Algo para Pensar–Parasha Mishpatim (lunes, 9 febrero 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos
¡Shavua Tov Lekulam!
«Mas no extendió su mano sobre los príncipes de los hijos de Israel; y vieron a Dios, y comieron y bebieron» (Éxodo 24:11).
Con una sorprendente sencillez, la Torá relata en esta parashá un episodio que resulta tan extraordinario como desconcertante. Los ancianos, junto con Moshé y Aarón, ascendieron al Monte Sinaí para sellar el pacto de la Torá, y allí leemos: “vayehesu et haElohim, vayojlu vayishtu” —“vieron la presencia de Dios, y comieron y bebieron”.
La combinación de estas dos acciones —una visión divina y un acto cotidiano como comer y beber— crea una tensión profunda, quizá una de las paradojas más inquietantes de toda la Torá.
No es extraño, entonces, que nuestros Sabios ofrecieran dos lecturas completamente opuestas. Una interpretación elogia a los ancianos; la otra los reprende.
El Midrash, citado por Rashi, adopta una postura severa: señala que Dios “no extendió Su mano” contra ellos, lo que implica que, en realidad, merecían castigo. ¿La razón? Se atrevieron a contemplar la gloria divina con una actitud inapropiada, casi vulgar, como si la experiencia más sublime pudiera coexistir sin conflicto con el acto de saciarse de comida y bebida.
Onkelos, en cambio, ofrece una visión totalmente distinta. Según él, los ancianos no comieron literalmente; más bien, al presenciar la revelación divina y ver que sus ofrendas eran aceptadas, se llenaron de una alegría tan intensa que sintieron como si hubieran comido y bebido. “Consumieron” la visión, la interiorizaron, la celebraron.
No pretendo decidir entre dos gigantes del pensamiento judío.
Como enseñó Maimónides en la Guía de los Perplejos (2:25), “las puertas de la interpretación no están cerradas.” Con esa libertad, propongo una explicación que toma elementos de ambas posturas y los reinterpreta desde una perspectiva psicológica.
William Manchester, en su libro «Death of a President November 1963» , describe el caos emocional que rodeó el asesinato del presidente John F. Kennedy. Cuando el presidente agonizante llegó al Hospital Parkland, nadie sabía aún que no había esperanza.
Sin embargo, la histeria colectiva se apoderó de todos, incluso de las figuras más importantes del país, quienes comenzaron a actuar de maneras desconcertantes, enfocándose en detalles triviales en medio de una crisis monumental.
Manchester relata varios ejemplos:
• Un alto oficial militar, en vez de usar los sistemas de comunicación del Cuerpo de Señales, llamó a la Casa Blanca con una tarjeta de crédito, dejando primero un mensaje para su esposa y solo después uno sobre posibles amenazas nacionales.
• Un agente del Servicio Secreto, que había entregado su chaqueta para cubrir la herida del presidente, corría desesperado por el hospital buscando otra chaqueta para no verse descuidado.
• Un reportero veterano abandonó el lugar para “ver qué había de nuevo en el mundo”.
• La secretaria del presidente se preocupó por el discurso programado y corrió a asegurarse de que el vicepresidente tuviera suficiente audiencia.
• El personal del hospital insistió en registrar al presidente como a cualquier paciente: “Kennedy, John F., hombre blanco”.
• Un distinguido asistente presidencial se detuvo obedientemente a firmar un formulario burocrático, como si nada extraordinario estuviera ocurriendo.
¿Qué provocó esta ola de comportamientos irracionales? ¿Por qué, en un momento de conmoción extrema, las personas se aferran a lo trivial? Mañana sabremos…
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)
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