Algo para Pensar — Parasha Ki Tisa (domingo, 1 marzo 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos


¡Shavua Tov Lekulam!


Esta semana estudiamos Parashat Ki Tisá. Esta es la vigésima primera porción semanal de la Torá en el ciclo anual judío de lectura de la Torá.

Porción de la Torá: Éxodo 30:11-34:35; Números 19:1-22


Ki-Tisa (“Cuando te elevas”) comienza con Dios ordenando a Moisés que recolecte una donación de medio shekel de todos los israelitas y que unja el Mishkán (Tabernáculo), sus utensilios y a los sacerdotes. Los israelitas adoran al becerro de oro y Moisés rompe las tablas. Moisés implora perdón a Dios y regresa con un segundo juego de tablas.


“Alzad la vista a los cielos y ved quién los creó”
(Yeshayá 40:26).

La parashá de esta semana contiene uno de los episodios más dolorosos de toda la historia judía. El pueblo que había visto la mano de Dios en Egipto, que había atravesado el mar y que había escuchado la voz divina en el Sinaí, ahora esperaba el regreso de Moshé con las tablas de la Torá, el pacto que transformaría para siempre el destino espiritual de la humanidad. Pero la espera se volvió insoportablemente desesperante.

En un impulso de ansiedad y necesidad, los israelitas fabricaron un becerro de oro y lo adoraron. Aún miles de años después, seguimos preguntándonos cómo una generación tan elevada pudo caer tan bajo.

El Zóhar, casi al inicio de su obra, aborda esta pregunta a través de un diálogo entre Rabí Shimón bar Yojái y su hijo Rabí Eliezer, a propósito del versículo: “Alzad la vista a los cielos y ved quién los creó”. 

La lectura simple invita a contemplar los cielos para reconocer al Creador. Pero Rabí Shimón recibió de Eliyahu HaNavi una explicación más profunda, cargada de simbolismo místico.

El secreto de Mi y Eileh: la arquitectura del Nombre

Rabí Shimón relata que Eliyahu le reveló un secreto enseñado en la Academia Celestial: cuando el “Más Misterioso” quiso manifestarse, produjo un punto que se transformó en pensamiento, y en ese pensamiento se grabaron innumerables diseños.

De ese proceso surgió una estructura primordial llamada Mi (מי), un principio profundo, oculto, indefinible, cuyo nombre mismo es una pregunta: “¿Quién?”

Deseando revelarse, ese principio se cubrió de una luz radiante y creó Eileh (אילה), “estos”. Al unirse Mi y Eileh, las letras se entrelazaron formando el nombre Elohim (א‑להים), el Nombre con el que la Torá abre la creación: “En el principio, Elohim creó los cielos y la tierra.”

Según el Zóhar, este misterio está insinuado en el versículo “Mi bara eileh — ¿Quién creó esto?” La creación misma surge de la unión entre lo no conocible (Mi) y lo manifiesto (Eileh). Y esa unión es el fundamento del mundo.

El error del becerro de oro: cuando Eileh se separa de Mi

Con esta clave, el Zóhar relee el pecado del becerro de oro. Cuando los israelitas proclamaron: “Eileh son tus dioses, Israel” (Shemot 32:4), estaban separando Eileh de Mi. Estaban tomando lo visible, lo tangible, lo inmediato —“estos”— y desvinculándolo del misterio trascendente que lo sostiene. 

El acto de idolatría no fue solo fabricar una imagen, sino creer que la pregunta “¿Quién creó esto?” tenía una respuesta concreta, manipulable, accesible a la vista.

El Zóhar enseña que la esencia divina permanece siempre más allá de la comprensión humana. El nombre Elohim contiene en sí mismo la tensión entre lo revelado y lo oculto.

Mi debe seguir siendo una pregunta, no una afirmación. Cuando el ser humano intenta fijar a Dios en una forma, señalarlo, reducirlo, inevitablemente termina creando un ídolo.

El misterio como fundamento de la fe

De esta enseñanza se desprende una idea central: la fe judía reconoce que hay misterios que no pueden resolverse. La esencia de Dios es uno de ellos. 

Podemos contemplar la creación, maravillarnos ante su orden y su belleza, pero no debemos pretender encerrar al Creador en una imagen o en una definición. La pregunta “¿Quién creó esto?” no busca una respuesta concreta; es una invitación permanente a la humildad.

El pecado del becerro de oro fue, en última instancia, un intento de sustituir el misterio por la certeza, lo infinito por lo inmediato. Y la Torá nos recuerda que ese camino conduce a la idolatría.

Este es solo el comienzo de una reflexión más amplia sobre cómo el ser humano se relaciona con lo visible y lo invisible, con lo que podemos comprender y con lo que debemos aceptar como misterio.

Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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