Algo para Pensar — Parasha Tetzavé (miércoles, 25 febrero 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos
¡Shalom, Shalom Lekulam!
“Con estas vestiduras prepararás a Aarón, tu hermano, y a sus hijos; los ungirás, los consagrarás y los santificarás para que sirvan como Mis sacerdotes” (Éxodo 28:41).
El profeta avanza junto al sacerdote como su complemento indispensable.
El profeta, movido por un carisma ardiente y por la experiencia inmediata de la presencia divina, insufla vida espiritual en las formas externas, descubre los sentidos profundos ocultos en las estructuras y aporta una mirada ética que ilumina los rituales que sostienen la continuidad.
Su santidad no nace de la genealogía ni de un ropaje sagrado, sino de la fuerza interior que arde en lo más íntimo de su alma.
El liderazgo judío genuino debe mantener en equilibrio creativo las verdades del sacerdote y del profeta: fidelidad a la tradición y sensibilidad ante las exigencias del presente; respeto por la forma legal y, al mismo tiempo, compromiso con encarnar la justicia y la compasión divinas en el mundo real.
La armonía entre el espíritu de Moisés y el de Aarón es imprescindible para una vida religiosa judía plena. Todos podemos asumir la función del kohen, transmitiendo la herencia espiritual de generación en generación.
Pero no todos pueden convertirse en profetas, consumidos por la pasión de lo sagrado y capaces de hacer resonar la voz de Dios en cada época, despertando la conciencia de cada judío.
Aunque sacerdote y profeta se distinguen en su enfoque —el sacerdote cauteloso ante lo novedoso, el profeta inquieto ante el formalismo vacío— ambos se requieren mutuamente.
El sacerdote debe dejar espacio para la visión profética, y el profeta debe honrar la precisión y la responsabilidad que caracterizan al sacerdote.
Solo cuando honramos nuestro pasado podemos construir un futuro con propósito; lo antiguo necesita renovarse en significado para que lo nuevo pueda ser verdaderamente consagrado.
En última instancia, lo decisivo no es la historia de quienes te precedieron, sino la persona que tú eliges ser y el legado que dejarán quienes vengan después de ti.
Que cada uno de nosotros escuche la invitación divina a unir en su interior la fidelidad del sacerdote y la pasión del profeta. Que sepamos custodiar la tradición sin que se vuelva rígida, y abrirnos a la renovación sin perder nuestras raíces.
Hoy, más que nunca, Dios nos llama a vestirnos — no solo de telas sagradas, sino de propósito — para consagrar nuestras vidas al servicio, a la justicia y a la compasión.
Que respondamos con valentía, para que nuestra generación y las que sigan encuentren en nosotros un puente vivo entre lo que fuimos y lo que estamos llamados a ser.
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)
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