Algo para Pensar —Parasha Vaikrá  (martes, 17 marzo 2026) Tiempo de lectura: 4 minutos


¡Shalom, Shalom Lekulam!

“Habla a los hijos de Israel y diles: Cuando alguno de entre vosotros ofrece ofrenda (קָרְבָּ֖ן) a El Eterno, de ganado u ovejuno haréis vuestra ofrenda.” (Levítico 1:2)

El libro de Vayikrá se abre con esta instrucción inaugural: cuando un miembro del pueblo de Israel desee presentar un korbán — una ofrenda — a El Eterno, deberá hacerlo con animales del ganado o del rebaño. Con ello se introduce uno de los ejes centrales del libro: el significado de las korbanot. 

La pregunta surge de inmediato: si el judaísmo enseña que Dios es todopoderoso y carece de toda necesidad, ¿qué función cumplen estos sacrificios? ¿Para qué requeriría Dios algo así de nosotros?

La respuesta evidente es que Dios no “necesita” sacrificios. Sin embargo, la Torá dedica extensos detalles a este servicio, lo que obliga a buscar una explicación más profunda.

Rambam aborda esta cuestión desde dos ángulos distintos. En el Moré Nevujim, adopta una postura racionalista: debido a la influencia de culturas paganas, el pueblo estaba habituado a rituales sacrificiales. 

La Torá, consciente de esa realidad, habría canalizado esa tendencia humana hacia un servicio ordenado y monoteísta. Según esta lectura, los sacrificios no responden a una necesidad divina, sino a una pedagogía adaptativa.

Sin embargo, en su obra legal, la Mishné Torá, Rambam clasifica las korbanot como jukim, mandamientos cuyo sentido último desconocemos, pero que constituyen pilares fundamentales del mundo. Allí no presenta los sacrificios como una concesión cultural, sino como parte esencial del orden espiritual.

Rav Jaim Soloveitchik ofrece una clave para resolver esta tensión: cuando existe contradicción entre la obra legal y la obra filosófica de Rambam, la Mishné Torá tiene mayor peso, especialmente si allí Rambam adopta una postura filosófica más definitiva. 

Aplicado a las korbanot, esto sugiere que su explicación legal —que las considera decretos fundamentales— debe tener mayor autoridad que la interpretación adaptativa del Moré Nevujim.

Aun así, la explicación de Rambam en el Moré Nevujim deja preguntas abiertas. Si los sacrificios fueran solo una concesión a un nivel espiritual limitado, ¿por qué la Torá los describe con tanto detalle? ¿Por qué siguieron vigentes en el Segundo Templo, cuando el pueblo ya no estaba inmerso en prácticas idolátricas? Y más aún: ¿Por qué Rambam afirma que también formarán parte del servicio en el Tercer Templo? Su respuesta resuelve un problema, pero abre otros.

Rambán critica con fuerza la idea de que los sacrificios sean únicamente una adaptación cultural. Señala que el acto de sacrificar antecede a cualquier influencia pagana; la ofrenda de Kayin es un ejemplo temprano. Además, la Torá describe las korbanot como algo que resulta “agradable” a Dios. Si fueran solo una concesión pedagógica, ¿cómo entender ese lenguaje?

Podría argumentarse que lo que Dios “acepta” es la intención humana de acercarse a Él. Sin embargo, los versículos hablan explícitamente de que Dios percibe un “aroma grato”, lo que sugiere un significado más profundo.

Rambán propone entonces otra perspectiva: el korbán es una experiencia transformadora para el ser humano, diseñada según su psicología. Y añade que la explicación última pertenece al ámbito místico.

Rambán observa que, en el contexto de las korbanot, la Torá utiliza exclusivamente el Nombre divino Yud‑hei‑vav‑hei, nunca Elohim. Esto evita que alguien imagine que el sacrificio “alimenta” a Dios o satisface alguna carencia divina. El Nombre YHVH expresa la trascendencia absoluta, la existencia más allá del tiempo y del entendimiento humano.

En cambio, el Nombre Elohim alude a Dios como Juez y Creador, categorías más cercanas a la comprensión humana. Si ese nombre se hubiera usado en relación con los sacrificios, podría surgir la idea — equivocada — de que el hombre puede influir o “sobornar” a Dios. El uso exclusivo del Nombre trascendente elimina esa posibilidad.

La noción de que Dios existe fuera del tiempo ilumina también el proceso del perdón. Si una persona peca un día y se arrepiente semanas después, ¿cómo puede su arrepentimiento afectar el pasado? 

Precisamente porque, al vincularse con el Dios que trasciende el tiempo, la dimensión temporal deja de ser un obstáculo. Lo que para el ser humano es “ayer”, para Dios no constituye una barrera. Así opera la teshuvá: el retorno sincero del hombre restablece la relación, y Dios lo perdona.

De aquí proviene también el sentido de la palabra korbán, relacionada con karov, “acercarse”. El sacrificio es un medio para que el ser humano se acerque a Dios. Y la teshuvá no solo es un regreso a Dios, sino un retorno al núcleo más auténtico de la persona, a su potencial espiritual, a la chispa divina — el tzelem Elohim — que constituye su esencia.

En última instancia, la función de las korbanot no es satisfacer una necesidad divina, sino transformar al ser humano. El sacrificio, en su estructura ritual y simbólica, es un camino de acercamiento, introspección y reparación. 

Su propósito más profundo es la rehabilitación interior, la restauración de la relación entre la persona, su esencia y Dios.

Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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