La guerra de Irán: La paz a través de la fuerza

por Pini Dunner

Cuando se disparaban cohetes, Israel respondía lo justo para mostrar su descontento. Cuando los líderes terroristas amenazaban con la destrucción, sus palabras se desestimaban como retórica exagerada, destinada a convocar a un público entusiasta de odio en lugar de indicar la intención de declarar la guerra. Y cuando los enemigos acumulaban armas, se asumía que una superioridad militar abrumadora disuadiría su uso.

La teoría tras este enfoque era simple. La escalada es peligrosa y la guerra es costosa, tanto financieramente como, por supuesto, en vidas humanas. Se creía que la moderación mantendría la vida relativamente estable. Israel respondió cuando fue necesario, pero siempre con cautela, partiendo de la base que un simple toque de puño sería suficiente para indicar que continuar los ataques era una mala idea.

El problema, como reveló el 7 de octubre con aterradora claridad, es que no todos los enemigos comparten esta lógica. Para algunos, no se trata de equilibrio ni estabilidad; se trata de infligir violencia a quienes odian, una y otra vez, sin pausa ni moderación.

Durante décadas, los principales adversarios de Israel —Hamás, Hezbolá y, sobre todo, el régimen iraní— dejaron claras sus intenciones. Sus lemas eran contundentes: «Muerte a Israel», «Muerte a Estados Unidos». Israel, como gran parte de Occidente, prefería creer que estas palabras eran exageraciones, no planes literales.

Y así la vida seguía su curso. Gaza era tolerada como un enclave hostil, y de vez en cuando Israel «cortaba el césped». Hezbolá, atrincherado en la frontera norte de Israel con decenas de miles de misiles, era considerado una amenaza que nunca se materializaría del todo. Irán, distante y absorto en sus propios problemas, era visto como peligroso pero controlable.

Se esperaba que la vigilancia, los ataques ocasionales, las advertencias persistentes sobre un Irán nuclear y la disuasión evitaran la catástrofe.

Entonces llegó el 7 de octubre. La brutal masacre en la frontera suroeste de Israel hizo añicos esas suposiciones. La creencia de que los grupos terroristas y sus aliados podían ser contenidos se derrumbó de la noche a la mañana. La idea de que los incentivos o acuerdos económicos pudieran moderar a los regímenes radicales de repente parecía ingenua.

Israel — y bajo la presidencia de Trump, también Estados Unidos— comprendió algo fundamental: no se puede coexistir con movimientos o regímenes cuyo único propósito es la destrucción. Las reglas del juego han cambiado.

La nueva doctrina es simple: si los terroristas y radicales huyen para salvar sus vidas, no pueden amenazar la tuya. Cuando quienes planean tu destrucción se ven obligados a ponerse a la defensiva, su capacidad de acción se desploma.

En los últimos dos años, las consecuencias de este cambio han sido dramáticas. La estructura militar de Hamás ha sido desmantelada y sus líderes eliminados. El liderazgo de Hezbolá fue derrocado y gran parte de su vasto arsenal de misiles destruido.

Y ahora, en un acontecimiento sorprendente que pocos habrían imaginado posible incluso hace un mes, el propio régimen iraní ha sufrido golpes devastadores: su líder supremo ha sido eliminado en un ataque de precisión y el CGRI ha quedado paralizado.

Durante décadas, Irán actuó como director de orquesta antiisraelí y antiestadounidense, financiando y armando a movimientos terroristas en toda la región mientras buscaba fervientemente un arma nuclear. El régimen asumió que podía operar con seguridad tras sus aliados, dirigiendo la violencia a distancia y manteniéndose inmune a las consecuencias internas. Esa ilusión ahora se ha desvanecido.

Lo que Israel finalmente ha redescubierto es una antigua verdad: cuando existe una amenaza grave, la demora es peligrosa. Debe ser confrontada con rapidez y decisión. Este principio no es solo una lección de la doctrina de seguridad moderna; tiene profundas raíces en la tradición judía, vívidamente ilustrada en la parashá Ki Tisá.

El drama central de esta porción es el catastrófico episodio del Becerro de Oro. Tras cuarenta días de espera a que Moisés descendiera del Monte Sinaí, algo cambia en el campamento israelita. Incitado por los seguidores paganos que se unieron a los israelitas durante el Éxodo, el pueblo exige un líder sustituto, y en cuestión de horas construyeron un ídolo de oro.

Curiosamente, la mayor parte de la nación no participó activamente. Se mantuvieron al margen mientras esta impactante profanación del pacto con Dios se desarrollaba ante ellos. Quizás asumieron que no les afectaba realmente, que la vida podría continuar con normalidad mientras la conmoción se limitara a un grupo relativamente pequeño.

Pero cuando Moisés desciende del monte y ve lo sucedido, la Torá describe una secuencia extraordinaria de acontecimientos. Moisés no intenta «cortar el césped». No da una respuesta cuidadosamente calibrada. No negocia con los idólatras ni busca un acuerdo diplomático. En cambio, actúa con una decisión asombrosa.

Primero rompe las tablas. Luego destruye por completo el becerro, moliéndolo hasta convertirlo en polvo y esparciéndolo sobre agua. Después, confronta al pueblo y les exige que tomen una decisión inmediata (Éxodo 32:26): מִי לַה׳ אֵלָי — “Quien esté con Dios, únase a mí”.

Sin equívocos, sin términos medios indecisos: o estás conmigo o contra mí. La tribu de Leví se une a él, y la rebelión es aplastada antes de que pueda extenderse más y causar daños irreparables.

Los comentaristas enfatizan que las acciones de Moisés no fueron un impulso de ira, sino un liderazgo deliberado. El Rambán explica que la ruptura de las tablas tenía como objetivo conmocionar a la nación para que comprendiera la gravedad de la situación.

Rav Hirsch observa que el llamado de Moisés eliminó la ambigüedad: en momentos de crisis existencial, la neutralidad es imposible; uno debe elegir. El Sforno añade que el castigo rápido de los instigadores evitó que el pecado se normalizara. Moisés comprendió lo que la historia confirma repetidamente: algunas crisis deben afrontarse con decisión.

Si Moisés hubiera dudado, lo que comenzó como una aberración limitada, por grave que fuera, podría haber hecho metástasis en algo mucho peor. Si hubiera intentado llegar a un acuerdo, o incluso insinuado que el problema podía contenerse, la podredumbre se habría instalado y, en poco tiempo, todo podría haberse derrumbado.

En cambio, una acción decisiva restauró la claridad. El Becerro de Oro fue destruido. Quienes lo construyeron fueron eliminados. Y luego el pacto se renovó con un segundo juego de tablas. La lección es inequívoca: las fuerzas destructivas deben ser confrontadas con una fuerza abrumadora antes de que sea demasiado tarde.

Ese patrón —crisis, respuesta decisiva y renovación— se repite a lo largo de la historia judía. En nuestra época ha habido momentos dolorosos de ajuste de cuentas. Como resultado, tanto el mundo occidental en general como Israel en particular han tenido que redescubrir la necesidad de la fuerza.

Durante demasiado tiempo, Estados Unidos e Israel esperaron que una actitud cautelosa hacia Irán y sus aliados estabilizaría la región. Pero la paz y la tranquilidad no se basan en ilusiones. Cuando un régimen como Irán pasa décadas armándose a sí mismo y a sus aliados mientras proclama abiertamente ambiciones genocidas, esas ambiciones no pueden ignorarse. Si no se las confronta, la amenaza solo crece y, finalmente, conduce al desastre.

La guerra contra Irán, acertadamente llamada «Furia Épica», bien podría considerarse un punto de inflexión. Marcó el momento en que las suposiciones estratégicas que moldearon Oriente Medio durante décadas finalmente se dejaron de lado.

El pueblo judío aprendió hace mucho tiempo que la supervivencia exige decisiones difíciles y un liderazgo decisivo. Durante un tiempo, Israel se alejó de esa mentalidad. Pero la antigua lección aún resuena y ahora ha regresado con renovada convicción.

La lección es clara: cuando quienes amenazan con destruirte se enfrentan con determinación y fuerza, pueden ser derrotados.

Traducción: drigs, CEJSPR

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