Algo para Pensar — Parasha Tetzavé (jueves, 26 febrero 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos
¡Shalom, Shalom Lekulam!
“Dijo más El Eterno a Moisés: Yo he visto a este pueblo, que por cierto es pueblo de dura cerviz. Ahora, pues, déjame que se encienda mi ira en ellos, y los consuma; y de ti yo haré una nación grande” (Éxodo 32:9–10).
Hay momentos en los que lo que poseemos de verdad es aquello que entregamos; en los que lo que decimos con mayor fuerza es lo que callamos; y en los que la presencia más poderosa se manifiesta precisamente a través de la ausencia.
Este último fenómeno se vuelve especialmente evidente en la parashá Tetzavé, la única sección del libro del Éxodo en la que el nombre de Moisés no aparece ni una sola vez. ¿Por qué desaparece el protagonista central de la historia justo aquí?
La tradición midráshica ofrece una respuesta sorprendente: Moisés mismo provocó su ausencia. Tras el pecado del becerro de oro —apenas semanas después de la revelación en el Sinaí— Dios expresa su ira y propone borrar al pueblo, comenzar de nuevo y fundar una nación a partir del propio Moisés:
“Déjame que se encienda mi ira en ellos, y los consuma; y de ti yo haré una nación grande” (Éxodo 32:10).
Cualquier otro líder podría haber aceptado semejante oferta. Pero Moisés se rehúsa a engrandecerse a costa de su pueblo. Su defensa culmina en un ultimátum desgarrador:
“…que perdones ahora su pecado, y si no, ráeme ahora de tu libro que has escrito” (Éxodo 32:32).
Dios escucha. El pueblo es perdonado. Y la intensidad del amor de Moisés — su disposición a desaparecer para que Israel permanezca— queda inscrita para siempre en la Torá mediante un gesto simbólico: en Tetzavé, Moisés está “borrado”.
¿Por qué esta ausencia ocurre precisamente en Tetzavé?
Un vistazo al contenido de la parashá ofrece una pista: está dedicada casi por completo al sacerdocio. Los capítulos 28 y 29 describen con detalle las vestiduras del Sumo Sacerdote, los sacrificios de consagración y el proceso de santificación de los kohanim. No es casual que Tetzavé sea conocida como parashat ha-kohanim, la porción de los sacerdotes.
Aunque hoy el Templo no existe, la presencia del sacerdocio aún se percibe, especialmente en Israel y en comunidades sefardíes, a través de la bendición sacerdotal diaria. Antes de pronunciar “Que Dios te bendiga y te guarde…” (Números 6:24), los kohanim recitan:
“Bendito seas Tú, Señor, nuestro Dios, Rey del universo, que nos has santificado con la santidad de Aarón y nos has ordenado bendecir a Su pueblo con amor.”
Estas últimas palabras —“con amor”— plantean una pregunta inevitable: ¿cómo se puede exigir amor? ¿Cómo medir la emoción interior del kohen que sube a la bimá? ¿Acaso todos los descendientes de Aarón sienten el mismo fervor?
La respuesta se encuentra en la estructura económica que la Torá asignó al sacerdocio. A diferencia del empresario moderno — para quien el éxito del competidor puede ser motivo de angustia — el sustento del kohen dependía por completo de la prosperidad del pueblo.
No poseía tierras ni negocios; vivía de los diezmos que los israelitas entregaban según la abundancia de sus cosechas. Cuanto mejor le iba al agricultor, mejor le iba al kohen.Si Gore Vidal decía: “Siempre que un amigo tiene un pequeño éxito, algo en mí muere”**, el kohen podría responder: “Siempre que un agricultor tiene un poco de éxito, algo en mí vive”.
El amor del sacerdote por el pueblo no era una emoción abstracta ni un ideal romántico: era una consecuencia natural de una economía diseñada para que la prosperidad de uno alimentara la prosperidad del otro. Por eso podía bendecir “con amor”: su bienestar estaba intrínsecamente ligado al bienestar de Israel.
La ausencia de Moisés en Tetzavé no es un castigo ni un accidente literario. Es un eco de su declaración más radical: “ráeme ahora de tu libro”. Moisés se borra a sí mismo por amor a su pueblo, y su silencio se inscribe justamente en la porción que celebra a quienes bendicen al pueblo “con amor”.
Ambos — el profeta y los sacerdotes — encarnan una misma verdad espiritual: el amor auténtico nace cuando la vida del otro se vuelve inseparable de la propia.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)
NOTAS
**Wilfrid Sheed, “Writer as Wretch and Rat”, The New York Times, sección Book Review, 4 de febrero de 1973


Deja un comentario