Algo para Pensar —Parasha Vaikrá (miércoles, 18 marzo 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos
¡Shalom, Shalom Lekulam!
“Habla a los hijos de Israel y diles: Cuando alguno de entre vosotros ofrece ofrenda a El Eterno, de ganado u ovejuno haréis vuestra ofrenda” (Levítico 1:2)
Este versículo introduce una de las ideas centrales del judaísmo: el ser humano está llamado a servir a Dios. Pero esta afirmación plantea una pregunta profunda: ¿qué significa realmente “servir” a un Ser infinito y perfecto? ¿Puede Dios necesitar algo de nosotros?
Entre los aspectos más complejos de este servicio se encuentran los korbanot, las ofrendas de animales y vegetales que ocupan gran parte del libro de Vayikrá.
Aunque entendemos que Dios desea que reconozcamos Su grandeza, mejoremos nuestro carácter y actuemos con rectitud, resulta difícil comprender porqué el Creador del universo tendría interés en los productos de nuestros rebaños y cosechas.
Sin embargo, más que cualquier otro precepto, el korbán — cuyo significado es “acercamiento”— simboliza el intento humano de vincularse con lo divino. El término avodá, “servicio”, que originalmente se refiere al culto sacrificial del Templo, también designa toda la relación espiritual entre el hombre y Dios.
Una descripción particularmente llamativa aparece en Números 28:2: “Mi korbán, Mi pan para Mi fuego, Mi aroma agradable…”. El Talmud cuestiona esta expresión: ¿acaso Dios necesita alimento?
Citando los Salmos, afirma que Dios no requiere carne ni sangre; las ofrendas no son para Su beneficio, sino para el nuestro, pues Él nos permite ofrecerlas por nuestra propia voluntad (Menajot 110a).
Esta enseñanza talmúdica sugiere que Dios no necesita nuestro servicio; más bien, creó un marco que nos permite relacionarnos con Él de manera comprensible. En esencia, los korbanot no son menos racionales que cualquier forma elevada de búsqueda espiritual.
Sin la posibilidad divina de conexión, tanto nuestras acciones físicas como nuestras aspiraciones más sublimes carecerían de sentido. Dios, sin embargo, decidió considerar ciertas acciones humanas como expresión de Su voluntad, entre ellas las ofrendas.
Así, tanto los actos espirituales como los rituales materiales se convierten en caminos equivalentes hacia lo sagrado.
El korbán posee además una cualidad única: integra los cuatro niveles de la creación.
• El ofrendante consagra su intención, representando el plano humano.
• El animal simboliza el reino viviente.
• El grano, el vino y el aceite representan lo vegetal.
• La sal introduce el elemento mineral.
De este modo, la ofrenda involucra toda la existencia humana — desde lo más elevado hasta lo más concreto — en el acto de acercarse a Dios. El sacrificio no es solo un gesto espiritual, sino una acción que incorpora la totalidad del mundo creado en un movimiento de elevación.
Cada acto de servicio a Dios reafirma el propósito esencial de la realidad material: convertirse en un canal para la energía divina que la sostiene. Cuando dedicamos a Dios tanto nuestros recursos espirituales como los materiales, contribuimos a vivificar el “cuerpo” del mundo, revelando y fortaleciendo su esencia interior.
Así, los korbanot no son un tributo que Dios necesita, sino un medio que Él nos ofrece para transformar nuestra relación con lo divino, integrar nuestra existencia y elevar la creación entera hacia su fuente.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)
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