Algo para Pensar — Parasha Tetzavé (martes, 24 febrero 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos


¡Shalom, Shalom Lekulam! 

 
«Y con ellos vestirás a Aarón tu hermano, y a sus hijos con él; y los ungirás, y los consagrarás y santificarás, para que sean mis sacerdotes» (Éxodo 28:41).

¿Qué es lo que define a un líder religioso judío? 

La Biblia habla de dos grandes líderes religiosos, dos funcionarios complementarios: el sacerdote y el profeta, representados tipológicamente por Aarón, el primer Sumo Sacerdote, y Moisés, el Maestro de los profetas. 

Muchos escritores y filósofos judíos se han esforzado por distinguir entre estos roles de liderazgo; quizá el más conocido sea el de un magistral ensayo de Ahad Ha’am, (Priest and Prophet) donde considera al profeta como la persona que recibe la palabra divina en su forma pura y absoluta. Es, pues, tarea del sacerdote mediar el mensaje de Dios para que sea digerible y entendible a las multitudes.

Yo diría que cualquier distinción significativa entre estas dos funciones de liderazgo debe tener en cuenta las leyes bíblicas específicas relacionadas con cada una de estas funciones; un estudio de este tipo puede ser útil para ayudar a definir el liderazgo religioso que resulte apropiado para nuestros tiempos.

La primera distinción que debe notarse es que el sacerdote, curiosamente, merece su sacerdocio por haber nacido de un padre que es sacerdote; por ascendencia más que por aptitud.

Además, el kohen vestía una vestimenta especial, el kohen ordinario utilizaba cuatro atuendos únicos, mientras el Sumo Sacerdote utilizaba ocho, como se describe exquisitamente en esta porción de la Torá. 

Un kohen que entraba al recinto del Templo sin la vestimenta adecuada quedaba inválidado para realizar el servicio; «su santidad era la santidad de las vestimentas» (Zevahim 7a).

Por otro lado, el profeta no necesitaba tener linaje profético previo; de hecho, la tragedia personal de Moisés residió en que sus hijos no fueron agraciados con su manto de liderazgo. El profeta tampoco lucía una vestimenta única o distintiva; emergía con carisma, y su mensaje se transmitía sin ostentación externa.

Israel Eldad, en su magistral obra Hegionot Bamikra, argumenta convincentemente que estas diferencias entre sacerdote y profeta reflejan los distintos aspectos del liderazgo que cada uno debe proyectar. 

La religión pretende vincular al individuo con la eternidad, para permitir que las personas trasciendan a sí mismas participando en rituales que existían antes de su nacimiento y continuarán después de su muerte. 

Cuando uno recita el Kidush (la santificación sobre el vino) el viernes por la noche con las mismas palabras y la misma copa de Kidush que usó su bisabuelo esperando legar, tanto la copa como la liturgia a su bisnieto, participa en la eternidad. 

Cuando una persona se encuentra ante la tumba de sus padres recitando la oración del Kadish, escucha los ecos de la eternidad y toca la mortalidad, agraciada por la inmortalidad. Fundamental para este sentido de continuidad trascendente es una estructura eterna, una forma que se transmite de generación en generación.

Es el kohen quien se encarga de mantener y transmitir esta estructura externa, la forma exterior, íntegra e intacta de padres a hijos, de un país de exilio al siguiente país de exilio.

Por lo tanto, su santidad se transmite también — y necesariamente — de padres a hijos, y su santidad es la santidad externa presente en la vestimenta.

Sin embargo, la estructura sin significado, sin fuego, la continuidad sin contenido, pronto se desintegra en un simbolismo muerto. Para ello, el profeta es el compañero del sacerdote. Y de esto, hablaremos en nuestra próxima reflexión.

Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR) 

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