Algo para Pensar — Parasha Ki Tisa (lunes, 2 marzo 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos
¡Shavua Tov Lekulam!
Al retomar el hilo de nuestra reflexión anterior, es necesario mantener presente un principio fundamental: intentar definir a Dios, fijarlo, señalarlo, puede conducirnos a un terreno espiritualmente peligroso.
Esto fue precisamente lo que ocurrió al pie del Sinaí. Los israelitas, señalando el becerro de oro que ellos mismos habían moldeado, proclamaron: “Estos son tus dioses, Israel”. Querían comprender y experimentar a Dios a su manera, dar una respuesta concreta a una pregunta que, por su propia naturaleza, no admite respuesta.
La impaciencia que destruye las tablas
¿Qué llevó al pueblo a actuar así? Ellos dijeron: “No sabemos qué le haya sucedido a Moisés, el hombre que nos sacó de Egipto” (Éxodo 32:1).
Creyeron tener derecho a saber lo que estaba más allá de su alcance. Pero ¿era realmente conocimiento lo que les faltaba?
La escena es dramática: estaban a un día — ¡sólo un día! — del descenso de Moisés. Solo un poco más de paciencia, y la Torá — las lujot, las Tablas de Piedra — habría llegado intacta a sus manos. En cambio, la historia termina con las tablas hechas pedazos al pie de la montaña.
El eco del Edén: dos árboles, dos caminos
Este episodio tiene un paralelo sorprendente en los albores de la humanidad. En el Gan Edén, dos árboles se distinguían de todos los demás: el Árbol de la Vida y el Árbol del Conocimiento del Bien y del Mal.
Adán podía comer de todos, excepto del Árbol del Conocimiento. Sabemos cómo terminó: comió del árbol prohibido, la muerte entró en el mundo y fue expulsado del jardín.
Los sabios explican que no existía prohibición alguna respecto al Árbol de la Vida. De hecho, el plan original era que Adán comiera primero del Árbol de la Vida y luego, con la llegada del primer Shabat, del Árbol del Conocimiento.
¿Consistió el pecado en invertir el orden? Hay quienes piensan que sí.
Para comprender la importancia de este orden, debemos considerar la naturaleza de ambos árboles. El pensamiento rabínico identifica el Árbol de la Vida con la Torá: “Es un Árbol de Vida para quienes la abrazan” (Mishlei 3:18; Vayikra Rabbah25:1). Si esto es así, ¿qué representa el Árbol del Conocimiento?
Conocimiento como experiencia: la raíz yada La palabra conocer (yada) aparece nuevamente después de la expulsión:“Adán conoció a su esposa” (Bereshit 4:1). Allí, conocer no significa sabiduría ni Torá, sino experiencia íntima.
Esto permite reinterpretar el pecado de Adán: el plan era que primero internalizara la Torá — el Árbol de la Vida — y solo después, desde esa base, experimentara el mundo — el Árbol del Conocimiento —.
Si la Torá precede a la experiencia, entonces se convierte en el lente a través del cual interpretamos la vida. Pero si la experiencia viene primero, entonces será ella la que determine cómo interpretamos la Torá. Y esa inversión puede distorsionar la verdad, sometiéndola a la subjetividad del individuo.
La tragedia del Edén se repitió al pie del Sinaí. Los israelitas esperaban la Torá, pero no sabían dónde estaba Moisés. La palabra que usan — yadanu, “no sabemos”— proviene de la misma raíz que el Árbol del Conocimiento.
Querían conocer lo que no podían conocer.
El resultado fue el mismo patrón: priorizaron la experiencia sobre la Torá. Se levantaron a un festín desbordado, intentaron experimentar a Dios según sus propios términos, tallaron una imagen, sustituyeron la revelación por la inmediatez. Una vez más, el Árbol del Conocimiento antecedió al Árbol de la Vida.
¿Por qué un becerro?
La pregunta final queda abierta: ¿por qué precisamente un becerro? ¿Qué simbolismo encierra esa elección? Esta será la reflexión que continuará mañana.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)
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