Algo para Pensar — Parasha Tetzavé (viernes, 27 febrero 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos
¡Shabbat Shalom Lekulam!
«Bendito seas Tú, Señor, nuestro Dios, Rey del universo, que nos has santificado con la santidad de Aarón y nos has ordenado bendecir a su pueblo con amor.» (Tomado del Sidur)
Ayer exploramos si un kohen puede realmente “bendecir a su pueblo con amor”. Hoy profundizamos un poco más en este tema.
Los kohanim, al quedar exentos de trabajos agrícolas y oficios comunes, pudieron dedicar su vida entera al servicio de Dios, al Templo y a las necesidades espirituales y morales del pueblo.
Su entrega absoluta a lo sagrado se simbolizaba en la placa de oro — el tzitz — que el Sumo Sacerdote llevaba sobre la frente, grabada con las palabras: “Consagrado a Dios” (Éxodo 28:36).
La tradición bíblica consideró tan crucial que el mensaje religioso y moral permaneciera puro, sin contaminarse por intereses políticos o facciones, que estableció una separación total entre la autoridad espiritual y la autoridad gubernamental.
A la tribu de Judá se le otorgó el liderazgo soberano y legislativo —“El cetro no se apartará de Judá…” (Génesis 49:10) — mientras que la tribu de Leví recibió la responsabilidad del liderazgo religioso y ético —“Enseñarán a Jacob tu ley, y a Israel tu Torá” (Deut. 33:10).
Por ello, ningún sacerdote podía (ni debía) dirigir instituciones financieras ni ocupar cargos ministeriales. El kohen, y la voz moral que encarna, debía mantenerse independiente, libre de presiones económicas o ambiciones políticas. Solo desde esa posición podía hablar con autoridad espiritual genuina.
Con esta perspectiva, podemos ofrecer una segunda lectura de la frase “con amor” en la introducción a la bendición sacerdotal. Aquí, “amor” no describe lo que el kohen siente, sino lo que la bendición busca producir.
La mayor bendición para el pueblo es que viva unido, en armonía y amor mutuo. Y solo una clase sacerdotal desligada de intereses personales, consagrada por completo a Dios, puede aspirar a inspirar ese tipo de amor colectivo.
Esto también ilumina porqué el nombre de Moisés no aparece en la sección de Tetzavé. Si los kohanim representan la entrega desinteresada hacia Dios y hacia la nación, no existe un modelo más elevado que Moisés, quien estuvo dispuesto a que su propio nombre fuera borrado de la Torá por el bien del futuro de Israel.
Si hay un acto en toda la Torá que encarne el amor puro y sin condiciones, es el momento en que Moisés rechaza la oferta divina de comenzar una nueva nación a partir de él.
Prefirió desaparecer en el anonimato antes que ver destruido al pueblo. Su grandeza se revela, paradójicamente, con mayor fuerza en su ausencia.
«Bendito seas Tú, Señor, nuestro Dios, Rey del universo, que nos has santificado con la santidad de Aarón y nos has ordenado bendecir a su pueblo con amor.” (Tomado del Sidur)
Que estas palabras despierten en nosotros el anhelo de servir sin interés propio, de bendecir desde la pureza del corazón, y de construir una comunidad donde el amor y la armonía sean nuestra verdadera herencia sacerdotal.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)
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