Algo para Pensar —Parasha Vaikrá (lunes, 16 marzo 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos
¡Shavua Tov Lekulam!
«Llamó (וַיִּקְרָ֖א) El Eterno a Moisés, y habló con él desde el tabernáculo de reunión, diciendo: Habla a los hijos de Israel y diles: Cuando alguno de entre vosotros ofrece ofrenda a El Eterno, de ganado vacuno u ovejuno haréis vuestra ofrenda» (Lev. 1:1-2)
La mayor parte del Vayikra se dedica a explicar las complejas leyes de los sacrificios y las normas de tum’á (impureza ritual), preceptos que sólo tenían aplicación práctica mientras existió el Templo. Aun así, existe una antigua tradición que indica que el primer libro de la Torá que debe enseñarse a los niños es precisamente Vayikra.
Los Sabios explican esta costumbre diciendo: “Que los puros estudien temas de pureza”. Es decir, resulta apropiado que los niños, cuya inocencia se considera pura, comiencen su aprendizaje con los asuntos relacionados con la santidad del Beit HaMikdash y las ofrendas.
Desde una perspectiva lógica, muchos pensaríamos que Vayikra debería ser el último de los cinco libros que un escolar estudie. ¿Cómo puede un niño comprender la idea de sacrificar animales, recoger su sangre en recipientes sagrados y rociarla sobre el altar?
A simple vista, parecería más natural iniciar la educación con Bereshit, que narra las historias de los patriarcas, en lugar de comenzar con las leyes técnicas y aparentemente abstractas de Vayikra.
Un rabino explicó esta tradición mediante una analogía:
Un hombre que no sabía nada sobre automóviles compró su primer coche. Lo disfrutó durante varios días hasta que, de pronto, dejó de funcionar. Molesto, llamó al fabricante para quejarse de que el vehículo estaba defectuoso.
El fabricante le pidió que revisara el indicador de gasolina, y el hombre descubrió que el tanque estaba vacío. Entonces le indicó que fuera a una gasolinera, comprara combustible y llenara el tanque para que el coche volviera a funcionar.
El hombre hizo lo que le dijeron, pero al entrar en contacto por primera vez con la gasolina, regresó indignado al teléfono: “¿Esta sustancia maloliente es lo que hará funcionar mi coche? ¡No quiero ponerle esto a mi auto nuevo!”
El fabricante respondió con calma: “Yo construí este coche y sé mejor que nadie cómo funciona. Aunque la gasolina te resulte desagradable, debes confiar en mí: es el combustible adecuado y permitirá que el vehículo opere correctamente.”
Lo mismo ocurre con el alma humana. El Todopoderoso nos creó y conoce mejor que nadie qué nutre y fortalece nuestro espíritu. Si la tradición enseña que los niños reciben un beneficio especial al comenzar su estudio de la Torá con Vayikra, aunque no entendamos del todo porqué, debemos confiar en las instrucciones del “Fabricante”. Él creó el alma y sabe cómo cuidarla.
Este principio se extiende a todas las mitzvot. Muchas veces no comprendemos el sentido espiritual de una halajá, y algunas normas pueden parecernos extrañas o difíciles de asimilar.
Por eso es fundamental recordar que debemos confiar en Dios, el Creador, quien formó al ser humano y conoce mejor que nosotros qué es lo que realmente nutre y protege nuestras almas.
Ahora que sabes porqué tu «auto» no funciona como tú deseas, ¿le llenarás el tanque de combustible o prefieres continuar quejándote?
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)
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