Algo para Pensar — Parasha Terumá (viernes, 20 febrero 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos


¡Shabbat Shalom Lekulam!


«Y harán un Santuario para mí, y habitaré en medio de ellos» (Éxodo 25:8)

Ayer concluimos la reflexión mencionando la obra de Lewis Hyde, The Gift, donde analiza el papel de dar y recibir, especialmente en momentos de transición cruciales.

Entre los ejemplos que cita está la historia talmúdica de la hija de Rabí Akiva, quien estaba por casarse y a quien se le había pronosticado que no sobreviviría ese mismo día.

A la mañana siguiente, Rabí Akiva fue a verla y descubrió que seguía con vida. Sin que ella lo supiera, al colgar su sombrero después de la boda, el alfiler atravesó una serpiente que estaba a punto de morderla. 

Rabí Akiva quiso saber qué había hecho para merecer semejante intervención divina. Ella respondió: “Ayer vino un hombre pobre a pedir ayuda. Todos estaban tan ocupados con los preparativos que nadie lo atendió. Así que tomé mi porción y se la di”. Ese acto de generosidad fue la causa de su salvación milagrosa (Shabat 156b).

La construcción del Santuario fue esencial porque ofreció a los israelitas la oportunidad de dar algo a Dios.

Los sabios posteriores reconocieron que el acto de dar es parte fundamental de la dignidad humana, al punto de establecer que incluso quien depende completamente de la caridad está obligado a dar. Vivir solo como receptor, sin la posibilidad de ofrecer algo, es perder parte de su dignidad.

El Mishkán se convirtió en el lugar de la Presencia Divina precisamente porque Dios ordenó que se construyera únicamente con donaciones voluntarias. Dar crea una sociedad generosa, pues permite que cada persona contribuya al bien común.

Por eso, la construcción del Santuario fue la CURA para el pecado del Becerro de Oro. Un pueblo que solo recibía, sin poder dar, quedaba atrapado en la dependencia y la falta de autoestima. Dios permitió que el pueblo se acercara a Él — y Él a ellos — al darles la oportunidad de ofrecer algo. 

De ahí que una sociedad basada únicamente en derechos y no en responsabilidades, centrada en lo que exigimos y no en lo que aportamos, esté destinada al fracaso. Por eso, uno de los mayores regalos que un padre puede dar a un hijo es la oportunidad de retribuir.

La etimología de terumá lo sugiere: no solo significa “contribución”, sino algo “elevado”. Cuando damos, no solo elevamos nuestra ofrenda: nos elevamos nosotros mismos. Sobrevivimos gracias a lo que recibimos, pero alcanzamos la dignidad gracias a lo que damos.

El mensaje es claro y profundamente actual: la grandeza espiritual no nace de lo que acumulamos, sino de lo que entregamos. El Mishkán no fue solo un edificio; fue el acto colectivo de un pueblo que descubrió que la cercanía con Dios se construye con manos que dan, no solo con manos que reciben.

Hoy, en un mundo que insiste en preguntarse “¿qué me corresponde?”, la Torá nos invita a formular una pregunta distinta: ¿Qué puedo aportar? ¿Qué puedo elevar? ¿Qué puedo ofrecer que transforme mi vida y la de quienes me rodean?

Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

Deja un comentario

Trending