Algo para Pensar —Parasha Vayakhel-Pekudei (miércoles, 11 marzo 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos

¡Shalom, Shalom Lekulam!

Continuación reflexión anterior…

“Y todo el pueblo sabio de corazón, los artesanos, hicieron el Tabernáculo…” (Éxodo 36:8)

La reflexión sobre el Mishkán continúa revelando un principio esencial del trabajo espiritual: antes de que algo pueda convertirse en vehículo de lo divino, debe ser preparado, moldeado y transformado. 

El primer paso consiste en preparar la materia para que pueda convertirse en una vasija de lo divino: trabajar el cuero para fabricar los tefilín, separar dinero para la tzedaká, o reservar tiempo para el estudio de Torá. 

Solo cuando esa materia ha sido refinada, puede pasar al segundo paso: ser empleada en la práctica, ya sea colocándose los tefilín, usando el dinero donado para alimentar a quienes pasan hambre, o dedicándose efectivamente al estudio.

A simple vista, parecería que esta segunda etapa — el uso concreto de la vasija — es la más importante, mientras que la primera sería solo un medio para llegar a ella. 

Sin embargo, el relato de la Torá sobre la creación del primer hogar para Dios en este mundo enfatiza mucho más la construcción del “hogar” que su uso como morada divina.

Una parte notable del libro del Éxodo se dedica a describir la edificación del Tabernáculo en el desierto. La Torá, que suele ser extremadamente concisa — capaz de condensar leyes enteras en una palabra o incluso en una letra — aquí se vuelve sorprendentemente detallada. 

Los quince materiales empleados en la construcción se mencionan tres veces; los elementos y muebles del Tabernáculo aparecen listados ocho veces; y cada especificación — las medidas de cada panel, los colores de cada tapiz — se presenta dos veces: primero en las instrucciones dadas a Moshé y luego en el relato de la ejecución de la obra.

En total, trece capítulos se dedican a narrar cómo materiales físicos fueron transformados en un espacio consagrado al servicio divino y en el lugar donde se formarían los sacerdotes. Esto es mucho más espacio del que se dedica a describir el servicio ritual que allí se realizaría.

El Tabernáculo se convierte así en el modelo de todos los futuros “hogares” para Dios en la tierra. Por eso, el énfasis tan marcado en la fase de construcción — más que en la de uso — enseña que también en nuestra vida hay un valor especial en moldear nuestros recursos personales para que puedan servir a Dios. 

Convertirnos en vasijas aptas para la santidad es, en cierto modo, un logro mayor que el acto mismo de introducir la santidad en nuestras acciones.

Porque el núcleo de la transformación está precisamente ahí: en convertir algo centrado en sí mismo en algo orientado hacia un propósito superior. 

Si Dios solo hubiera querido un entorno acogedor, no habría necesitado un mundo material; un plano espiritual habría bastado. Lo que Él desea es la transformación misma: el desafío y la conquista de trascender la individualidad y redefinir la materialidad.

Y es en la primera etapa donde ocurre esa transformación: cuando lo material se convierte en instrumento de lo divino. 

La segunda etapa consiste simplemente en activar un potencial ya creado, en permitir que aquello que fue preparado cumpla ahora su función natural.

El Mishkán nos recuerda que Dios no busca únicamente nuestras acciones finales, sino el trabajo silencioso y profundo de convertirnos en vasijas dignas de Su presencia. 

Cada vez que moldeamos nuestro tiempo, nuestros recursos o nuestro carácter para un propósito más elevado, estamos construyendo nuestro propio santuario interior. 

En estos días, vale preguntarse: ¿qué parte de mi vida puedo comenzar a transformar para que se convierta en un espacio donde lo divino pueda habitar?

Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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