Algo para Pensar — Parasha Terumá (jueves, 19 febrero 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos


¡Shalom, Shalom Lekulam!

Y harán un Santuario para Mí, y habitaré en medio de ellos” (Éxodo 25:8).

¿En realidad Dios habita en una tienda?


La respuesta — como subrayaron los místicos judíos — es que Dios no reside en un edificio físico, sino en el corazón de quienes participan en su construcción. El versículo lo dice con precisión: “habitaré entre ellos,” no “en él”. 

La presencia divina se manifiesta en las personas, no en la estructura.


Pero ¿cómo ocurre esto? ¿Qué acción humana permite que la Presencia Divina repose en el campamento, en la comunidad? La clave está en el nombre de la parashá: Terumá, que significa “ofrenda,” “contribución”.


Hasta este momento, los israelitas habían sidoreceptores de los actos de Dios: Él los liberó de la esclavitud, realizó milagros, los protegió y los condujo. Pero había algo que aún no habían tenido oportunidad de hacer: darle algo a Dios.


La idea parece imposible. ¿Cómo puede una criatura devolver algo al Creador? Todo lo que poseemos proviene de Él. Así lo expresó el rey David al convocar al pueblo para iniciar la construcción del Templo:


“Las riquezas y la gloria proceden de Ti… ¿Quién soy yo y quién es mi pueblo para que podamos ofrecer voluntariamente? Todo es Tuyo, y de lo recibido de Tu mano te damos” (1 Crónicas 29:12,14).


Esta es, en esencia, la lógica del Mishkán. El mayor regalo que Dios nos da es la posibilidad de darle algo a Él. Desde la perspectiva judía, esta idea es muy delicada: sugerir que Dios “necesita” regalos roza el paganismo. 


Sin embargo, a pesar del riesgo, Dios accedió al pedido de Moisés de permitir que Su presencia habitara en el campamento y que los israelitas pudieran ofrecerle algo en retorno.


En el corazón del Santuario está lo que Lewis Hyde describe como “el trabajo de la gratitud” en su libro The Gift: How the Creative Spirit Transforms the World.

El mensaje de Terumá nos recuerda que la presencia divina no se impone desde arriba: se invita desde adentro. Dios habita “entre nosotros” cuando nosotros mismos abrimos un espacio para Él mediante actos de generosidad, entrega y gratitud.


El Santuario no comienza con oro, plata o telas preciosas. Comienza con un corazón dispuesto a dar. Cada contribución — material, emocional, espiritual — viene a ser un ladrillo invisible en el Mishkán interior donde Dios puede morar.


Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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