Algo para Pensar —Parasha Vaikrá  (jueves, 19 marzo 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos


¡Shalom, Shalom Lekulam!


«Habla a los hijos de Israel y diles: וְאָמַרְתָּ֣ אֲלֵהֶ֔ם אָדָ֗ם כִּֽי־יַקְרִ֥יב מִכֶּ֛ם קָרְבָּ֖ן לַֽיהוָ֑ה Cuando alguno de entre vosotros ofrece ofrenda a El Eterno…» (Levítico 1:2)

El versículo que introduce las leyes de los sacrificios utiliza un término inusual para “hombre”: אָדָם, adam, en lugar de la palabra más común אִישׁ, ish. Esta elección lingüística llamó la atención de los sabios, y el Midrash la interpreta como una referencia directa a Adán, el primer ser humano. 


Según esta lectura, una ofrenda sólo es válida si proviene legítimamente de quien la presenta, del mismo modo que Adán — al ser el único habitante del mundo — no podía apropiarse de nada ajeno. 

Es como si la Torá dijera: “Cuando me traigan un sacrificio, háganlo como Adán, que no podía apropiarse de nada ajeno porque era el único habitante del mundo.”

Sin embargo, esta explicación no encaja del todo con el modo habitual en que la Torá subraya que una mitzvá debe cumplirse con bienes propios. Cuando ese es el punto, la Torá suele emplear expresiones como “lajem” (“a ti”, “de ti”), como ocurre en Levítico 23:40.

Por ello, la mención de Adán en el contexto de los sacrificios debe contener un mensaje más profundo que la simple exigencia de la propiedad legítima.


El periodo en que Adán estuvo verdaderamente solo fue brevísimo — apenas unas horas, según ciertos midrashim — antes de la creación de Javá y del nacimiento de Caín y Abel.

Así, cuando se habla de Adán como alguien incapaz de usar propiedad ajena, se alude en realidad al Adán previo al pecado, al ser humano todavía puro, intacto, sin mancha moral.


Antes de la primera falta, el hombre encarnaba una perfección física y espiritual absoluta, sin barreras internas que entorpecieran su misión. Y es precisamente esta dimensión la que la Torá evoca al llamar “adam” a quien trae una ofrenda.La mayoría de los sacrificios buscan reparar una transgresión.

Pero surge una pregunta inevitable: ¿cómo puede un animal del rebaño expiar la ruptura espiritual de quien se ha alejado de Dios?


La respuesta es que el sacrificio solo tiene sentido cuando lo presenta el “adam” interior. En lo más profundo del alma, cada persona conserva un núcleo intacto, un “Adán” primordial que nunca pecó.

Incluso cuando actuamos en contra de la voluntad divina, esa esencia permanece fiel e inalterada, aunque temporalmente eclipsada por impulsos inferiores.


La expiación ocurre cuando logramos reconectar con esa pureza interior. Cuando el Adán dentro de nosotros — el yo más auténtico, incorrupto y alineado con la voluntad divina — es quien presenta la ofrenda, entonces el sacrificio adquiere significado espiritual.

En ese marco, la bestia del rebaño o de la manada no es un sustituto mecánico, sino un símbolo. Representa la conquista del yo animal, de las fuerzas instintivas que pueden desviar al ser humano de su propósito. Cuando el sacrificio proviene del “adam” interior, esa ofrenda es aceptada de buena voluntad por Dios.


Así, el versículo inicial no solo introduce las leyes de los sacrificios, sino que revela su esencia: la verdadera ofrenda no es el animal, sino el retorno del ser humano a su estado más puro, a su Adán original.


Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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