Algo para Pensar–Parasha Beshalaj (miércoles, 28 enero 2026) Tiempo de lectura: 3 minutos
¡Shalom, Shalom Lekulam!
«El Eterno le dijo a Moisés: “Escribe estas palabras en un libro como testimonio, y comunícale a Josué que borraré por completo el recuerdo de Amalec de debajo del cielo”. Entonces Moisés construyó un altar y lo llamó “El Eterno es mi estandarte”, diciendo: “Porque Amalec alzó su mano contra el trono del Eterno, el Eterno mantendrá guerra contra Amalec de generación en generación” (Éxodo 17:14-16).
Durante la vida de Moisés, los amalecitas atacaron a Israel una sola vez. En contraste, los egipcios sometieron a los israelitas durante muchas décadas, esclavizándolos y emprendiendo un proceso de exterminio al matar a los niños varones. A simple vista, parecería lógico que Egipto fuera el símbolo máximo del mal.
Sin embargo, la Torá enseña lo contrario. En Deuteronomio se ordena: “No aborrecerás al egipcio, porque extranjero fuiste en su tierra” (23:8). Poco después, Moisés vuelve a mencionar el mandato respecto a Amalec, añadiendo un matiz crucial:
“Recuerda lo que Amalec te hizo en el camino, cuando salías de Egipto: cómo te salió al encuentro y atacó por detrás a todos los débiles que se rezagaban, cuando estabas exhausto y fatigado, sin mostrar temor de Dios. Por eso, cuando el Eterno tu Dios te conceda descanso de todos tus enemigos alrededor, en la tierra que Él te da en heredad, borrarás la memoria de Amalec de debajo del cielo; no lo olvides” (Deuteronomio 25:16-19).
Se nos instruye a no odiar a Egipto, pero sí a recordar para siempre lo que hizo Amalec. ¿A qué se debe esta diferencia?
Una enseñanza de Pirkei Avot ofrece una clave: “El amor que depende de una causa, cuando la causa desaparece, también se desvanece. El amor que no depende de una causa, nunca termina.”
Lo mismo ocurre con el odio: si surge por una razón concreta, se extingue cuando esa razón deja de existir; pero el odio sin fundamento perdura indefinidamente. Los egipcios actuaron movidos por el temor. Como dijo el faraón: “El pueblo de Israel se ha vuelto demasiado numeroso y fuerte para nosotros” (Éxodo 1:9).
Su hostilidad, aunque injusta, tenía una raíz comprensible: Egipto había sido invadido y dominado en el pasado por los hicsos, y ese recuerdo seguía vivo y doloroso.
Los amalecitas, en cambio, no tenían motivo alguno para sentirse amenazados. Atacaron a Israel cuando el pueblo estaba “cansado y agotado”, y se ensañaron con los más vulnerables, los que se quedaban atrás. En síntesis: Egipto temió a Israel por su fortaleza; Amalec atacó precisamente porque Israel estaba débil.
La reflexión continuará mañana…
Esto es, Algo para Pensar (drigs, CEJSPR)
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