lo único que importa; las consecuencias posteriores quedan relegadas a un segundo plano.
Todo esto confiere un carácter aún más singular al tercer libro de la Torá: el Séfer Vayikrá. A primera vista, el Vayikrá se lee como un manual de sacrificios rituales. Se llevan animales y aves al altar, se los sacrifica, se rocía su sangre y se ofrendan sus vidas de regreso a Dios.
Resulta sencillo — casi instintivo — interpretarlo como una teología de la muerte. Sin embargo, ello constituye un profundo malentendido. El sistema sacrificial nunca tuvo por objeto glorificar la muerte; muy al contrario. Tal como explica Maimónides, su propósito consistía en transformar al ser vivo.
El sacrificio no versa sobre la aniquilación, sino sobre el encuentro. El término que emplea la Torá para designarlo es korbán, vocablo cuya raíz etimológica significa «acercarse». Se trata de la proximidad —kirvá—; de achicar la distancia que separa a los seres humanos de Dios.
La experiencia del sacrificio ritual estaba concebida para resultar inquietante, para sacudir a la persona y arrancarla de su complacencia, forzándola a confrontar la fragilidad de la vida y el peso de la existencia. Tras ello, la persona se retiraba transformada. El animal permanece atrás, pero el ser humano avanza.
Ciertamente, existen momentos en la historia judía en los que se convoca al individuo a entregar su vida en aras del Kiddush Hashem (la santificación del Nombre Divino). Dichos momentos son reales y sagrados. No obstante, el judaísmo jamás cimentó su identidad en el acto de morir por Dios, ni en el de destruir en Su nombre. Por el contrario, el pueblo judío erigió una civilización basada en el vivir para Él.
Morir por Dios constituye un acto único y dramático; vivir para Dios, en cambio, es una labor incesante. Implica despertar cada mañana y optar por la disciplina en lugar del impulso, por la responsabilidad en lugar del instinto, y por el propósito en lugar de la comodidad. Significa morderse la lengua en lugar de arremeter verbalmente, actuar con integridad aun cuando nadie nos observa, y perseverar — una y otra vez — mucho después de que la inspiración se haya desvanecido.
Significa mantener una relación no a través de la intensidad, sino mediante la serena constancia de la vida cotidiana. Y eso, como bien sabe cualquiera que lo haya intentado, resulta mucho más difícil. Los grandes gestos son fáciles; la constancia, en cambio, es agotadora.
Por eso, Vayikra no es simplemente un libro sobre sacrificios; es el manual de la Torá para una santidad sostenida. Tal como nos lo indica con total claridad (Lev. 19:2): “Seréis santos.” No solo una vez, para aparentar o para sentar un precedente; no únicamente en un momento de crisis; y desde luego, no como un mero arrebato de fervor religioso.
La santidad, según la visión de la Torá, es continua. Al igual que el Shemá —que se recita en voz baja cada mañana y cada noche —, consiste en mantener viva la conexión. Al igual que los actos de caridad, que no se realizan como un gesto aislado y puntual, sino siempre que surge la necesidad.
Las relaciones — las verdaderas — no se edifican sobre la intensidad ni sobre esos estallidos de devoción que se desvanecen con rapidez; se construyen sobre la constancia. Cualquiera es capaz de realizar un gran gesto; sin embargo, mantener una relación — ya sea con otra persona o con Dios — exige algo mucho más arduo: presencia, paciencia y perseverancia.
Eso es precisamente lo que hace que el momento actual resulte tan inquietante. Cuando un régimen que pretende representar la voluntad divina comienza a idealizar la destrucción — e incluso la autodestrucción —, y cuando la escalada de violencia se convierte en un fin en sí misma, el caos deja de evitarse para ser abrazado. Ello revela una cosmovisión en la que el morir por Dios ha terminado por eclipsar el vivir para Él.
El judaísmo rechaza esa idea desde sus cimientos. Dios no nos pide que destruyamos el mundo en Su nombre; nos pide que lo construyamos, y que construyamos dentro de él. En particular, nos pide que edifiquemos de un modo que perdure más allá de nuestra propia existencia: crear familias y nutrirlas; formar comunidades y velar por ellas; buscar la justicia, incluso para aquellos con quienes discrepamos. Por encima de todo, nos pide que tomemos este mundo —imperfecto y plagado de fallas — y lo elevemos; no para reducirlo a cenizas, sino para involucrarnos activamente en él.
El altar de Vayikra nunca fue concebido como un destino final, sino como un punto de partida. Es el lugar donde la persona se enfrenta a aquello que podría perderse… para luego reafirmar su compromiso con aquello que debe ser vivido. Nos recuerda que lo que Dios verdaderamente desea no es la vida que culmina en el sacrificio, sino la vida que continúa —día tras día — en relación, en responsabilidad y en una fidelidad serena y tenaz.
La verdadera prueba de fe no consiste en si uno está dispuesto a morir por Dios, sino en si está dispuesto a vivir para Él.
El autor es rabino en Beverly Hills, California.
Traducción: drigs, CEJSPR
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