Algo para Pensar — Parasha Tetzavé (lunes, 23 febrero 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos

¡Shavua Tov Lekulam!

“Harás vestiduras sagradas para tu hermano Aarón, para honra y esplendor” (Éxodo 28:2).


Cuando Adán y Eva fueron expulsados del Jardín del Edén, la Torá relata que “el Señor Dios hizo para Adán y su mujer túnicas de piel, y los vistió” (Génesis 3:21).


Solemos concentrarnos tanto en la severidad del exilio que pasamos por alto un detalle sorprendente: Dios mismo es quien confecciona esas prendas y viste a la primera pareja con Sus propias manos.


Esto resulta aún más llamativo si recordamos que Dios había encargado a la humanidad llenar la tierra, someterla y ejercer dominio sobre ella (Génesis 1:28).

El mundo aparece como un lienzo en blanco para que el ser humano lo explore, lo transforme, lo invente y lo perfeccione. La creación es deliberadamente incompleta para que el ser humano participe en su reparación.


De hecho, la humanidad descubre el fuego y los metales, la rueda y los molinos, la electricidad y la energía atómica. Todo parece surgir de la creatividad humana… excepto la ropa. Esa no la inventan ellos: la reciben antes de comenzar su vida fuera del Edén. ¿Por qué Dios se reserva precisamente la creación de las vestiduras? ¿Qué enseñanza encierra este gesto?


La ropa toca el núcleo mismo de lo que significa ser humano. Así como Dios creó al ser humano a Su imagen, también diseñó las primeras vestiduras. Exteriormente, solo una cosa distingue al ser humano del animal: los humanos se visten; los demás animales no.


La serpiente — cuya astucia provocó la caída — queda condenada a arrastrarse desnuda y a comer polvo. En contraste, Dios viste a los seres humanos para enseñarles a elevarse por encima de lo meramente instintivo. 


Los animales desnudos siguen impulsos naturales; los humanos deben cubrir su desnudez para transformarla, ennoblecerla y santificarla, asemejándose así al Creador que los formó.


Solo los seres humanos poseen una santidad esencial que no existe en el reino animal, pues fueron creados a imagen divina. Por eso deben trabajar sobre su “materia prima”, sobre esa desnudez que simboliza la naturaleza cruda. 


Deben refinarla, purificarla y elevarla. Esa es la lógica profunda de la circuncisión, el propósito de los 613 mandamientos y el simbolismo de la vestimenta.


Al salir del Edén, Adán y Eva aprenden que su tarea no es aceptar su condición tal cual, sino mejorarla y santificarla. Solo entonces pueden emprender la misión de transformar el mundo sin perderse en él. Cuando olvidan que el cuerpo es sagrado, el mundo los arrastra hacia lo animal y su vida se desordena.


Por eso, quienes sirven en el Santuario —  los sacerdotes — deben usar vestiduras especiales. Su función es tender un puente entre el cielo y la tierra, y su atuendo les recuerda constantemente su misión: mantener un espacio donde la Presencia divina pueda habitar en cada israelita.


Desde la perspectiva judía, la ropa no define la esencia de la persona; sin embargo, sí cumple un papel crucial: nos recuerda la santidad del cuerpo humano, la diferencia entre lo humano y lo animal, y — en tiempos del Templo — la distinción entre quienes ejercían funciones sagradas y el resto del pueblo.

Las vestiduras sagradas de Aarón no eran simples adornos; eran un recordatorio visible de la dignidad que Dios espera de cada ser humano. Así como Adán y Eva fueron vestidos para comenzar una vida nueva, también nosotros estamos llamados a “vestirnos” cada día con actos que eleven nuestra humanidad: modestia, compasión, disciplina, justicia.


La pregunta no es solo qué ropa llevamos, sino qué tipo de persona nos estamos poniendo por dentro. Que cada día podamos cubrir nuestra desnudez espiritual con decisiones que reflejen la imagen divina en la que fuimos creados, y que nuestras acciones se conviertan en vestiduras de honra y hermosura que Dios desea ver en nosotros.

Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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