Por Pini Dunner

 Se dice que Sócrates afirmó: “La educación es encender una llama, no llenar un recipiente.” Y no pronunció este aforismo solo para parecer ingenioso, sino que lo vivió en carne propia.

Un día, en la antigua Atenas, un grupo de jóvenes aristócratas se reunió alrededor de Sócrates, quien, descalzo, resultaba una figura singular en medio del bullicioso mercado. Los mercaderes pregonaban los precios, los artesanos forjaban el bronce y los lugareños se afanaban de puesto en puesto buscando lo que necesitaban comprar. Y en medio de todo ese ruido, estaba Sócrates, formulando preguntas.

Un día, en la antigua Atenas, un grupo de jóvenes aristócratas se reunió alrededor de Sócrates, quien, descalzo, resultaba una figura singular en medio del bullicioso mercado. Los mercaderes pregonaban los precios, los artesanos forjaban el bronce y los lugareños se afanaban de puesto en puesto buscando lo que necesitaban comprar. Y en medio de todo ese ruido, estaba Sócrates, formulando preguntas.

Un joven seguro de sí mismo, deseoso de demostrar su intelecto, se adelantó para desafiarlo. Sócrates le hizo una pregunta sencilla: “Dime, ¿qué es el coraje?” El joven dio una respuesta refinada: algo sobre la valentía en la batalla.

Sócrates asintió pensativo. Luego formuló otra pregunta: “¿Pero qué hay del coraje de quien soporta las dificultades? ¿Eso también es coraje?”

El joven hizo una pausa, luego ajustó su respuesta. Sócrates le hizo otra pregunta. Y luego otra. Cada vez, el joven intentaba refinar lo que ya había dicho.

En pocos minutos, el estudiante, inicialmente seguro de sí mismo y con tanta bravuconería, se dio cuenta de algo incómodo: cuanto más intentaba definir el coraje, menos seguro estaba de comprenderlo.

Sócrates sonrió. No había humillado al joven. Tampoco le había dado una lección magistral. En cambio, había logrado algo mucho más poderoso: había hecho reflexionar al estudiante. Para Sócrates, enseñar nunca consistió en transmitir conocimientos a oyentes pasivos. Consistía en despertar la curiosidad, provocar la reflexión y guiar a sus alumnos a descubrir la verdad por sí mismos.

Increíblemente, Sócrates no dejó ningún libro. Sus ideas perduran exclusivamente a través de los estudiantes a quienes inspiró, el más famoso de ellos, Platón, cuyo propio alumno, Aristóteles, sería maestro de Alejandro Magno.

Este concepto no era exclusivo de Sócrates; un patrón similar aparece en la historia de la medicina. Hipócrates es recordado como el padre de la práctica médica; su nombre está asociado al Juramento Hipocrático, el compromiso ético que los médicos han prestado durante siglos.

Pero el mayor logro de Hipócrates no fue un único descubrimiento médico, sino la creación de una tradición docente. Su verdadero legado fue una estirpe de médicos que refinaron y ampliaron sus ideas.

Hipócrates comprendió que los avances médicos no provendrían de un solo médico brillante, sino de generaciones de profesionales que compartieran sus conocimientos con las generaciones futuras.

Siglos después de Hipócrates, esta misma filosofía reapareció en la trayectoria de uno de los fundadores de la educación médica moderna, el gran médico canadiense William Osler. En el siglo XIX, gran parte de la formación médica aún se impartía en aulas, donde los estudiantes memorizaban datos de los libros de texto.

Osler creía que este enfoque no comprendía en absoluto cómo se forman los médicos. “La medicina se aprende junto al paciente, no en el aula,” insistía. En Johns Hopkins, transformó la educación médica al llevar a los estudiantes directamente a los hospitales para observar pacientes, diagnosticar enfermedades y aprender de casos reales. Su influencia se extendió a través de los innumerables médicos que formó, muchos de los cuales se convirtieron en líderes de la medicina.

Esta tradición de multiplicar el conocimiento, en lugar de atesorarlo, también subyace en el corazón de la Parashá Vayakhel. Tras el trauma del Becerro de Oro, el pueblo israelita tiene la oportunidad de reconstruir su vida espiritual mediante la construcción del Mishkán. Se trata de un enorme proyecto nacional: arquitectónicamente complejo, artísticamente exigente y aparentemente inalcanzable para una nación recién liberada de antiguos esclavos.

Por lo tanto, cabría suponer que Moisés, el líder supremo que los sacó de Egipto y entregó la Torá en el Sinaí, supervisaría cada detalle del proyecto. Pero no es así. En cambio, Moisés se aparta y designa a un maestro artesano, Betzalel, para dirigir la obra.

Junto a él está Oholav, y juntos reúnen un equipo de hábiles artesanos descritos en la Torá como personas de corazón lleno de sabiduría y espíritu inspirado para contribuir. Curiosamente, Moisés no supervisa minuciosamente el proceso. En cambio, empodera a otros para que construyan.

Es un momento trascendental. El líder del pueblo israelita — el hombre a través del cual Dios habla — comprende que el Mishkán jamás se convertirá en un centro espiritual nacional si es simplemente el proyecto de un solo hombre. Debe ser la creación de todo un pueblo.

Así pues, Moisés hace algo que a muchos líderes les cuesta: deja que otros lideren. Porque los verdaderos líderes comprenden que su verdadero legado no es lo que construyen con sus propias manos, sino lo que inspiran a otros a construir con las suyas.

El mayor logro de Moisés aquí quizá no haya sido el Mishkán en sí, sino el establecimiento de un modelo de liderazgo que nutre a una nueva generación de líderes y constructores. Este mismo modelo guiaría la historia judía en uno de sus momentos más delicados.

Cuando los romanos estuvieron a punto de destruir Jerusalén y el Segundo Templo en el año 70 d. C., parecía que el centro espiritual de la vida judía iba a desaparecer para siempre. El Templo había sido el corazón de la vida religiosa judía durante siglos. Sin él, el futuro se presentaba sombrío.

En ese momento de crisis, el líder de la asediada comunidad de Jerusalén, el rabino Yochanan ben Zakkai, comprendió algo esencial: la supervivencia del judaísmo no dependería de reconstruir las piedras y los muros una vez que hubieran desaparecido, sino de formar a la siguiente generación de líderes judíos.

Con esto en mente, se hizo escapar clandestinamente de la ciudad sitiada y solicitó al general romano Vespasiano que le permitiera establecer un nuevo centro de enseñanza en Yavneh. Vespasiano accedió, y tras la destrucción, el rabino Yochanan ben Zakkai comenzó a impartir clases a un excepcional grupo de estudiantes.

La Mishná en Pirkei Avot registra sus nombres y sus fortalezas individuales con un cuidado excepcional: el rabino Eliezer ben Hyrcanus, el rabino Yehoshua ben Chananiah, el rabino Yose HaKohen, el rabino Shimon ben Netanel y el rabino Elazar ben Arach. Cada uno poseía un temperamento y una capacidad intelectual diferentes, y cada uno contribuiría a moldear la siguiente generación de erudición judía.

Al igual que Moisés, el rabino Yochanan ben Zakkai tenía la mirada puesta en el futuro. Se dedicó a formar a los eruditos que impulsarían el judaísmo tras la destrucción del Templo, e incluso tras su propia muerte. Desde Sócrates en Atenas, pasando por Hipócrates en los albores de la medicina, hasta William Osler en los hospitales de las universidades modernas, este patrón se repite a lo largo de la historia: los grandes mentores no solo enseñan, sino que forman maestros.

Y quizá esa sea la lección más profunda del liderazgo de Moisés en la Parashá Vayakhel. Su ejemplo — al igual que el de Sócrates, Hipócrates y Osler— demuestra que la medida de los grandes líderes no reside únicamente en lo que construyen, sino en cómo empoderan e inspiran a las futuras generaciones para construir y liderar.

Moisés no se limitó a construir un santuario en el desierto. Creó un modelo de liderazgo que inspiró a otros a construir junto a él. Por eso, para la posteridad, no se le conoce como el Rey Moisés ni el Sacerdote Moisés, sino como Moshe Rabbeinu, Moisés nuestro maestro.

Porque los grandes líderes no dejan monumentos. Dejan personas que saben cómo construirlos.

El autor es rabino en Beverly Hills, California.

Traducción: drigs, CEJSPR

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