La audacia judía de tener una visión contra todo pronóstico

Por: Rabino Pini Dunner

Todos hemos sufrido la frustración de lidiar con los retrasos en la construcción. Pero las noticias de esta semana provenientes de España deberían hacernos reflexionar. En Barcelona, ​​unas grúas izaron con cuidado la última sección de 12 toneladas, completando la torre central de la catedral de la Sagrada Familia, elevando la estructura a su altura máxima de 172,5 metros y convirtiéndola oficialmente en la templo de mayor altura del mundo. El proyecto de construcción finalmente se ha completado… después de 144 años.

Leíste bien. La primera piedra se puso en marcha en 1882. Un año después, el excéntrico arquitecto Antoni Gaudí comenzó el proyecto en serio. Dedicó el resto de su vida a la Sagrada Familia y murió hace un siglo, en 1926, con menos de una cuarta parte construida.

Las guerras intervinieron. La financiación se esfumó. Partes de sus maquetas originales fueron destruidas. George Orwell la descartó como «uno de los edificios más horribles del mundo» y comentó con ironía que los anarquistas que controlaban Barcelona mientras él vivía allí demostraron mal gusto al no volarla por los aires. Sin embargo, esta semana, finalmente, multitudes se congregaron para ver cómo las grúas completaban una visión originada en el siglo XIX. Es difícil imaginar algo más extraño en nuestra era de resultados instantáneos y éxito repentino que un proyecto que abarca casi un siglo y medio, salvo quizá la audacia del hombre que lo diseñó, sabiendo perfectamente que nunca viviría para verlo terminado.

Gaudí comentó una vez, casi con indiferencia: “Mi cliente no tiene prisa,” refiriéndose a Dios. Fue una frase pronunciada con un encogimiento de hombros, pero que contenía toda su filosofía. Lo que Gaudí veía en su mente surgiría, y él lo sabía.

Lo que hace que la historia sea tan extraordinaria es que Gaudí no estaba dibujando fantasías con la vaga esperanza de que algún futuro ingeniero descubriera cómo ensamblarlo todo.

Gaudí construyó meticulosas maquetas. Calculó curvas de carga con un cuidado obsesivo. Colgó cadenas de los techos y usó espejos para estudiar cómo la gravedad moldeaba naturalmente los arcos, aplicando ingeniería inversa a la física mucho antes de que el modelado por computadora lo hiciera fácil.

Su visión era innegablemente romántica, pero también rigurosamente disciplinada. Imaginó algo magnífico y luego sometió esa imaginación a las matemáticas, los materiales y el método. Planificaba, deliberada y pacientemente, hacia un futuro que sabía con absoluta certeza que nunca llegaría a ver.

El pueblo judío comprende muy bien ese tipo de visión. En plena Segunda Guerra Mundial, mientras la vida judía europea se reducía a ruinas humeantes y todas las yeshivá habían sido arrasadas, junto con sus estudiantes y el profesorado rabínico, un hombre en Eretz Israel comenzó a hablar del futuro de una manera que hizo que algunos de sus contemporáneos se preguntaran en silencio si el dolor lo había trastornado.

Su nombre era rabino Yosef Shlomo Kahaneman, pero es más conocido como el Rav de Ponevezher. Logró escapar del infierno europeo, pero su comunidad en Ponevezh fue aniquilada, junto con su querida yeshivá, que en su día fue una de las joyas de la corona de la Lituania de antes de la guerra.

El mundo del Rav Ponevezher había sido borrado. La mayoría de las personas en su posición se habrían centrado en sobrevivir, en asegurar un modesto punto de apoyo en un país nuevo y frágil, en lamentar lo que jamás podría restaurarse. En cambio, él se centró en reconstruir, no con cautela, sino a una escala que parecía desafiar la realidad quebrantada que lo rodeaba.

Un día de 1944, mientras el Holocausto aún azotaba el mundo y el destino de millones pendía de un hilo, el Rav Kahaneman subió a una colina árida en Bnei Brak y declaró su intención de construir la yeshivá más grande del mundo.

Y entonces, sorprendentemente, comenzó a recaudar fondos. La gente pensó que había perdido la cabeza. Apenas había estudiantes serios de yeshivá en Eretz Israel en ese momento. La economía era frágil. El Mandato Británico era inestable. La oposición árabe a la creación de un Estado judío se intensificaba día a día. La idea de construir una vasta ciudadela de la Torá en esas condiciones parecía alejada de la realidad, casi delirante.

Pero el edificio se construyó de todos modos, piedra a piedra, piso a piso, hasta que un gran edificio coronó la colina. Cuando se inauguró, el cavernoso Beit Midrash estaba prácticamente vacío. Un puñado de estudiantes estaban sentados en un rincón aprendiendo Guemará en un vasto espacio diseñado para más de mil jóvenes de la yeshivá.

La imagen debió ser surrealista: una estructura monumental con apenas suficientes estudiantes para llenar un rincón. Mientras se construía, alguien le preguntó al Rav Ponevezher si este enorme edificio no sería, quizá, un poco ambicioso. ¿No sería más sabio comenzar modestamente y expandirse más adelante?

Su respuesta ha resonado a lo largo de las décadas: No se construye una yeshivá pequeña y se espera que se vuelva grande. Se construye una yeshivá grande y luego se llena.

Él ya podía ver lo que otros aún no podían ver: generaciones de estudiantes, el murmullo de la Torá y la gloriosa restauración de lo destruido. Debido a que la visión en su mente era tan vívida, para él no era una visión; era la realidad. Y con el tiempo, se hizo realidad.

Es precisamente esta energía la que late en la Haftará de la parashá Tetzavé (Ezequiel 43:10-27), que contiene una de las profecías más notables de Ezequiel. Él no está de pie en la bulliciosa Jerusalén. Está en el exilio. El Primer Templo ha sido destruido, sus vasijas saqueadas, su gloria extinguida, y la nación judía ha sido arrastrada a Babilonia encadenada. El presente es sombrío y el futuro parece desesperanzado.

Sin embargo, en ese mismo contexto, Dios instruye a Ezequiel a hablar al pueblo sobre el Templo que se reconstruiría en Jerusalén. La profecía es deslumbrante, y comprende un plano meticuloso del Templo, hasta el más mínimo detalle. Se nos dan planos arquitectónicos, dimensiones, medidas y procedimientos, junto con una secuencia de dedicación de siete días, descrita con metódica claridad.

¿Se imaginan cómo debió sonar esto para una nación asediada cuyas esperanzas de resurgimiento podrían fácilmente haber sido descartadas como ilusorias? Están sentados junto a los ríos de Babilonia, lamentando lo perdido, y el profeta discute el plano de un Templo que aún no existe. Es casi ridículo.

Pero ese es precisamente el punto. Cuando puedes visualizar el futuro con suficiente claridad —cuando puedes medirlo, describirlo y que habite vívidamente en tu imaginación—, comienzas, silenciosa pero poderosamente, a vivir de forma diferente en el presente.

Gaudí no vivió para ver su iglesia terminada, pero la claridad de sus planos garantizó que generaciones de arquitectos, artesanos e ingenieros pudieran continuar su obra mucho después de su muerte. El Rav Ponevezher no sabía cuántos estudiantes llenarían algún día su enorme yeshivá, pero su negativa a pensar en pequeño creó las condiciones para que la grandeza pudiera arraigar.

La generación de Ezequiel no reconstruyó el Templo, pero recibió algo poderoso: un diseño que hizo que la esperanza fuera estructurada y concreta, en lugar de sentimental y abstracta. Existe una profunda diferencia entre fantasía y visión. La fantasía flota, desvinculada de la realidad, reconfortante pero sin sentido. La visión, en cambio, se somete a la medición. Acepta la disciplina del detalle. Y, lo más importante, traza planes.

En nuestras propias vidas, a menudo dudamos en expresar lo que realmente esperamos por miedo a que nunca se materialice. Moderamos nuestras ambiciones, suavizamos nuestras aspiraciones y reducimos nuestros sueños para protegernos de la decepción. Construimos a pequeña escala porque lo pequeño nos da seguridad.

Pero el judaísmo nunca ha sido una civilización de construcciones pequeñas. Tres veces al día oramos por la reconstrucción de Jerusalén, con un lenguaje deliberado y específico. Es un plan antes de la redención. La historia judía trata sobre ver más allá de las limitaciones actuales y luego proceder metódicamente con silenciosa determinación.

Y un día — a veces décadas después, a veces un siglo después — las grúas bajan, los pasillos se llenan de voces y las torres se alzan completas.

El autor es rabino en Beverly Hills, California.

Traducción: drigs, CEJSPR

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