Algo para Pensar — Parasha Tetzavé (domingo, 22 febrero 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos


¡Shavua Tov Lekulam!


Esta semana estamos estudiandoParashá Tetzavé. Esta es la vigésima porción semanal de la Torá en el ciclo anual judío de lectura de la Torá.

Porción de la Torá: Éxodo 27:20 – 30:10; Deuteronomio 25:17-19


Tetzavé (“Mandarás”) inicia con la instrucción de Dios a Moisés de nombrar a Aarón y a sus hijos como sacerdotes. Dios detalla cómo confeccionar la vestimenta sacerdotal, cómo santificar a los sacerdotes y ofrecer sacrificios durante los siete días de la inauguración en el Mishkán (Tabernáculo), y cómo construir el altar de oro.

“Harás que se acerquen a ti Aarón, tu hermano, y sus hijos con él, de entre los hijos de Israel, para que sean Mis sacerdotes: Aarón, Nadav, Avihú, Elazar e Itamar, hijos de Aarón. Y confeccionarás para Aarón, tu hermano, vestiduras sagradas, para honor y esplendor” (Éxodo 28:1–2).

En la sección de Terumá, más de cuarenta versículos se dedican a detallar la elaboración de las prendas sacerdotales; y en Tetzavé, otros treinta versículos vuelven sobre el mismo tema.

Si los sacerdotes debían distinguirse del resto del pueblo, ¿por qué no bastaba con una ropa blanca, sencilla y funcional? ¿Por qué la Torá exige vestiduras tan elaboradas, con hilos de oro, tejidos de azul, púrpura y escarlata, e intrincados bordados?

No solo encontramos una descripción minuciosa de cada prenda, sino que parece que la santidad sacerdotal depende en gran medida de estas vestiduras. La Torá advierte que deben estar sobre Aarón y sus hijos cuando entren al Santuario o se acerquen al altar, “para que no carguen pecado y mueran” (Éxodo 28:43).

El Talmud refuerza esta idea:

“Mientras sus vestimentas estén sobre ellos, el sacerdocio está sobre ellos; si no están sobre ellos, el sacerdocio no está sobre ellos” (Zevajim 7b).

Es decir, la identidad sacerdotal está ligada a la ropa que visten. Una afirmación sorprendente, casi una variación del dicho: “El hábito hace al monje.” ¿No parece un énfasis excesivo en lo externo?

A lo largo de los siglos, los comentaristas han reflexionado sobre este tema. En el Talmud (Arakhin 16a), R. Annani bar Sasson pregunta porqué la sección de las vestiduras aparece junto a la de los sacrificios. 

La respuesta: así como los sacrificios expían, también las vestiduras expían. Cada prenda corresponde a un tipo de falta: la túnica por el derramamiento de sangre, los calzones por la inmoralidad sexual, el cinturón por los pensamientos íntimos, el efod por la idolatría, la túnica por la calumnia, el turbante por la arrogancia.

Najmánides ve estas prendas como atuendos reales. Su belleza no es un accesorio, sino un medio para elevar al sacerdote a un plano de majestad. Los kohanim son la realeza espiritual que sirve en el Templo.

El Séfer HaJinuj, en el mandamiento 613, añade una dimensión psicológica: la vestimenta externa influye en el mundo interior.

La acción moldea el pensamiento. 

Si el sacerdote debe alcanzar un estado mental elevado para servir, el proceso comienza al vestirse con ropas especiales. No garantizan la transformación, pero suelen iniciarla.

Quizá por eso también nosotros usamos ropa especial en Shabat y en las festividades: la vestimenta crea un clima espiritual distinto.

El rabino Naftalí Tzví Yehuda Berlin toma esta idea y la dirige hacia el pueblo. No solo el sacerdote se transforma al vestirse; también el israelita que lo contempla. 

Quien entra al Templo busca inspiración, perdón, un encuentro con lo divino. La majestuosidad de las vestiduras, junto con la grandeza del Santuario, eleva el espíritu y abre la puerta a la experiencia de Dios.

Estas explicaciones muestran la riqueza simbólica y espiritual de las vestimentas sacerdotales. Pero quizá podamos comprender aún más si volvemos a la primera prenda mencionada en la Torá. Tal vez allí descubramos que la ropa, desde el principio, encierra un significado más profundo de lo que imaginamos.

Las vestiduras sacerdotales nos recuerdan que lo externo puede moldear lo interno, que la dignidad se cultiva también a través de los actos visibles, de los gestos concretos, de la forma en que nos presentamos ante Dios y ante los demás.

Así como el sacerdote se revestía para elevarse, también nosotros podemos “vestirnos” cada día con acciones que despierten nuestra mejor versión: palabras que honran, gestos que embellecen, decisiones que purifican.

Que cada mañana sea una oportunidad para ponernos nuestras propias “vestiduras sagradas”: la humildad, la compasión, la disciplina, la alegría.

Porque cuando nos revestimos de luz, no solo cambiamos por dentro: también ayudamos a que el mundo se ilumine un poco más.

Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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