Algo para Pensar —Parasha Vaikrá (viernes, 20 marzo 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos
¡Shabbat Shalom Lekulam!
«Si alguien presenta una ofrenda de shelamim, y esta proviene del ganado vacuno, ya sea macho o hembra, deberá ofrecerla sin defecto ante el Eterno» (Levítico 3:1).
En la actualidad — sobre todo desde la creación del Estado de Israel — ha resurgido el debate sobre la posible construcción del Tercer Templo y la restauración del antiguo culto sacrificial, con todo lo que ello implica: ofrendas de animales, derramamiento de sangre sobre el mizbeaj (altar), y demás rituales asociados.
Para ciertos sectores, este acontecimiento representaría la culminación de sus anhelos y la señal definitiva del advenimiento mesiánico, un evento incomparable en la historia. Anhelan el día en que el Tercer Templo sea levantado para que estos ritos puedan volver a practicarse.
En cambio, para otros, la sola idea resulta perturbadora e inaceptable. Se preguntan qué sentido tiene matar animales para ofrecérselos a Dios; todo les parece cruel, arcaico e incompatible con la esencia del judaísmo y su propósito espiritual.
Hay quienes sostienen, sin embargo, que esta reacción de rechazo es producto del secularismo moderno y de su impacto en nuestra vida interior. Según esta postura, hemos perdido la capacidad espiritual necesaria para comprender la profundidad simbólica y transformadora del servicio sacrificial.
Desde esta perspectiva, el problema no radica en los sacrificios, sino en nosotros: ya no poseemos la sensibilidad religiosa que permitiría experimentar su verdadero significado.
Otros pensadores — entre ellos Maimónides — argumentan que los sacrificios animales fueron una respuesta pedagógica a las limitaciones humanas heredadas de antiguas religiones politeístas. En los inicios del judaísmo, el sacrificio era la forma común de culto, y los israelitas no podían abandonar de inmediato ese modelo.
Por ello, Dios permitió que continuaran con estas prácticas, pero orientándolas hacia Él y no hacia los ídolos. Con el tiempo, aprenderían que tales actos no eran esenciales y descubrirían modos más elevados de relación con lo divino.
De hecho, el judaísmo es una tradición en constante desarrollo. Tras la destrucción del Segundo Templo, la vida judía se reorganizó sin sacrificios, y hoy no sentimos ninguna necesidad espiritual de ellos. Desde esta perspectiva, la desaparición del culto sacrificial puede verse incluso como un avance, el cierre de una etapa más primitiva.
Si ya hemos trascendido los sacrificios — precisamente el objetivo final según esta línea de pensamiento —, reinstaurarlos sería un retroceso que empobrecería al judaísmo y lo haría volver a formas ya superadas.
Tal vez esto implique también que no necesitamos un Templo físico, pues todo el cosmos puede entenderse como el verdadero “Templo” de Dios.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)
Deja un comentario