Algo para Pensar — Parasha Terumá (lunes, 16 febrero 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos
“Y sucedió que, al llegar al campamento y ver el becerro y las danzas, la ira de Moisés se encendió; arrojó las tablas de sus manos y las rompió al pie del monte” (Éxodo 32:19).
Existe en el judaísmo un principio fundamental, fuente de consuelo y también uno de los pilares que organizan la Torá: la idea de que Dios crea la cura antes que la enfermedad (cf. Meguilá 13b). Pueden ocurrir tragedias, pero el remedio ya está dado, siempre que sepamos dónde buscarlo.
Un ejemplo aparece en la parashá Jukat. Allí se narran las muertes de Miriam y Aarón, y se anuncia a Moisés que él también morirá en el desierto sin entrar a la Tierra Prometida.
Es un encuentro directo con la mortalidad. Sin embargo, antes de que la Torá relate cualquiera de estos episodios, presenta la ley de la Vaca Roja, el ritual que purifica tras el contacto con la muerte.
El mensaje es claro: incluso frente al duelo más profundo, existe un camino de purificación. La condición humana, marcada por la muerte, no nos excluye de la presencia del Dios eterno.
Con esta clave podemos entender la parashá Terumá. Aunque no todos los comentaristas coinciden, su sentido más profundo es que constituye la respuesta anticipada de Dios al pecado del Becerro de Oro.
Desde una perspectiva estrictamente cronológica, su ubicación es extraña: Terumá (y también Tetzavé) deberían aparecer después de Ki Tisá, donde se narra el episodio del becerro. Pero la Torá las coloca antes para enseñarnos que la reparación precede a la caída, que el tikún existe antes del kilkul, que la sanación antecede a la fractura.
Por eso, para comprender Terumá y el significado del Mishkán — el Santuario y todo lo que implica — primero debemos analizar qué falló en el episodio del Becerro de Oro. En este punto, la Torá es sutil y presenta en Ki Tisá un relato que puede leerse en tres niveles distintos.
La lectura más inmediata es que el pecado del becerro se originó en una falla de liderazgo por parte de Aarón. Esta es la impresión dominante al leer Éxodo 32 por primera vez. Parece que Aarón debió contener al pueblo, pedirles paciencia, ejercer autoridad. No lo hizo.
Cuando Moisés desciende del monte y lo confronta, Aarón responde:
“Te ruego, mi señor, no se encienda tu ira; tú conoces al pueblo, que está inclinado al mal. Me dijeron: ‘Haznos dioses que vayan delante de nosotros, porque no sabemos qué ha sido de este Moisés que nos sacó de Egipto’. Yo les pedí que trajeran oro; me lo entregaron, lo eché al fuego… y salió este becerro” (Éxodo 32:22–24).
Aquí vemos una falta de responsabilidad y un notable acto de negación (“lo eché al fuego y salió este becerro”). Esta primera lectura presenta el episodio como un fracaso de Aarón. Pero esta impresión es del nivel más superficial.
El principio de que Dios prepara la cura antes de la herida no es solo una enseñanza teológica: es una invitación a vivir con una esperanza activa y consciente.
Cada uno de nosotros enfrenta momentos de confusión, rupturas internas, decisiones equivocadas o silencios que pesan. Pero la Torá nos recuerda que, incluso antes de tropezar, ya existe un camino de retorno, una luz preparada para guiarnos de vuelta.
El Mishkán aparece antes del Becerro para enseñarnos que, aun cuando fallamos, Dios ya ha puesto en nuestro camino la posibilidad de reconstruir. La pregunta es:
¿Estamos dispuestos a buscar esa cura? ¿A reconocer nuestras fracturas y caminar hacia la reparación?
Esto es,Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)
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