Algo para Pensar–Parasha Mishpatim (martes, 10 febrero 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos

¡Shalom, Shalom Lekulam! 

“Pero Él no extendió Su mano contra los nobles de Israel; ellos contemplaron a Dios, y comieron y bebieron” (Éxodo 24:11).


En nuestra reflexión anterior (lunes, 9 de febrero) abrimos un espacio para considerar el ángulo psicológico; porque este enfoque es esencial cuando analizamos un caso concreto. 


Mirar desde esta perspectiva nos permite identificar motivaciones, emociones y patrones de conducta que influyen en las decisiones y en los resultados.


Pensemos en lo que ocurrió el día del asesinato del presidente Kennedy.

Ante un hecho inconcebible, impropio o simplemente imposible de procesar, la mente humana tiende a desplazarse del centro hacia la periferia. Se aferra a detalles pequeños, manejables, comprensibles, que pueden organizarse y ejecutarse sin dificultad.


Frente a la magnitud del crimen y la tragedia, incluso las personalidades más sólidas, los intelectos más brillantes y las mentes más lúcidas apartaron la mirada del horror y se refugiaron en rutinas simples, repetitivas y sin importancia. Optaron por tareas pequeñas, ordenadas, que no exigían esfuerzo ni confrontación interior.


Cuando nos vemos superados por algo inmenso — sea gozoso o doloroso, sublime o aterrador — solemos desviarnos hacia lo trivial. Y ese desvío es peligroso, porque puede desembocar en abandono, descuido crítico y, finalmente, en un tropiezo moral.


Esta lectura psicológica del comportamiento humano en situaciones extraordinarias nos ayuda a entender lo que pudo haber ocurrido con los ancianos en el Monte Sinaí.


A diferencia de Moshé — un gigante espiritual habituado al encuentro directo con Dios (panim el panim, “cara a cara”, Éxodo 33:11) — los ancianos no poseían esa estatura interior. Cuando se encontraron con la Presencia divina, quedaron completamente sobrecogidos. Nada en su vida los había preparado para una revelación semejante.


Tan conmocionados, tan desorientados y aturdidos estaban, que perdieron su equilibrio racional. Incapaces de sostener la visión de la gloria divina, se refugiaron en lo más fácil, lo más rutinario, lo más irrelevante: vayojluvayishtu, “se pusieron a comer y beber”. 


Seguramente lo hicieron con cuidado, con lavado de manos, con bendiciones y agradecimiento. Pero aun así, fue un acto de distracción: apartaron la atención de lo esencial para enfocarse en lo insignificante. Algo muy parecido a lo que le ocurrió a muchas personas el día del asesinato del Presidente Kennedy.


Por eso el Midrash acierta al afirmar que vayojlu vayishtu revela su derrumbe interior. Pero Onkelos también tiene razón: no es justo culparlos como si hubieran actuado con desprecio deliberado hacia Dios. Eran seres humanos comunes, y la intensidad de la revelación los empujó hacia lo secundario, lo periférico, lo trivial.


¿No te ha pasado algo parecido alguna vez?


No disponemos de tanto tiempo como para permitirnos estas desviaciones. Porque desviarse, tarde o temprano, puede conducir a la deserción. 


Recordemos que dos de los ancianos que se apartaron de la visión divina en Sinaí para ocuparse de su comida fueron Nadav y Avihú (Éxodo Rabá, Shemot 3:3); más adelante, ambos se desviaron nuevamente en el servicio del Mishkán.


Nuestra parashá nos exhorta a no apartarnos de nuestras tareas esenciales, y a no permitir que incluso la revelación divina — a veces demasiado imponente, otras demasiado maravillosa — nos distraiga de nuestro propósito.


En momentos así, no se nos llama a vayojlu vayishtu, a trivializar, sino a renovar el pacto: a levantarnos una vez más y comprometernos, con todo nuestro corazón y toda nuestra alma, con el brit de la Torá y las mitzvot


No te refugies en lo trivial: vuelve al centro, elige lo esencial y renueva tu compromiso con lo que verdaderamente sostiene tu vida.


Esto es,Algo para Pensar (drigs,CEJSPR)

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