Algo para Pensar–Parasha Terumá (miércoles, 18 febrero 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos


¡Shalom, Shalom Lekulam!

“Moisés tomó su tienda y la instaló lejos, fuera del campamento, y la llamó el Tabernáculo de Reunión. Y todo aquel que buscaba al Eterno salía hacia la tienda que estaba fuera del campamento” (Éxodo 33:7).

¿Acaso el Eterno ordenó a Moisés trasladar el tabernáculo fuera del campamento? Según el propio texto bíblico, la respuesta es no. Entonces, ¿por qué Moisés actuó así? ¿Qué mensaje quiso transmitir con este gesto?

En Éxodo 33, Moisés parece realizar uno de los actos más audaces de toda su vida. Es como si le dijera a Dios: 

“El problema no es que yo esté lejos del pueblo; el problema es que Tú estás lejos de ellos. El pueblo te teme. Han visto tu poder desbordante. Te vieron doblegar al imperio más poderoso del mundo. Te vieron abrir el mar, hacer descender alimento del cielo y sacar agua de una roca.

Cuando escucharon tu voz en el Sinaí, vinieron a mí suplicando que yo fuera su intermediario. Dijeron: ‘Háblanos tú y escucharemos, pero que Dios no nos hable, no sea que muramos’ (Éxodo 20:16).

No hicieron el becerro porque quisieran adorar un ídolo, sino porque buscaban un símbolo de tu presencia que no los aterrara. Necesitan sentirte cerca. Necesitan percibir tu presencia no en el cielo ni en la cima de la montaña, sino en medio del campamento. Y aunque no puedan ver tu rostro —porque ningún ser humano puede— al menos concédeles una señal visible de tu gloria”.

¿Cuál fue la respuesta divina a esta petición?

La encontramos en la parashá Terumá: “Que me hagan un Santuario para que Yo habite en medio de ellos” (Éxodo 25:8).

Es la primera vez que la Torá utiliza el verbo SH-KH-N, “habitar”, aplicado a Dios. Como sustantivo, la raíz significa “vecino”. De aquí surge la palabra clave del judaísmo posterior: Shejiná, la presencia divina inmanente, Dios como alguien cercano, no distante. 

Es la idea sorprendente de un Dios que se vuelve “prójimo”. Desde la perspectiva teológica de la Torá, la noción misma de un Mishkán —un santuario físico, un “hogar” para la gloria divina— es profundamente paradójica.

Dios trasciende el espacio. Como dijo el rey Salomón al inaugurar el Primer Templo: “Los cielos y los cielos de los cielos no pueden contenerte; ¿cuánto menos esta casa?” (1 Reyes 8:27).

O como proclamó Isaías en nombre de Dios: “El cielo es mi trono y la tierra el estrado de mis pies. ¿Qué casa podríais construir para Mí? ¿Dónde estaría mi lugar de reposo?” (Isaías 66:1).

El gesto de Moisés — colocar su tienda fuera del campamento — no es solo un acto histórico: es un espejo para nuestra vida espiritual. A veces sentimos que Dios está lejos, que Su presencia se ha desplazado “fuera del campamento” de nuestras rutinas, de nuestras decisiones, de nuestras emociones. 

Pero el texto nos enseña algo crucial: la distancia no siempre es divina; muchas veces es humana. Moisés desafía a Dios con valentía, pero también nos desafía a nosotros: si anhelamos la cercanía divina, debemos construir espacios donde esa cercanía pueda habitar.

Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)

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