Algo para Pensar —Parasha Vayakhel-Pekudei (martes, 10 marzo 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos

¡Shalom, Shalom Lekulam!

“Y todo el pueblo sabio de corazón, los artesanos, hicieron el Tabernáculo…” (Éxodo 36:8)

¿Por qué — para qué — existimos?  


La pregunta fundamental de la vida ha sido abordada por múltiples corrientes dentro de la Torá, cada una desde su propia perspectiva.

El Talmud lo resume de manera directa: “Fui creado para servir a mi Creador”.  
Los textos de Musar, centrados en la ética, sostienen que el propósito de la vida es refinar el carácter.  
El Zóhar enseña que Dios creó el mundo “para que Sus criaturas lo conocieran”.  
El gran cabalista Rabí Isaac Luria ofrece otra explicación: Dios es la esencia del bien, y el bien, por naturaleza, desea otorgarse. Pero la bondad no puede darse si no hay quien la reciba; por eso Dios creó un mundo donde Su bondad pudiera ser acogida.

La tradición jasídica explica que todas estas ideas — y otras provenientes de la filosofía y la cábala — son distintas expresiones de un único deseo divino manifestado en los diversos planos de la creación. Y añade su propia formulación:

Dios quiere que construyamos “un hogar para Él en el mundo físico.”

¿Qué implica convertir nuestro mundo en un hogar para Dios?

Uno de los principios centrales de nuestra fe afirma que “toda la tierra está llena de Su gloria” y que “no existe lugar vacío de Él.” No se trata, entonces, de traer a Dios al mundo material; Él ya está presente. Pero estar presente no es lo mismo que sentirse “en casa».

Estar en casa significa encontrarse en un espacio que acoge tu presencia, que se orienta a tus deseos y necesidades, un lugar donde puedes ser tu yo más íntimo, no la versión pública que muestras ante los demás.

El mundo material, tal como es, no constituye un ambiente naturalmente receptivo a Dios. Si algo caracteriza a la materia es su tendencia al ego: su afirmación constante de que el “yo” es el centro y la finalidad de la existencia.

La piedra declara con su mera existencia: “Yo soy.”  En plantas y animales, cada impulso está dirigido a preservar y expandir el propio ser.  Y el ser humano ha llevado la ambición y la autoafirmación a niveles extraordinarios, convirtiéndolos en ideales culturales.

El problema de este egocentrismo es que oscurece la verdad esencial: que la creación no existe por sí misma, sino como obra y vehículo de su Creador. Y este ego no es un rasgo superficial del mundo, sino su cualidad más profunda.

Por eso, para hacer del mundo un hogar para Dios, debemos transformar su esencia. Debemos reorientar su identidad: de un ente centrado en sí mismo a una realidad que vive para un propósito más elevado.

Cada vez que tomamos algo material y lo dedicamos al servicio divino, realizamos esa transformación. Cuando un trozo de cuero se convierte en tefilín;  cuando una moneda se entrega como caridad; cuando la mente humana se dedica al estudio de la Torá; en cada uno de esos actos, la materia cambia de significado.

Antes, el cuero decía: “Yo existo por mí mismo”; ahora dice: “Existo para servir a mi Creador.” La moneda en nuestro bolsillo proclama: “Acumular es bueno”; en la caja de tzedaká proclama: “La vida se trata de dar.”  El cerebro humano, por defecto, busca su propio beneficio; el cerebro que estudia la Torá declara: “Conoce a tu Dios.”


Hay dos pasos básicos en el esfuerzo de hacer de nuestro mundo un hogar para Dios. De estos hablaremos mañana…

Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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